miércoles, 13 de diciembre de 2017

Organización vegetal descentralizada


Por STEFANO MANCUSO

«El contrato social por excelencia es un contrato de federación:
un contrato sinalagmático y conmutativo para uno o muchos
objetos determinados, cuya condición esencial es que los
contratantes se reserven siempre una parte de soberanía
y de acción mayor de la que ceden.»
P.J. PROUDHON

El mundo vegetal podría ser hoy un óptimo modelo de lo moderno. Todo cuanto la humanidad ha construido hasta ahora lo ha hecho inspirándose inevitablemente en cómo está hecho el propio ser humano. El hombre tiene una organización centralizada basada en un cerebro que gobierna el conjunto de los órganos. Nuestro cuerpo tiene una estructura jerárquica que se refleja en el modo en que se organiza todo lo que construimos. Nuestras sociedades son jerárquicas; los dispositivos, aparatos y máquinas de que nos servimos para los más variados fines están construidos a nuestra imagen y semejanza, por así decir. Y, por tanto, con una estrecha relación jerárquica entre un centro de mando y todo cuando depende de éste. Ahora bien, si las observamos con atención, las plantas pueden brindarnos un ejemplo de organización del todo distinto. Si bien manifiestan una complejidad indudablemente no inferior a la del mundo animal, ellas han evolucionado siguiendo un camino distinto que las ha llevado a desarrollar una organización del cuerpo que nada tiene que ver con la de los animales. Los organismos vegetales están constituidos por una serie de módulos que se repiten. Se asemejan mucho más a una colonia de insectos que a un individuo. En otras palabras, no tienen una organización centralizada; en ellas todo es difuso y nada queda delegado a un órgano específico. En cierto sentido, es como si la planta fuese una colonia. El conjunto de la colonia, más que la hormiga individual, es lo que mejor representa el modo en que están hechas y funcionan las plantas. Hasta el punto de que la estructura del aparato radical [las raíces], el modo en que éste explora el terreno y explota sus recursos, ha sido descrito recientemente mediante modelos de comportamiento de enjambre, similares a los que utilizan para el estudio de los insectos sociales.

El cuerpo de las plantas presenta una reiteración de módulos base, una construcción redundante diríamos hoy, constituida por muchos elementos repetidos que interactúan entre sí y que, en determinadas condiciones, pueden sobrevivir de forma autónoma. Además, carecen de órganos vitales individuales. Una decisión muy sabia tratándose de organismos sometidos continuamente a la depredación y cuyo cuerpo está construido para resistir la eventualidad.

Las plantas tienen una inteligencia y un gobierno distribuidos, articulados, ramificados, es decir, que cada módulo es capaz de autogestionarse. Por este motivo … la organización … constituida por una serie de pequeños círculos que actúan de forma autónoma aunque con una idea concreta del resultado que quieren alcanzar, tiene mucho de vegetal.

Recuerdo que una vez, en la India, vi un fresco que reproducía la organización de la sociedad hindú dividida en castas. El esquema estaba construido tomando como modelo el cuerpo de un hombre: la cabeza representaba la clase más elevada, esto es, la de los brahmanes; luego estaban los guerreros, representados por los brazos; los mercaderes, por las piernas; los campesinos y los ciudadanos comunes, por la barriga, y los intocables, por los pies. Sin embargo, hoy en día las plantas podrían ser un modelo de inspiración mucho más interesante que nuestro propio cuerpo. Una inspiración en absoluto trivial si consideramos que éstas no sólo están hechas de forma distinta a nosotros, sino, sobre todo, de un modo que les ha permitido llegar a representar la práctica totalidad de la vida del planeta. Las plantas están descentralizadas. Cada vez que el hombre ha tenido que construir algo descentralizado, crear una organización compleja y articulada, ha emulado el mundo vegetal sin ser consciente de ello.

Pensemos, por ejemplo, en internet. Esta enorme red global nace en los años setenta como un sistema de intercambio de datos entre bases militares estadounidenses —por entonces se llamaba Arpanet—, un sistema que debía ser resistente y capaz de sobrevivir a la pérdida de gran parte de la red. Antes de Arpanet, la comunicación entre los distintos organismos militares o civiles que integraban el sistema de defensa de Estados Unidos estaba construida a partir de un mando central por el cual debía pasar por fuerza toda la información. Igual que ocurre con nuestro cerebro. Sin embargo, un sistema como ése no poseía ninguna de las características de robustez y solidez que requiere una red de defensa militar. Un solo ataque dirigido contra el centro de mando habría sido suficiente para anular la capacidad defensiva de Estados Unidos. Para remediar esta vulnerabilidad, se creó un sistema descentralizado, sin mando central, que con el tiempo fue extendiéndose hasta convertirse en internet.

Los mandos centralizados son estructuralmente débiles, siempre. El hombre está muy orgulloso de la constitución de su cuerpo, pero desde el punto de vista de la resistencia creo que no hay duda de que nos faltan las precauciones más elementales. Que tener un centro de mando sea inevitablemente un defecto de diseño no es en absoluto una intuición reciente. Uno de los primeros en señalarlo fue Marx, que escribió que «todo lo que es sólido se desvanece en el aire». Recuerdo que esta frase del Manifiesto comunista con la que Marx y Engels describen la fuerza destructiva del capitalismo, que todo lo arrasa (sociedad, economías, clases, jerarquías), fue también el título del exitoso libro de Marshall Berman sobre la experiencia de la modernidad. ¿Cuál es el significado más profundo de esa afirmación? Por poner un solo ejemplo: que el Estado centralizado como emblema moderno está destinado, antes o después, a caer… Todas las organizaciones que nosotros tenemos por solidas e inamovibles en virtud de su centralizada y férrea jerarquía son, por el contrario, muy frágiles. Es por eso que una sociedad y un futuro sólidos deberían tomar como ejemplo —por extraño que pueda sonar— el modo en que las plantas están construidas y funcionan.

Biodiversos
(2015)

miércoles, 6 de diciembre de 2017

A los judíos del mundo


 Por NESTOR MAJNÓ

¡Ciudadanos judíos! En mi primer «Llamamiento a los judíos», publicado en el periódico francés Le Libertaire, me dirigía a los judíos en general, en respuesta a lo que afirman burgueses y socialistas junto a «anarquistas» como Yanovski, que me acusan de pogromista y califican de antisemita al movimiento de liberación de campesinos y trabajadores ucranianos que lideré; para que me detallaran hechos concretos en lugar de imputaciones genéricas: simplemente, que me dijeran dónde y cuándo perpetré, o el movimiento antes mencionado perpetró, actos de ese tipo.

Había esperado a que los judíos en general contestaran a mi «Llamamiento», que apareciera gente ávida por descubrir al mundo civilizado la verdad acerca de estos criminales responsables de las matanzas de judíos en Ucrania o que intentaran basar sus vergonzosos relatos sobre mí y sobre el movimiento majnovista en hechos probados en los que pudieran comprometerme y que los presentaran ante la opinión pública.

Por el contrario, no he visto que ningún judío haya presentado pruebas. Lo único que ha aparecido hasta el momento en la prensa, reproducido también por ciertos órganos anarquistas judíos, acerca de mí y el movimiento insurgente que lideré, no ha sido otra cosa que el producto de las más vergonzosas mentiras y de la grosería de ciertos maniobreros políticos y sus paniaguados. Además, hay que decir que las unidades revolucionarias combatientes compuestas por trabajadores judíos jugaron un papel de primer orden en el movimiento. La cobardía de los difamadores no me afecta, ya que siempre les he tratado como lo que son. Los ciudadanos judíos pueden estar seguros de ello si observan que no dije ni una sola palabra sobre la farsa salida de la pluma de un tal Joseph Kessel con el título de «Majno y sus judíos», una novela escrita sobre la base de la desinformación acerca de mí y del movimiento conectado conmigo organizativa y teóricamente. La sustancia de esta farsa está tomada de un lacayo lameculos de los bolcheviques, un tal Coronel Gerasimenko, recientemente condenado por los tribunales checos por espionaje para una organización militar bolchevique. La 'novelucha' está también basada en artículos escritos por un periodista burgués, un tal Arbatov, que desvergonzadamente me atribuye toda clase de violencias perpetradas contra una compañía de «artistas enanos». Una invención de principio a fin, por supuesto.

En esa novela simplemente compuesta por falsedades, Kessel me describe de un modo tan odioso que, al menos en aquellos pasajes que toma prestados de Gerasimenko y Arbatov, debería haber nombrado sus fuentes. Dado que la falsedad representa el principal papel en esta novela y que las fuentes son inconsistentes, el silencio fue la única respuesta que creí oportuno dar.

Tengo una visión bastante diferente de las calumnias que parten de asociaciones judías que buscan hacer creer a sus correligionarios que han examinado cuidadosamente los actos viles y flagrantemente injustos perpetrados contra la población judía de Ucrania y que buscan denunciar a sus autores.

Hace algún tiempo una de estas sociedades, que por cierto tiene su sede en el reino de los bolcheviques, editó un libro, ilustrado con fotografías, sobre las atrocidades cometidas contra la población judía en Ucrania y Bielorrusia, con base en materiales aportados por el «camarada» Ostrovski, lo cual quiere simple y llanamente decir que en base a lo aportado por los bolcheviques. En este documento «histórico» no se menciona en ningún lado los pogromos llevados a cabo por el jactancioso Primero de Caballería del Ejército Rojo a su paso por Ucrania en ruta hacia el Cáucaso en mayo de 1920. Por el contrario, dicho documento menciona varios pogromos y los ilustra con fotografías de insurgentes majnovistas, aunque no está claro qué pintan allí, eso por un lado, y por otro, que de hecho ni siquiera son majnovistas, como lo testimonia el hecho de que se quiere dar a entender que se muestra a «Majnovistas en acción» mediante la foto de una bandera negra sobre la que se muestra una calavera: se trata de una fotografía sin conexión con pogromos y, sobre todo, y especialmente, que no muestra a ningún majnovista.

NO es una bandera 'majnovista' sino 'petliurista'.

Un fraude aún más significativo, conmigo y con los majnovistas como blanco, puede verse en las fotografías de las calles de Alexandrovsk, supuestamente tomadas a continuación de un pogrom organizado por majnovistas en verano de 1919. Esta burda mentira es imperdonable para la asociación judía responsable de la publicación, ya que todo el mundo en Ucrania sabe que en aquel entonces el ejército insurgente majnovista se encontraba lejos de esa región: había retrocedido a Ucrania occidental. De hecho, Alexandrovsk estuvo bajo control bolchevique desde febrero hasta junio de 1919 y luego en manos de Denikin hasta otoño.

Con estos documentos, la asociación judía de tendencia bolchevique nos ha injuriado gravemente al movimiento majnovista y a mí: incapaces de hallar evidencias documentales con las que denostarnos (en beneficio de sus patrocinadores) cargándonos pogromos antisemita, ha recurrido a descarados engaños que no tienen relación alguna ni conmigo ni con el movimiento insurgente. Su falsedad aparece con aún mayor claridad cuando reproducen una fotografía que titulan «Majno, un "pacífico" ciudadano» donde quien aparece retratado es alguien absolutamente desconocido para mí.

Por todas estas razones consideré que era mi deber dirigirme a la comunidad judía internacional para mostrarles la cobardía y la mentira de ciertas asociaciones judías de la órbita bolchevique que nos acusan de pogromos antisemitas a mí y al movimiento insurgente que lideré. La opinión judía internacional debe examinar escrupulosamente en qué se sustentan estas infames imputaciones, porque el esparcir tales infundíos no es precisamente la mejor manera de establecer, a los ojos de todos, la verdad sobre lo que soportó la población judía ucraniana, no olvidando el hecho de que estas mentiras sólo sirven para desfigurar por completo la Historia.

Dielo Truda
(Nº 23-24 / abril-mayo 1927)

domingo, 3 de diciembre de 2017

Cataluña después de la tormenta


Por TOMÁS IBÁÑEZ

Todo lo que se construya desde abajo es bueno... a no ser que se eleve sobre unos pedestales preparados desde arriba...

Cuando está a punto de empezar la campaña electoral y volvemos a contemplar el insufrible espectáculo de la competición entre partidos para cosechar el máximo número de votos, quizás sea buen momento para hacer balance del intenso periodo de enfrentamiento entre el Gobierno y el Estado Español, por una parte, y el aspirante a ser un Estado catalán, por otra. Un enfrentamiento en el que sectores revolucionarios, así como bastantes anarquistas y anarcosindicalistas, se involucraron al considerar que había que tomar partido, que era necesario estar allí donde estaba el pueblo, y que era preciso optar por luchar.

Hoy, la cuestión ya no consiste en saber si tenía sentido colaborar, desde posturas libertarias, con un proyecto cuya finalidad última era la creación de un Estado, ni si era coherente entrar en la contienda liderada por el nacionalismo catalán. Ahora, se trata más bien de saber si la parte del movimiento anarquista que se involucró en esa batalla va a valorar los pros y contras de su andadura, o si, por lo contrario, va a elaborar un relato que le permita justificar su participación en la contienda, buscando la confirmación de que, finalmente, hizo lo más adecuado en una situación ciertamente compleja.

Lo cierto es que los principales argumentos de ese relato ya se están perfilando y apuntan a una mitificación de determinados eventos, magnificándolos en grado sumo. Si se tratase de una simple disparidad en cuanto a la apreciación subjetiva de esos eventos, el tema no sería preocupante, su relevancia radica en que cuando nos engañamos a nosotros mismos acerca de como ha sido el camino que hemos recorrido engendramos una serie de puntos ciegos que enturbian nuestra percepción de como, y por donde, seguir avanzando.

Ese relato recoge el hecho cierto de que el desafío catalán presentaba unas facetas capaces de motivar la participación de quienes se muestran disconformes con el statu quo existente. En efecto, el conflicto desencadenado en Cataluña movilizaba a quienes deseaban avanzar hacia una sociedad más justa y más libre, con tintes de democracia participativa, acompañados de algunas pinceladas anticapitalistas, y se oponían, por mencionar tan solo algunos problemas:

— al Régimen del 78, a los vergonzantes pactos de la Transición, a la Monarquía, a la monopolización bipartidista del poder político, y a la sacralización de la Constitución.

— al gobierno derechista y autoritario de un Partido Popular corrupto y empeñando en recortar derechos sociales y libertades.

— a la represión policial y a la violencia de sus intervenciones.

— a las trabas contra la libre autodeterminación de los pueblos.

Quienes se involucraron en la lucha tienen razón en señalar la pluralidad de los aspectos que justificaban su participación, sin embargo, se auto-engañarían si no reconocieran, al mismo tiempo, que las riendas de la batalla contra el Estado español estaban totalmente en manos del Govern y de sus asociados nacionalistas (ANC y Ómnium Cultural), con el único objetivo de forzar la negociación de un nuevo reparto del Poder, y de conseguir, a plazo, el reconocimiento del Estado catalán.

También se auto-engañarían si no se percatasen que el carácter políticamente, y no solo socialmente, transversal del conflicto catalán respondía, en buena medida, a la necesidad absolutamente imperativa que tenían los artífices y dirigentes del embate contra el Estado español de construir la única arma capaz de conferirles cierta capacidad de resistencia frente a su potente adversario, a saber: la magnitud del respaldo popular en la calle, donde era vital congregar tantos sectores como fuese posible y, por lo tanto, muchas sensibilidades dispares.

El relato justificativo que está apareciendo descansa fuertemente sobre la mitificación de las jornadas del 1 y del 3 de octubre, y pasa por la sobrevaloración de la capacidad de autoorganización popular que se manifestó en torno a la defensa de las urnas.

No cabe la menor duda de que el 1 de octubre fue un éxito considerable, no solo por la enorme afluencia de votantes, en una cifra imposible de verificar, sino porque se burlaron todos los impedimentos levantados por el Gobierno. Sin embargo, nos engañamos a nosotros mismos cuando pasamos por alto que si tantas personas acudieron a las urnas fue también porqué así lo pidieron las máximas autoridades políticas del país, desde el Gobierno catalán en pleno, hasta la alcaldesa de Barcelona, pasando por más del 80% de los alcaldes de Cataluña.

Es totalmente cierto que se desobedecieron las prohibiciones del Gobierno español, pero no conviene ignorar que se obedecieron las consignas de otro gobierno y de muchos cargos institucionales.

La mitificación del 1 de octubre se basa también en magnificar la capacidad de autoorganización del pueblo en defensa de las urnas, olvidando que, paralelamente a las encomiables muestras de autoorganización, también se contó, en toda la extensión del territorio catalán, con la disciplinada intervención de miles de militantes de los partidos y de las organizaciones comprometidas con la independencia (desde ERC a la CUP, y desde la ANC a Ómnium Cultural). Poner el acento sobre los incuestionables ejemplos de autoorganización no debería ocultar por completo la verticalidad de una organización que contó con personas entrenadas durante años a cumplir escrupulosamente y disciplinadamente en las manifestaciones del 11 de septiembre las instrucciones recibidas desde los órganos dirigentes de las organizaciones independentistas.

Ya sabemos, aunque solo sea por propia experiencia, que la desobediencia frente a la autoridad, el enfrentamiento con la policía, y la lucha colectiva contra la represión, procuran sensaciones intensas e imborrables que tejen fuertes lazos solidarios y afectivos entre unos desconocidos que se funden repentinamente en un «nosotros» cargado de significado político y de energía combativa. Eso forma parte del legado más precioso de las luchas, y justifica ampliamente que las valoremos con entusiasmo, sin embargo, no debería servir de excusa para que nos engañemos a nosotros mismos. Pese a que supuso un fracaso estrepitoso para el Estado español, el 1 de octubre no marca un antes y un después, y no reúne las condiciones para pasar a la historia como uno de los actos más emblemáticos de la resistencia popular espontánea, y nos auto-engañamos si así lo creemos.

El 3 de octubre fue, también, un día memorable donde se consiguió paralizar el país y llenar las calles con cientos de miles de manifestantes. Sin embargo, si no queremos auto-engañarnos y mitificar ese evento, debemos admitir que la huelga general, por mucho que los sindicatos alternativos la impulsaran con eficacia y entusiasmo, nunca hubiese alcanzado semejante éxito de no haber sido porque la «Mesa por la Democracia»(compuesta por los sindicatos mayoritarios, por parte de la patronal, y por las grandes organizaciones independentistas) convocó un «paro del país», y porque el Govern respaldó ese paro del país cerrando sus dependencias y asegurando que no aplicaría la retención de sueldo a los huelguistas.

La constante y multitudinaria capacidad de movilización demostrada por amplios sectores de la población catalana en los meses de septiembre y de octubre ha hecho aflorar la tesis de que el Govern temió perder el control de la situación. Es cierto que el miedo desempeñó un papel importante en la errática actuación del Govern durante esos meses, pero no fue el miedo a un eventual desbordamiento promovido por los sectores más radicales de las movilizaciones el que explica las múltiples renuncias de las autoridades catalanas, sino la progresiva toma de consciencia de que no conseguirían doblegar finalmente a su adversario y que este disponía de los suficientes recursos de poder para penalizarlas severamente.

Un tercer elemento que ciertos sectores libertarios, algunos de ellos involucrados en los Comités de Defensa de la República, están mitificando tiene que ver con la perspectiva de construir una República desde abajo.


Quizás porque he vivido durante décadas en una República (la francesa), quizás porque mis progenitores nunca lucharon por una República, sino por construir el comunismo libertario, y tuvieron que enfrentarse a las instituciones republicanas, no alcanzo a ver la necesidad de situar bajo el paraguas republicano el esfuerzo por construir una sociedad que tienda a hacer desaparecer la dominación, la opresión y la explotación.

No alcanzo a entender la razón por la cual debemos acudir a unos esquemas convencionales, que solo parecen poder distinguir entre Monarquía, por una parte, y República, por otra. Conviene repetir que luchar contra la Monarquía no tiene porque implicar luchar por la República, y que no hay que referenciar nuestra lucha en la forma jurídico-política de la sociedad que queremos construir, sino en el modelo social que propugnamos (anticapitalista, y beligerante contra cualquier forma de dominación). El objetivo no debería expresarse en términos de «construir una república desde abajo», sino en términos de «construir una sociedad radicalmente libre y autónoma».

Por eso me parece interesante retomar aquí la expresión utilizada por Santiago López Petit en un reciente texto :


cuando dice: «Desde una lógica de Estado (y de un deseo de Estado) nunca se podrá cambiar la sociedad», pero insistiendo, por mi parte, en que tampoco se cambiará la sociedad desde cualquier «deseo de República».

Por supuesto, tras la tempestad que ha sacudido Cataluña estos últimos meses no deberíamos dejar que le suceda la calma chicha. Es preciso trabajar para que no se desperdicien las energías acumuladas, para que no se desvanezcan las complicidades establecidas, y para que no se marchiten las ilusiones compartidas. Se trata de no partir desde cero otra vez, sino de utilizar lo hecho para proseguir en otro «hacer» que evite la diáspora militante. Recomponer fuerzas no es tarea fácil, pero para conseguirlo es imprescindible recapacitar acerca de los errores cometidos y, sobre todo, no engañarnos a nosotros mismos magnificando los momentos más espectaculares de las luchas y sobrevalorando algunos de sus aspectos los más positivos.

Por supuesto, sea anarquista o no, cada persona es libre de introducir una papeleta en una urna si así lo desea, sin embargo, lo último que nos faltaría a estas alturas sería que los anarquistas se involucrasen, aunque solo fuese indirectamente en la actual contienda electoral catalana pensando que esa es la forma de mantener viva la esperanza de un cambio revolucionario, o, más prosaicamente, considerando que esa es la forma de avanzar hacia el punto final del Régimen del 78. López Petit lamenta en su texto, antes citado, que en lugar de aceptar participar en unas elecciones impuestas, los partidos políticos no hayan optado por «sabotearlas mediante una abstención masiva y organizada». Esa es, a mi entender, la opción que los sectores libertarios deberían adoptar, y llevar a la practica, de cara al 21 de diciembre.

Barcelona, 1 diciembre 2017.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Una vieja aspiración: el idioma universal


Por ENRIQUE WULFF

Desde antiguo, pero sobre todo a partir del Renacimiento, la diversidad lingüística europea vendría acompañada de dos planteamientos relacionados entre sí. Por un lado, las diferentes gramáticas nacionales trataron de establecer las normas correctas para un buen uso de sus respectivas lenguas, para lo cual se partía del modelo latino, considerado como el más perfecto. Pero, por otra parte, no habrían de faltar filósofos que, basándose en los antecedentes griegos, estimaban que existía una gramática común a todas las lenguas, que venía a ser como una estructura subyacente a las formas externas, y que, por tanto, respondía a las leyes universales del pensamiento. Estas gramáticas de corte filosófico solían estudiar el problema fundamentalmente en relación con el latín, al que, por su articulación lógica, se tenía como la concreción misma de esas leyes universales. De ahí a la búsqueda de una lengua universal había un trecho no muy largo, que pronto habrían de franquear algunos anticipadores.

En efecto, en el siglo XVII el logro de un idioma universal, en el que se pudiese expresar todo el conocimiento por medio de nuevos sistemas simbólicos, habría de constituir un tema constante de discusión erudita. Y no otra fue, en verdad, la intención del humanista checo Comenius (1592-1670), que en dos obras —La puerta abierta de las lenguas (1631) y El mundo visible en grabados (1658)—, dedicadas a la enseñanza del latín, trató de conseguir, además de una didáctica moderna, una lengua universal capaz de facilitar la comunicación humana. Tal fue, también, el propósito de Descartes (1646-1716), cuyo arte combinatorio plasmó el intento de crear una lengua algebraica en la que las vocales serían decimales, y las consonantes, números enteros. El mismo espíritu anidaría en proyectos similares del siglo siguiente (Enciclopedia francesa, 1756-1772; Convención Nacional de Francia, 1795). Varias causas abonaban el terreno: el latín había dejado de ser un vehículo universal del saber, la diversidad lingüística era un hecho establecido; el conocimiento humano era cada vez más plural, al tiempo que se multiplicaban los intentos de buscar su unidad mediante las enciclopedias; el análisis matemático y la lógica se ofrecían como instrumentos clasificadores, e incluso la misma escritura ideográfica china se mostraba, según algunos, como un medio que podría facilitar la compresión entre distintas lenguas habladas.

Pero será a finales del siglo XIX y a principios del XX cuando aparecerán una serie de lenguas artificiales que tratarán de lograr un conjunto universal de símbolos que permitan expresar lógicamente todo el conocimiento. El volapük —habla del mundo—, creado en 1879 por el clérigo alemán J. M. Schleyer, pese a la complejidad de su gramática y a la dificultad de reconocimiento de su léxico, llegaría a tener miles de seguidores, que saludaron su nacimiento como la nueva lengua de la humanidad. La aparición del esperanto en 1887 daría lugar, sin embargo, al movimiento más importante que jamás haya tenido una lengua artificial. Su creador el judío polaco Dr. L. Zamenhof (1859-1917), que firmaba su obra con el nombre de Dr. Esperanto —«el que espera»—, estaba movido por el espíritu humanista de lograr la unidad del género humano por medio de una segunda lengua, gracias a la cual sería posible una comunicación sin fronteras de ninguna clase. Otro intento, el ido (1907), cuyo nombre viene de un sufijo del esperanto (derivado de), obra del lógico y esperantista francés Louis de Beaufront, pese a presentar determinadas mejoras con respecto a aquél y a haber tenido cierto renombre, acabaría por desaparecer. Interlingua, o latine sine flexione, como su mismo nombre indica, no era sino una forma simplificada del latín; su creador fue el matemático italiano Peano, quien lo dio a conocer en 1903. A esta lista podría añadirse el Basic English, inglés básico, que en 1932 propuso el británico Ch. K. Ogden; era una reducción del inglés a un vocabulario de 850 palabras que no llegó a conseguir mucha difusión.

SALVAT, 1981.

 

jueves, 23 de noviembre de 2017

La impostura del independentismo ácrata


Por ESTEBAN VIDAL

En los últimos tiempos hemos asistido a la aparición de algunos fenómenos ideológicos y políticos bastante peculiares de entre los que destaca una particular versión de independentismo, concretamente de carácter ácrata como consecuencia de la asunción de la combinación de la lucha por la liberación nacional con las aspiraciones emancipadoras dirigidas a construir una sociedad sin Estado. Así pues, la primera dificultad que se presenta es la de perfilar los principales rasgos que caracterizan a este fenómeno, lo que únicamente es posible realizar a partir del discurso que desarrolla.

El fenómeno del independentismo libertario se da en diferentes lugares pero ha arraigado de un modo bastante notorio en Cataluña, lo que indudablemente está vinculado a la emergencia del nacionalismo como movimiento político de masas y el surgimiento de distintas versiones de esta ideología política de entre las que este tipo de independentismo es una forma específica. Al margen de las diferentes asociaciones, organizaciones, individualidades y demás colectivos partidarios de una independencia de Cataluña sin Estado, destaca de manera especial la organizada en torno a la plataforma por el No-Sí, cuya posición fue expresada en el manifiesto «La vía revolucionaria del No-Sí. Manifiesto por la independencia sin Estado». Se trata de una combinación sui géneris de liberación nacional de Cataluña mediante su independencia del Estado español y la creación de un espacio político y geográfico sin Estado en esta zona. Es, como sus propios partidarios la definen, una «tercera vía» para el pueblo de Cataluña frente al estatismo catalanista y españolista.

Lo particular de esta propuesta política que puede ser catalogada como una forma de independentismo libertario, es el hecho de que se presenta como una alternativa revolucionaria dirigida a llevar a cabo una abolición progresiva del Estado a favor de una nueva institucionalización democrática de la sociedad. En lo que a esto respecta la propuesta gira en torno a la necesidad del pueblo catalán de librarse del Estado español sin caer por ello en la creación de un nuevo Estado, en este caso catalán. Así pues, la liberación nacional respecto a la opresión ejercida por el Estado español es planteada a través de la independencia de Cataluña, pero una independencia sin Estado. Significa, entonces, la separación de Cataluña del resto del Estado español y la simultánea abolición de las estructuras de poder estatal que gobiernan a los catalanes para, de este modo, desarrollar otras estructuras de carácter popular que permitan el autogobierno del pueblo catalán.

Así las cosas, cabe preguntarse dónde radica la impostura de esta forma peculiar de independentismo. Esta reside en dos aspectos de esta propuesta política y social para Cataluña y que son las que atañan a los fines y a los medios para llevarla a cabo. Aunque los medios están estrechamente vinculados a los fines que inicialmente se plantean conseguir, parece que es importante antes que nada dilucidar lo que entraña esta propuesta en la medida en que plantea que la solución de los problemas de los catalanes comienza por su independencia del Estado español, y la conformación de un espacio político en Cataluña sin Estado. Esto significa convertir la liberación nacional en el eje central de toda esta propuesta, lo que es tanto como considerar que la liberación de los catalanes se materializa a partir del momento en el que las estructuras del Estado, en este caso del Estado español, son abolidas en lo que hoy es Cataluña. En la práctica esta propuesta se reduce a abolir el Estado español en Cataluña, al mismo tiempo que sus partidarios abogan por el desencadenamiento de procesos de independencia semejantes en otros lugares del mundo. De este modo a lo que se aspira es a la propagación de procesos de liberación nacional a lo largo del mundo que permitan la independencia de otros pueblos respecto a la dominación a la que están sometidos por los restantes Estados.

Así planteadas las cosas la propuesta no tiene mucho de revolucionaria en tanto en cuanto no se propone la destrucción del Estado como tal, y sobre todo de los Estados a un nivel mundial, sino simplemente la independencia de poblaciones en determinados territorios para liberarse de la dominación de un Estado concreto. Por tanto, la liberación, además de ser definida fundamentalmente en términos nacionales, se alcanza como parte de un proceso secesionista en el que la libertad es definida en términos de no dependencia. Digamos que la libertad del pueblo, una vez alcanzada la independencia, termina donde comienza la autoridad del Estado español. Esto no sólo es insuficiente sino que es irreal. Ningún pueblo puede aspirar a la libertad sólo mediante su secesión respecto a un Estado, lo que únicamente supone la abolición de ese Estado en el territorio que ocupa ese pueblo concreto. Ningún pueblo puede considerarse verdaderamente libre mientras otros pueblos, a su vez, están sometidos a la dominación de ese mismo Estado o de otros Estados. Constituye un error ideológico y político definir la libertad en términos nacionales, pues ello conduce a que la libertad sea concebida de un modo particularista, exclusivista, localista, chovinista e incluso podría decirse que corporativista. La libertad de un pueblo se realiza junto a los demás pueblos, lo que pone de relieve la importancia del internacionalismo, de manera que un pueblo llega a ser libre cuando los demás pueblos son igual de libres que este. Sin la libertad de los demás pueblos ningún pueblo, tomado individualmente, puede llegar a ser enteramente libre. Esto es lo que pone de manifiesto la estrechez de miras y el egocentrismo inherente al nacionalismo como formulación política, y destaca la importancia no sólo del internacionalismo sino también de la necesidad de abolir todos los Estados en el mundo entero como contenido esencial de todo proyecto verdaderamente revolucionario.

Bakunin, en su conocida obra Dios y el Estado, afirmó lo siguiente: «Yo no soy verdaderamente libre más que cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igual de libres que yo. La libertad de los otros, lejos de ser un límite o una negación de mi libertad es, al contrario, su condición necesaria y su confirmación». Basta con sustituir al individuo por el pueblo en esta cita para comprender que la libertad no es concebible en términos exclusivos para un solo pueblo, sino que esta sólo es realizable en el marco de un proceso de liberación más amplio, a escala mundial, dirigido a la destrucción de todos los Estados. La revolución, entonces, no puede limitarse a una determinada población y territorio sino que exige su generalización y expansión a lo largo de todo el planeta. La revolución necesita ser mundial. Es ilusorio y equivocado pretender abolir el Estado español únicamente en Cataluña y que, al mismo tiempo, como consecuencia del «vacío de poder» generado por la situación resultante, se obvie la existencia de otros Estados que inevitablemente tratarán de aprovecharse de la situación al buscar ocupar ese espacio para rentabilizar políticamente la debilidad del Estado español. En el fondo de todo esto se encuentra un planteamiento ideológico que consiste en circunscribir la lucha de clases a un marco nacional, en este caso Cataluña. En última instancia se trata de la reproducción de unos viejos esquemas políticos que tienen su origen en la primera mitad del s. XX, y que cristalizaron en China durante su lucha contra la ocupación japonesa. El marxismo maoísta dio prioridad a la contradicción nacional por encima de la contradicción de clase, de forma que su propuesta política significaba que sólo a través de la liberación nacional era posible superar la contradicción de clase para lograr la emancipación popular, lo que necesariamente sólo podía darse en el marco político de China. Los independentistas libertarios en Cataluña reproducen la misma lógica.

La anarquía es inconcebible como un escenario político, social y económico circunscrito de modo exclusivo a la población de un determinado territorio. La anarquía sólo es concebible para el conjunto de la humanidad, como aquella situación en la que todos los Estados, y consecuentemente toda forma de autoridad, han sido abolidos junto a aquellas otras estructuras de opresión que estos se encargan de sostener como ocurre, por ejemplo, con la propiedad privada. Por esta razón la formulación política de la libertad que desarrolla el independentismo libertario tiene un grave defecto de base, y este no es otro que definirla en términos nacionales y de esta manera equiparar la libertad y emancipación popular con la liberación nacional. El independentismo ácrata, entonces, se propone un objetivo tan limitado como es la abolición de la autoridad del Estado español en Cataluña, y no la abolición del Estado español en su totalidad junto a los restantes Estados. La libertad como tal no es realizable única y exclusivamente en Cataluña, incluso en una Cataluña sin Estado. Sólo es realizable de manera parcial en el transcurso de una lucha revolucionaria mundial que tenga como finalidad la destrucción de todos los Estados sin excepción, y consecuentemente la extensión de la libertad a otros pueblos y territorios que se encuentran sometidos a la dominación de otros Estados. Esto es así debido a que la libertad alcanzada en aquellos lugares donde el Estado es abolido es una libertad incompleta mientras otros pueblos permanezcan subyugados por otros Estados, y siempre permanecerá bajo la amenaza que dichos Estados representan.

Una revolución de corte emancipador no es concebible única y exclusivamente en un solo territorio, sino como un foco más de una revolución mundial dirigida a subvertir el orden internacional con la destrucción de los Estados. Tanto por razones de eficacia como por motivos morales la revolución y la liberación popular no pueden quedar encerradas en el marco territorial de un determinado pueblo, como puede ser el catalán. Si bien sería deseable que el Estado español fuese abolido en Cataluña sin la reproducción de ninguna otra forma de Estado en su lugar, ello no sería suficiente mientras existiese todavía el Estado español y los restantes Estados que hoy configuran el sistema internacional. La libertad no se define ni en términos individuales exclusivistas ni en términos nacionales, sino que por el contrario es una cuestión colectiva que afecta al conjunto de la humanidad. La libertad se realiza enteramente cuando las estructuras de poder, con sus correspondientes relaciones de dominación y explotación, son abolidas. Esto es logrado cuando todos los individuos y pueblos que conforman la humanidad dejan de estar sometidos a cualquier forma de poder. Mientras tanto, en el transcurso de la lucha revolucionaria por la emancipación, sólo existe una libertad parcial, incompleta y limitada que puede darse en diferentes escenarios, allí donde el poder ha sido abolido o se encuentra en vías de ser abolido.


Por otra parte hay que añadir que el independentismo libertario incurre en otra impostura no menos llamativa en relación a la cuestión de la autodeterminación de los pueblos. Sobre esto ya se ha dicho algo en otro lugar. Pero en cualquier caso merece la pena destacar que la autodeterminación como tal constituye una capacidad fruto de una conquista revolucionaria en la que el pueblo, tras la destrucción del Estado y de todas las estructuras de dominación adyacentes a esta institución, detenta la soberanía de manera plena. Debido a esto la autodeterminación únicamente puede ser ejercida como un proceso llevado a cabo de abajo arriba por la propia población a través de sus órganos decisorios, las asambleas populares soberanas, de cara a determinar cuáles serán sus relaciones con otros pueblos. Por esta razón resulta chocante que en medios pretendidamente libertarios, aunque ubicados en el marco ideológico del independentismo, equiparen la autodeterminación con la celebración de un referéndum cuando este método constituye la forma de represión dictatorial máxima y más dura contra la libertad de expresión de la voluntad popular, y que históricamente ha servido, y aún sirve, como un instrumento del que las elites se valen para ratificar decisiones ya tomadas. Todo esto únicamente refleja la asunción de los planteamientos democraticistas puestos en boga por la burguesía, y que no hacen otra cosa que equiparar la libertad política con formas específicas de procesos electorales, tal y como ocurre con los referéndums. El resultado, como se ha visto en el procés, es el de reivindicar las urnas cuando estas son uno de los mayores símbolos de esclavitud de nuestro tiempo, lo que ha repercutido en formas de colaboracionismo con el poder constituido y en una contrarrevolución rampante.

En la práctica el proyecto transformador de crear una sociedad sin clases, y por tanto sin Estado, constituye un artificio retórico en el independentismo libertario. Esto es bastante evidente en la medida en que sus integrantes han participado de manera entusiasta en el procés, que es un fenómeno político independentista de carácter inequívocamente estatista. De esta forma el apoyo a la construcción de un Estado catalán a través de los hechos, con la participación en las iniciativas vinculadas al procés, es presentado por estos libertarios como un paso previo y necesario para la emancipación popular. Pero lo cierto es que todo esto nos recuerda a la lógica del marxismo, y en general de prácticamente todos los marxistas de todos los tiempos, que consiste en afirmar de un modo retórico como fin último la creación de una sociedad sin Estado al mismo tiempo que se afirma que para lograr tal objetivo es necesario el Estado, y más concretamente su reforzamiento a través de la dictadura del proletariado. Así, a través de un proceso del todo incomprensible, la liberación del pueblo catalán sólo será posible mediante la creación de un Estado catalán y su correspondiente consolidación para, más tarde, hacer la revolución social en el marco político de este nuevo Estado con la que los catalanes lograrán emanciparse y generar una sociedad sin clases. La revolución y la emancipación son, al igual que en el marxismo, aplazadas a un futuro indeterminado que finalmente nunca llega. Inevitablemente esto nos conduce a que nos preguntemos si quienes sostienen esta argumentación son realmente libertarios o, por el contrario, algo muy diferente.

Así las cosas, la estrategia de una independencia sin Estado no es válida. No lo es, al menos, desde una perspectiva libertaria tanto por la finalidad inmediata de este proyecto como por el procedimiento que se plantea en la medida en que excluye la revolución social, es decir, la ruptura con el orden establecido y la abolición de la sociedad de clases mediante la destrucción, inevitablemente violenta, de todas las estructuras del poder constituido. La libertad nunca ha sido y nunca será votada, del mismo modo que la autodeterminación no es posible dentro del marco político del Estado. Lo anterior demuestra la necesidad de un proyecto revolucionario que recupere la lucha de clases como eje central del conflicto social en el que se enfrentan gobernantes y gobernados, explotadores y explotados, opresores y oprimidos, la clase dominante y la clase sometida. Este conflicto se ubica en un marco más amplio que es el mundial, con lo que cualquier revolución necesita ser pensada en términos mundiales tanto por razones prácticas de eficacia, para que la emancipación impulsada por la revolución logre triunfar, como por razones puramente morales en tanto en cuanto ninguna emancipación es real ni posible si no abarca a toda la humanidad. Una lucha contra los Estados y el sistema internacional que articulan constituye la clave para el desencadenamiento de un proceso revolucionario auténticamente liberador, y consecuentemente inclusivo al abarcar al conjunto de la humanidad, lo que simultáneamente exige incorporar a dicha lucha los principios del internacionalismo y la autodeterminación sin los que es imposible llevarla a cabo.

13 noviembre 2017

domingo, 19 de noviembre de 2017

En plena deriva libertaria


Por TOMÁS IBÁÑEZ

No soy buen conocedor de la historia del movimiento libertario en Cataluña pero imagino que debió haber alguna buena razón para que en 1934 la CNT, que estaba entonces en la plenitud de su fuerza, rehusara colaborar en el intento de proclamar el «Estado Catalán en forma de República Catalana». Tan solo lo imagino. Sin embargo, lo que no me limito a imaginar, sino que estoy plenamente convencido de ello, es que no hay ninguna buena razón para que parte del actual movimiento libertario de Cataluña colabore de una forma o de otra con el proceso «nacional-independentista» protagonizado por el Gobierno catalán, por los partidos políticos que lo sostienen, y por las grandes organizaciones populares nacionalistas que lo acompañan.

Lo menos que se puede decir es que esa parte del movimiento libertario está «en plena deriva» ya que después de haber contribuido a «proteger las urnas» durante el Referéndum que el Gobierno había convocado con la expresa finalidad de legitimar la creación de un nuevo Estado en forma de República catalana, se lanzó, además, a convocar una huelga general en la inmediata estela del Referéndum, con el previsible efecto de potenciar sus efectos.

Esa deriva se reafirma ahora al sumarse a otra huelga general para el 8 de noviembre en exigencia de la liberación de los «presos políticos» originados por la represión que el Estado español en su componente Judicial ha ejercido contra determinadas actividades encaminadas a promover la independencia de la nación catalana y la creación del nuevo Estado.

Ciertamente, esta vez no es el conjunto de los sindicatos anarcosindicalistas los que se suman a esa huelga, pero sí una parte de los sindicatos de la CGT, y de los libertarios integrados en los CDR, «Comités de Defensa de la República» Si ya había manifestado mi «perplejidad» ante la convocatoria de la huelga general del 3 de octubre, esa perplejidad se incrementa aun más al comprobar que esos sindicatos de la CGT y esos militantes libertarios de los CDR van a respaldar la iniciativa de un minúsculo sindicato radicalmente independentista, la «Intersindical-Confederación Sindical Catalana», que lanzó la convocatoria y que solo ha recibido el respaldo de las dos grandes organizaciones independentistas catalanas que agrupan de forma transversal sectores populares y sectores burgueses de la población catalana (Ómnium Cultural, y la ANC).

Nadie duda de que hay que rechazar la represión pero quizás quepa sorprenderse de que ese rechazo solo se traduzca en una huelga general cuando los reprimidos son los miembros de un gobierno junto con los dos principales dirigentes del movimiento civil independentista, limitándose a manifestaciones de repulsa y de solidaridad cuando se trata de otras personas.

Por suerte, en el ámbito libertario siempre se ha sabido evaluar las luchas en función de su sentido político y, en el caso de que esas luchas fuesen reprimidas, se ha sabido activar la solidaridad desde esa valoración política. ¿O es que, todo y condenando cualquier tipo de represión, también debemos movilizar nuestras energías cuando se reprime a los «luchadores» de extrema derecha? Desde un punto de vista libertario cualquier represión motiva, sin la menor duda, nuestra repulsa, pero no implica automáticamente nuestra solidaridad. Además, lo que resulta inaceptable es que se evoquen recientes víctimas anarquistas de la represión para declarar que «esa lista» se ha ampliado ahora con nuevos represaliados que no son otros que los gobernantes detenidos. Imagino que algunas de esas compañeras encarceladas se indignarían al verse amalgamadas con esos nuevos «presos políticos» para justificar de esa forma que ellos también requieren nuestra solidaridad.

La deriva de una parte del movimiento libertario se hace aun más patente cuando se observa que bastantes de sus elementos se involucran ahora en los «Comités de Defensa de la República», originariamente promovidos por la CUP. He sido sensible hasta ahora al argumento de que esa participación era una forma de hacer oír nuestra voz, y de plantear nuestras propuestas en el seno de las movilizaciones populares, con la esperanza de «desbordar» el estrecho sentido independentista de sus reivindicaciones, aunque también debo añadir que esa «perspectiva de desbordamiento» siempre me ha parecido totalmente ilusoria.

Sin embargo, cuando, como me ha ocurrido esta misma tarde, se puede leer en las calles de Barcelona carteles firmados por la organización oficial de los CDR que apelan a «parar el país» el 8 de noviembre como respuesta «al encarcelamiento del gobierno legitimo de nuestro país», la perplejidad ante la incorporación de una parte del movimiento libertario en esos comités no deja de acrecentarse y abre el interrogante acerca de hasta donde llegará «la deriva» de esa parte del movimiento libertario.

El único consuelo que puede quedarnos es que a través de esos comités la politización y la experiencia de lucha adquiridas por sectores de la población, sobre todo juvenil, propicie futuras movilizaciones en otros contextos menos alejados de la autonomía y de la autodeterminación de las luchas que propugnamos desde las prácticas de lucha libertarias.


lunes, 13 de noviembre de 2017

De la utopía a la distopía

«Utopia/Dystopia»
por Dylan Glynn (2010).


Por FRANCESCO MANCINI

Entre los años 1989 y 1991, con el hundimiento del bloque soviético, se ha determinado un cambio de era en el equilibrio y perspectivas del capitalismo moderno y de la humanidad entera que, tras más de setenta años, ponía fin a otro cambio de era: el nacimiento de la Unión Soviética.

Se concluía, de forma poco gloriosa y poco digna, un experimento sociopolítico y económico que, al menos al principio, había suscitado expectativas y esperanzas en la clase trabajadora del mundo entero.

No fueron pocos los que pensaron, o se ilusionaron, que se estaba dando vida a la realización de una utopía: una sociedad de libres, iguales y solidarios, de trabajadores y para los trabajadores, autoproclamada socialista o, forzando el pensamiento de Karl Marx, del que se reclamaban los constructores de la nueva realidad, incluso comunista.

No obstante, los motivos de duda no faltaron, desde el principio.

Si de hecho fueron sin duda numerosas, complejas e intrincadas las causas de la Revolución de Octubre y del nacimiento de la Unión Soviética, por otro lado sin lugar a dudas se situó en el origen de tales acontecimientos el apoyo determinante que el imperialismo alemán prestó a las fuerzas revolucionarias.

Admitiendo sin ningún género de dudas que la Alemania imperial no pudiera albergar, por mínima que fuera, simpatía por las ideas socialistas y comunistas de Lenin, Trotski y compañía, está acreditado que la decisión de financiar y armar a los bolcheviques fue el fruto de un cálculo oportunista y fuertemente obligado, puede que incluso desesperado, del Imperio alemán, que de todas formas se mostró perdedor.

En cualquier caso, de la revolución soviética y su continuación en el segundo conflicto mundial y la llamada 'guerra fría', se origina un ordenamiento mundial bipolar en bloques contrapuestos que, de alguna forma, operó para relativa ventaja de las clases bajas. Entre el bloque occidental, o mejor dicho el estadounidense, y el oriental, o mejor dicho el soviético, se establece una especie de competición cuyo objetivo era, a fin de cuentas, el control de las respectivas clases trabajadoras. Estas podían ser, y eran, explotadas, engañadas, reprimidas en cada uno de los dos bloques, pero hasta cierto límite, no tanto como para correr el riesgo de que se alinearan con la parte contraria.

De hecho, los trabajadores aprovechaban de ambas partes una especie de rédito de posición, que comportaba condiciones verdaderamente muy limitadas y nada óptimas en bienestar y seguridad, pero incomparablemente mejores de las que se han creado con la desaparición del bloque oriental.

Por parte de los vencedores de la denominada 'guerra fría', los derrotados, además de ser objeto de toda suerte de juicios negativos, incluso de orden moral, fueron presentados como portadores de ideologías políticas, sociales y económicas insostenibles y sin posibilidades de aguantar hasta un cierto límite el choque con la dura realidad.

En resumen, prevalece la tesis de que el adversario o, mejor dicho, el enemigo, había perdido porque era portador de conceptos utópicos fuera de la realidad, mientras que lo que se define como capitalismo moderno o régimen de mercado o sistema de empresa resultó triunfador por ser expresión de realismo, racionalidad y eficiencia.

Y, sin embargo, bastaría un mínimo de reflexión para darse cuenta de cómo la Historia ha demostrado ampliamente cuán ficticias son estas reconstrucciones y estas presuntas calidades.

Parece, no obstante, que el asunto no haya sido tomado en consideración, ni siquiera por el venir a menos de una cierta alternativa realista y de un posible término de parangón con el sistema socioeconómico y político vigente.

La Unión Soviética, con su misma existencia constituía a pesar de todos sus límites y defectos, la prueba viviente de la posibilidad efectiva de soluciones organizativas diferentes.

Su desaparición ha comportado para los trabajadores la ausencia de un posible objetivo o referencia política alternativa adecuada a la gravedad de la situación. También, por parte de los mismos que apoyan el capitalismo moderno, la admisión de que se trataba de un pésimo sistema socioeconómico. Un argumento considerado decisivo en su favor ya que, sin embargo, los otros sistemas han demostrado ser peores y, en cualquier caso, perdedores.

El otro argumento es que el beneficio, la empresa, la acumulación y la concentración de la riqueza y del capital presentan innumerables problemas y contradicciones en su funcionamiento, pero constituyen un estímulo potente al desarrollo y progreso de lo que hasta ahora no ha sido posible identificar un posible sustituto capaz de igualar, y menos aún, de superar las prestaciones.

Y todo ello para demostrar cuán fácilmente, como en un relato de Poe, incluso lo que es evidente escapa a la atención y se sustrae a la percepción, por lo que uno se da cuenta inadecuadamente de que también en gran medida el capitalismo moderno ha de considerarse una utopía, con tales y tantos pesados caracteres negativos que ha de caracterizarse como distopía.

No se trata del mero hecho, de constatación banal, de que la versión moderna, globalizada y financiarizada del capitalismo no se ha desembarazado de los aspectos bárbaros y feroces de sus comienzos y de la fase de acumulación originaria. Ni siquiera el esclavismo, la servidumbre de la gleba y el tráfico de carne humana han desparecido; solo han cambiado de forma, objetivos, territorios y sectores de actividad, pero todavía se mantienen vivitos y coleando.

Por otro lado, permanecen inmutables los abusos, las destrucciones, las incongruencias, las contradicciones, la irracionalidad y la ineficacia que en todo tiempo ha caracterizado la estructura y funcionamiento de las varias formas del capitalismo.

Incluso ante macroscópicos fenómenos de globalización y predominio de las finanzas sobre la actividad productiva, permanecen y se multiplican Estados, fronteras, barreras aduaneras, monedas nacionales, banderas, ejércitos, guerras y, obviamente, producción y tráfico de armas.

Por un lado se teoriza, cosa que, por lo demás, no se puede hacer sin observar la estrecha interconexión e independencia de pueblos y economías a nivel planetario, como para dar lugar a un único gran sistema global capaz de funcionar mejor solo en ausencia de conflictos en su interior.

Por otro lado, se debe admitir que todo esto no ha impedido mínimamente que proliferen y se enquisten los conflictos creados, costeados y armados por intereses financieros, aunque formalmente disfrazados de nacionalismo, religión o incluso de choque de civilizaciones.

El capitalismo moderno como utopía negativa

También el capitalismo es portador de una utopía, pero calificable, y por muchos calificada, como negativa, es decir, una distopía.

Lo es, en particular, en la forma asumida a resultas de su triunfo, de su subida al poder en la versión del capitalismo moderno.

En qué consiste tal utopía y la misma legitimidad del uso del término en referencia al capitalismo moderno constituyen, al menos en parte y en medida variable, materia controvertida y fruto de posiciones ideológicas.

La misma definición de capitalismo, como es sabido, es materia de opiniones, divisiones y contraposiciones. No son pocos ni de importancia secundaria los historiadores de la Economía y los economista que, como Fernand Braudel, Luigi Einaudi o Carlo Cipolla, han considerado ambigua tal determinación y suprimible o que, como Karl Marx, han rechazado totalmente la utilización del término por resultar vago, acientífico y precursor de confusión.

Se puede incluso intentar definirlo como un sistema socioeconómico basado en la empresa y el beneficio, y en el que los medios de producción son objeto de propiedad individual o colectiva, privada, pública o mixta.

Obviamente, la definición adoptada no es la única ni, verosímilmente, la mejor posible y, a riesgo de equívocos, comporta implícitamente que la propiedad estatal o incluso pública de los medios sea calificada como capitalismo de Estado y no como socialismo ni, mucho menos, como comunismo.

El carácter utópico, o mejor dicho distópico, del capitalismo moderno se puede identificar en el hecho de que se basa en una tendencia a expandirse indefinidamente, a poder ser al infinito, tanto como para sufrir una crisis cada vez que esa tendencia se detiene o invierte.

La materia objeto de tal expansión puede consistir, según las preferencias, en la acumulación de riqueza, en su centralización, en el volumen de negocios, en los niveles de beneficios y rentas, en los valores monetarios, en el gasto de bienes de consumo, en las inversiones, en la creación de medios de producción u otros.

Cualquier opción parecería confinada en el reino de lo opinable y del condicionamiento político e ideológico salvo por un aspecto. En cualquier caso, el sistema socioeconómico que se denomina, o se califica, como capitalista existe en la realidad y no es simplemente soñado o imaginado, como en general sucede cuando se hace uso del término utopía.

Son, por tanto, evidentes, medibles y calculadas tendencias, efectos más o menos deseados y perseguidos, y resultados calificados como éxitos o fracasos, expansiones o crisis del sistema efectivo en funcionamiento.

Hay que subrayar que en gran parte de los relativos datos estadísticos y contables no se dan grandes divergencias de opinión, y es a ellos a los que se hace referencia.

No es materia opinable sino realidad aceptada oficial y universalmente, la tendencia actual a la cada vez más acentuada acumulación y concentración de la riqueza en un porcentaje exiguo e irrisorio de la población mundial, constituido por las clases negociantes y financieras, y por los ricos y superricos.

Por eso es indiscutible que tal tendencia no ha parado sino que ha acelerado su expansión con la gran crisis iniciada en 2008.

Tal aceleración —y esto tampoco es puesto en duda por nadie— es producida en parte por las políticas llevadas a cabo por los gobiernos de los más importantes países desarrollados o emergentes, a favor del gran capital y, en particular, de las clases financieras y de los bancos de negocios.

Tales políticas, presentadas como medidas anticrisis, han favorecido y exaltado la tendencia al aumento de las desigualdades, ya de por sí parejas al funcionamiento de las instituciones financieras y de negocios del capitalismo moderno.

Otra causa del incremento de las desigualdades en la distribución de la renta y de la riqueza acumulada y concentrada, es el aumento cada vez más anormal y económicamente injustificado de los sueldos de los ejecutivos y consejeros de las grandes empresas financieras y de negocios respecto a la remuneración media del trabajador dependiente.

Por otro lado, supersueldos y demás emolumentos de los consejeros delegados y directivos de alto rango siguen siendo formalmente registrados como rentas del trabajo, cuando en realidad deberían ser considerados sin lugar a dudas como parte de los beneficios.

Otra utopía implícita en el capitalismo moderno es la tendencia al incremento sin límites de los valores monetarios, efecto del modo de ser y de operar de las instituciones monetarias, financieras y de crédito, tanto nacionales como internacionales.

Al comienzo de la gran crisis se tomó conciencia de que gran parte de la vulnerabilidad de los sistemas financieros nacionales y mundiales era debida a la anormalidad del desarrollo de las variables financieras, es decir, al incremento y empeoramiento cualitativo fuera de control de los valores financieros y crediticios, convertidos en múltiplos de dos cifras del Producto Interior Bruto mundial. Rápidamente, tras el inicio de la gran regresión, su valor registró un consistente repliegue, para volver con bastante velocidad a las dimensiones precrisis de los productos crediticios y financieros más o menos derivados, más o menos tóxicos, más o menos opacos y enigmáticos en los contenidos y en los efectos.

A pesar del enorme riesgo que esta montaña de valores y productos financieros comporta, no ha existido una tentativa real y ni siquiera una intención verdadera de establecer reglas y praxis para un eficaz redimensionamiento de tal fenómeno.

Análogamente, no se toma tampoco en consideración el problema del agotamiento de recursos derivado de la proliferación de empresas industriales y de servicios, con la creación de una capacidad productiva total muy por encima de la demanda global.

El solo objetivo de tal multiplicación de iniciativas es aprovechar las oportunidades de mayores beneficios ofrecidas por las normativas complacientes en materia medioambiental, laboral, fiscal, incentivos y apoyos públicos y medidas y maniobras monetarias, crediticias y cambiarias tendentes a violar o eludir sistemáticamente las reglas de la competencia y de la corrección comercial.

Nº 351/352 - octubre/noviembre 2017