lunes, 20 de febrero de 2017

La batalla de George Square


El regreso de soldados tras la Primera Guerra Mundial creó un problema de paro y falta de vivienda que revolucionó a la clase obrera escocesa

Por RAFAEL RAMOS

Nadie en Inglaterra, ni siquiera la derecha más extrema, habló de enviar tanques a Escocia si gana la independencia en el referéndum de finales del verano. Pero hubo una vez, hace 95 [ahora 98] años, en que Londres desplegó diez mil soldados y vehículos acorazados en Glasgow, no para impedir la secesión sino en respuesta a una huelga general que paralizó la ciudad en demanda de mejores condiciones laborales. Lloyd George era primer ministro, Winston Churchill era ministro de la Guerra y ambos tenían pavor a una revolución bolchevique en territorio británico.

Era el 31 de enero de 1919, el levantamiento espartaquista alemán había comenzado en noviembre anterior, y la Revolución rusa en octubre [noviembre] del 17. Con la Primera Guerra Mundial recién terminada, y millones de soldados desmovilizados regresando a casa para sumarse a las colas del paro, el gobierno de Lloyd George temía que floreciesen en el Reino Unido las semillas del comunismo. Y eso no se podía permitir.


Glasgow es la ciudad más roja de todo el país. A orillas del río Clyde, en pleno centro hay una estatua de Dolores Ibárruri, la Pasionaria, y el propio Vladimir Lenin se refirió a ella como el Petrogrado británico, confiando de manera un tanto optimista en que las revueltas de los estibadores, maquinistas y mineros abriera las puertas al socialismo y acabasen con la monarquía. Esa revolución nunca llegó a cuajar. Pero son los descendientes de aquella clase obrera, hoy votantes del Labour [Partido Laborista] y en muchos casos todavía indecisos, quienes pueden decidir otra revolución: si Escocia se hace independiente.

Hasta entonces Glasgow no había tenido una particular tradición de militancia proletaria, y de hecho votaba al Partido Liberal en las elecciones. Decenas de miles de trabajadores se habían alistado voluntariamente, y los sindicatos (bajo entonces presiones políticas) habían accedido a no convocar ninguna huelga general hasta que terminase la Gran Guerra, y a no criticar las leyes represivas adoptadas por el Gobierno con el pretexto de la seguridad nacional. Sin embargo, los activistas antibélicos consiguieron organizarse y desarrollar en una estructura, sin ser atacados y denunciados como antipatriotas, como ocurrió en otras ciudades.

El descontento y la frustración con los políticos fueron aumentando conforme se prolongaba la guerra, y en particular en Glasgow, que era uno de los principales centros de fabricación de armamento del país, tenía una población muy superior a la actual, y un grave problema de vivienda. Los inmigrantes habían elevado el coste de los alquileres, y los nativos —en especial las mujeres cuyos maridos luchaban en el frente— no podían pagarlos. Diez mil maquinistas marcharon en Govan hasta el edificio de los Tribunales para protestar. Los desahucios estaban a la orden del día. Entonces, igual que ahora, los patronos de los astilleros y empresas textiles reemplazaban a los empleados con más antigüedad por mano de obra menos cualificada y más barata. El caldo de cultivo de una revolución estaba servido.

Las clases trabajadoras estaban hartas de que sus jóvenes lucharan y murieran en los campos de Francia y de Bélgica en defensa de un imperio de un establishment que las oprimía. El 1 de Mayo de 1918, cien mil personas se manifestaron en Glasgow contra la guerra. El 27 de enero siguiente, una organización sindical llamada Comité de Obrero de Clyde (CWC) convocó una huelga general para reducir la jornada laboral de 57 horas (comenzaba a las 6 de la mañana) a 40 horas [semanales]. Y a fin de paralizar por completo la ciudad, dio instrucciones a sus afiliados de que desconectaran del tendido eléctrico todos los tranvías de dos pisos que eran la principal forma de transporte público. El día 31, que era viernes, 70.000 personas se concentraron en George Square, cantaron La Internacional e izaron la bandera roja.


Mientras los líderes sindicales esperaban la respuesta del alcalde a sus demandas, las autoridades intentaron hacer entrar un tranvía en la plaza como símbolo de que la paralización había fracasado. Se armó el revuelo, la policía cargó con porras contra la multitud, los manifestantes se defendieron con las botellas de un camión de bebidas que asaltaron. Ladrillos y barras de hierro. En la batalla campal, que se prolongó varias horas y se extendió hasta el Glasgow Green, resultaron heridas 53 personas (34 huelguistas y 19 agentes).

Al día siguiente, el 1 de febrero, entraron en Glasgow seis tanques, un centenar de camiones militares y diez mil soldados que habían sido trasladados por la noche en tren, y se apostaron francotiradores en las azoteas de la Oficina de Correos (el recuerdo del Levantamiento de Pascua de 1916 en Dublín aún estaba muy presente) y del North British Hotel. Las autoridades prefirieron traer tropas de Inglaterra [que previamente habían controlado otras ciudades inglesas] que recurrir al regimiento escocés del cuartel de Maythill, por miedo a que se pusieran del lado de los trabajadores. La jornada laboral no quedó reducida a 40 horas, pero sí a 47, diez menos que hasta entonces. Dos de los organizadores de la revuelta fueron detenidos y condenados a cinco meses de cárcel. Unos cuantos desarrollaron exitosas carreras políticas.

«Creíamos que estábamos haciendo una simple huelga, y podríamos haber hecho una revolución», dijo con el tiempo Willie Gallagher, uno de los protagonistas de la batalla de George Square, en lo que fue bautizado como el 'viernes sangriento'. La plaza, llena de tiendas, es hoy un póster de cultura consumista.

La movilización de las tropas duró una semana, fue la mayor jamás realizada por el Estado británico contra sus propios ciudadanos y demostró hasta dónde está dispuesto a llegar el establishment para perpetuar el orden vigente, y aplastar cualquier intento de desmontar las estructuras de poder de la sociedad. Fuentes del Gobierno Cameron han empezado a insinuar que Londres no aceptaría la independencia de Escocia al margen del resultado del referéndum «si no nos ponemos de acuerdo en los detalles»... Un aviso.

La Vanguardia
3 marzo 2014

viernes, 17 de febrero de 2017

El sentimiento nacional al servicio del capital

 

El nacionalismo se adaptaba tan perfectamente a la doble misión de domesticar a los trabajadores y despojar a los extranjeros que atrajo a todo el mundo, es decir, a todo aquel que detentara o deseara detentar una porción de capital.

Durante el siglo XIX, y en particular durante su segunda mitad, todo poseedor de capital invertible descubrió que tenía raíces entre los campesinos movilizables que hablaban su lengua materna y adoraban a los dioses de su padre. El fervor de semejantes nacionalistas era transparentemente cínico, ya que se trataba de hombres que ya no tenían raíces entre los parientes de sus padres: habían encontrado la salvación en sus ahorros, rezaban por sus inversiones y hablaban el idioma de la contabilidad. Sin embargo, habían aprendido de los estadounidenses y de los franceses que aunque no pudieran movilizar a sus paisanos en tanto leales servidores y clientes, sí podían movilizarlos en tanto leales italianos, griegos o alemanes, o en calidad de leales católicos, ortodoxos o protestantes. Lenguas, religiones y costumbres se convirtieron en materiales para la construcción de Estados-nación.

Esos materiales eran medios y no fines. El objetivo de las entidades nacionales no era afianzar lenguas, religiones o costumbres, sino afianzar economías nacionales, convertir a campesinos en trabajadores y soldados, y a los Estados dinásticos en empresas capitalistas. Sin el capital no habría municiones ni suministros, ni ejército nacional ni nación.

El ahorro y las inversiones, los estudios de mercado y la contabilidad de costos —las obsesiones de la ex clase media racionalista— se convirtieron en las obsesiones dominantes. Estas obsesiones racionalistas no solo se hicieron soberanas sino también excluyentes. A los individuos que tenían otras obsesiones, obsesiones irracionales, se les encerraba en manicomios y psiquiátricos.

Las naciones solían ser monoteístas pero ya no era imprescindible que lo hubieran sido; su antiguo dios o dioses carecían ya de importancia, salvo en calidad de materiales de construcción. Las naciones eran monoobsesivas y si el monoteísmo servía a la obsesión dominante, entonces se le movilizaba.

FREDY PERLMAN
El persistente atractivo del nacionalismo
(1984)

sábado, 11 de febrero de 2017

La explosión en Flamanville muestra el peligro de la energía nuclear


9 febrero 2017

La explosión se ha producido en la sala de máquinas de los reactores 1 y 2 de la central nuclear de Flamanville y ha provocado al menos cinco heridos, lo que muestra una vez la peligrosidad de la energía nuclear.

En la mañana de hoy se ha producido una explosión en la central nuclear de Flamanville (Francia), donde AREVA está construyendo un tercer reactor nuclear, de tipo EPR (reactor de agua presurizada). Los controles de calidad que se toman en todo el complejo nuclear quedan en entredicho. Los reactores de Flamanville 1 y 2 se conectaron a la red en los años 1985 y 1986 respectivamente y son de tipo PWR (reactor de agua a presión), fabricados por la empresa francesa Framatome (ahora Areva NP). La sala de turbinas donde se ha producido la explosión fue fabricada por Alstom.

Esta explosión se ha producido en la sala de máquinas, fuera de la zona nuclear. Esto no ha evitado que haya habido numerosos heridos, lo que pone de manifiesto el peligro de la energía nuclear. Las centrales nucleares son instalaciones muy complejas, con todos sus sistemas interconectados. Un fallo en uno de ellos puede dar lugar a un accidente severo con consecuencias radiológicas para el medio ambiente y la población. La explosión ha podido causar destrozos en sistemas vitales para la seguridad.

Eso fue lo que ocurrió en el accidente de Vandellós I (Tarragona) en 1989 y que condujo al cierre de la central. El accidente empezó con un incendio en la zona de turbinas que se propagó hasta el área nuclear. Estuvo a punto de provocar una fuga radiactiva a gran escala.

La explosión de Flamanville se produce cuando la agencia de Seguridad Nuclear (ASN), el equivalente francés al Consejo de Seguridad Nuclear (CSN), está inspeccionando una quincena de reactores, lo que añade mayor incertidumbre al estado de seguridad de las nucleares en Francia.

Estos hechos coinciden, a su vez, en plena polémica sobre la posible reapertura de la central de Garoña (Burgos), que está en condiciones deleznables, y con la posible prolongación del funcionamiento de la central de Almaraz (Cáceres) más allá de su actual permiso de explotación. Si en una potencia nuclear como Francia, con una muy exigente ASN, se producen estos sucesos, las centrales españolas entrañan aún mayor riesgo, dada la excesiva permisividad de nuestro CSN.

Para Ecologistas en Acción la lección a sacar es clara: la energía nuclear es peligrosa y los más sensato es prescindir de ella lo antes posible.

domingo, 5 de febrero de 2017

Construir un discurso maternal (decente)


¿Mujer o madre? Los nuevos feminismos replantean el fenómeno de la crianza y el cuidado de los hijos.

C. DEL OLMO

Dentro del feminismo existe un discurso muy plural sobre la maternidad (y casi sobre cualquier otra cosa), de ahí que siempre estemos hablando de «feminismos», en plural. Sin embargo, yo creo —aunque es una opinión discutible, por lo que he pedido ver— que existe algo que podemos llamar «feminismo mainstream o institucionalizado» en el que la pluralidad se desvanece. Para ese feminismo, que es el más influyente en términos políticos (me refiero a política institucional, a influencia sobre las políticas de las administraciones públicas) la maternidad es, sobre todo, un punto ciego, igual que para muchas de las teóricas del feminismo clásico (a mí, desde luego, siempre me ha llamado la atención la cantidad de textos clásicos del feminismo que pasan de puntillas por un fenómeno tan central para las mujeres).

Por otra parte, los feminismos han tenido y aún tienen que librar una batalla muy ardua por el derecho al aborto y la anticoncepción. En este sentido, es lógico que los esfuerzos se hayan centrado en la lucha contra la maternidad como imposición. Pero, por el camino, la reivindicación y el análisis de la maternidad deseada desde una óptica feminista ha tendido a quedar en los márgenes. Asimismo, el discurso de mi cuerpo es mío y yo decido, perfectamente razonable en la lucha por el aborto, también nos ha dejado en mala posición para reivindicar la maternidad como hecho social, o para reclamar la implicación de toda la sociedad en los cuidados de los hijos. Como decía Yvonne Knibiehler, una feminista francesa a la que admiro, una vez conquistado el derecho a no ser madres, nos queda conquistar el derecho a serlo sin perdernos en el camino. Y creo que somos muchas las mujeres que al tener hijos nos hemos sentido un poco huérfanas de discurso feminista en el que encajar, sobre todo cuando algunas hemos decidido que la maternidad «externalizada» (escolarización temprana, formas de disciplina encaminadas a conseguir que los críos no estorben, crianza y cuidados entendidos exclusivamente como una carga...) no iba con nosotras.

Muchas feministas reivindican firmemente su derecho a no ser madres, y denuncian que en la sociedad patriarcal actual sigue vive la ideología que equipara el ser mujer con el ser madre y presiona a las mujeres para que seamos madres antes que ninguna otra cosa. Otras reivindicamos nuestro derecho a ser madres de ciertas formas que no encajan con el ideario feminista mainstream y aseguramos que las presiones que hemos recibido han ido más bien en dirección contraria: trabaja, consigue, trepa, logra, disfruta, goza, sigue con tu vida y no te enfangues en cosas de críos que no te van a reportar nada bueno. Por supuesto, cada una sabrá lo que ha experimentado en sus carnes o cuál de las dos presiones le ha resultado más molesta.

Pero más allá de ese debate estéril que contrapone experiencias personales, creo que deberíamos hacer un análisis sosegado del mundo ideológico en el que vivimos. Según mi hipótesis, la presión patriarcal para identificar a la mujer con la madre es una ideología en retirada, una ideología secundaria, mientras que la presión antimaternal está en auge. La primera, la pro-maternal, es muy visible y directa y un tanto, digamos, ingenua. Y aunque no me extrañaría que en términos estadísticos aún hubiera más mujeres que se sintieran víctimas de esta presión, me atrevo a afirmar que está en decadencia en un sentido profundo. La segunda presión, la anti-maternal, es más ladina y menos fácil de identificar. Está mezclada con la ideología productivista habitual de nuestras sociedades capitalistas, está mezclada con el consumismo y el hedonismo en el que nos hemos socializado, y recoge, para mayor confusión, muchos de los temas y conceptos del discurso feminista, lo que hace las cosas aún más complicadas. Tal como yo lo veo, al menos, todo conspira para que «elegir»hijos aparezca como la elección incorrecta.

Desde luego, para mí no tiene sentido que nos dejemos engañar por el discurso sensiblero, carca y muy de boquilla de «los niños son el bien más preciado» y «madre no hay más que una» la realidad es que cuidar (y por tanto, también ser madre) aquí y ahora es duro y difícil y está muy desincentivado.

Muchas feministas han identificado —correctamente, en mi opinión— la maternidad como fuente de opresión y sufrimiento en nuestras sociedades. Pero en lugar de luchar y denunciar este hecho han preferido dar la espalda a la maternidad, confundiendo, tal vez, los problemas que entraña la maternidad en una sociedad como la nuestra con problemas intrínsecos de la maternidad.

Para muchas feministas las reivindicaciones actuales de una maternidad intensiva en tiempo y esfuerzo (con sus concreciones en forma de lactancia prolongada, colecho, escolarización tardía, educación no autoritaria, etc.) suponen un paso atrás y una atroz pérdida de autonomía. Es curioso, porque a mí me parece tremendamente evidente que la mayor pérdida de autonomía que existe en este mundo, y el principal sumidero de tiempo y esfuerzo, es el trabajo asalariado, y sin embargo no suelo oír tantas quejas...

Creo que si los feminismos abrieran sus oídos a estas reivindicaciones maternales conseguiríamos entre todas elaborar discursos mucho más matizados, que no dejaran a tantas madres huérfanas de feminismo, y podríamos luchar más eficazmente contra los elementos machistas de estas ideologías maternalistas, sacando a la luz los aspectos potencialmente liberadores de la maternidad intensiva, y luchando de paso contra esos estereotipos maternales que nos encasillan, como denunciaba Brigitte Vasallo en Pikara con tanta razón; estereotipos que, por cierto, también resultan opresivos para los hombres que asumen la responsabilidad del cuidado.


domingo, 29 de enero de 2017

Si es violento no es anarquismo


El autor sostiene que «en puridad, la violencia es injustificable desde teorías anarquistas, porque toda violencia supone el ejercicio del poder y es precisamente el ejercicio del poder contra lo que lucha el anarquismo».


«Curiosamente se llaman antifascistas, pero su forma de actuar es fascista», decía la semana pasada Javier Garisoain, secretario general de Comunión Tradicionalista Carlista, comentando el ataque que este 20N se produjo en el local que la asociación conservadora estudiantil Foro Universitario Francisco de Vitoria tiene en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid. La investigación policial sigue abierta y todavía no se conoce a qué grupo pertenecían los asaltantes que destrozaron el local y agredieron a varios estudiantes. Minutos antes, a las 14:00 horas, había arrancado desde el metro de Ciudad Universitaria una marcha en la que participaron, entre otros, miembros del Bloque Antifascista de Estudiantes (BAE) y del Bloque Anarquista. Las informaciones e imágenes sobre la agresión han podido verse en infinidad de medios de distinto signo político.

En la web del BAE se desmarcan así del ataque: «El cortejo del BAE, respetando la decisión de la asamblea de la Facultad de Derecho de no entrar dentro del edificio, decidió permanecer en el exterior con la pancarta, coreando consignas antifascistas, mientras que parte de la manifestación entraba en la facultad».

No se sabe si los asaltantes pertenecen (o dicen pertenecer) al Bloque Anarquista o a cualquier otra organización que se autocalifique de 'anarquista'. Lo que sí es un hecho es que llevamos meses leyendo informaciones sobre grupos 'anarquistas' violentos. Hace unos días se informaba de la detención de cinco supuestos miembros de la Federación Anarquista Informal / Frente Revolucionario Internacional (FAI / FRI) por la bomba que estalló en la Basílica del Pilar en Zaragoza en octubre. En abril trascendía a los medios un informe de la policía en el que daba por hecho que el anarquismo implica violencia. En él se podía leer que la crisis actual «es el caldo de cultivo idóneo para considerar que estamos en un periodo expansivo de las actividades anarquistas». La policía, haciendo gala de una ignorancia suprema sobre ideologías políticas, da por hecho que las «actividades anarquistas» son violentas. ¿Son violentas las bibliotecas populares? ¿Las concentraciones? ¿Los comedores veganos? ¿Las asambleas? ¿Los grupos de debate? ¿Los de autoconsumo?

El anarquismo no es esencialmente violento. De hecho creo que la violencia es contraria al anarquismo. El tema de la violencia es una vieja cuestión de debate (no resuelta) entre las organizaciones de esta ideología. Existen importantes teóricos del anarquismo que siempre rechazaron la violencia: «Ni Godwin ni Proudhon la propiciaron nunca: el primero como hijo de la Ilustración, confiaba en la educación y en la persuasión racional; el segundo, consideraba que una nueva organización de la producción y del cambio bastaría para acabar con las clases sociales y con el gobierno propiamente dicho. Más aún, algunos anarquistas, como Tolstoi, eran tan radicalmente pacifistas que hacían consistir su cristianismo, coincidente con su visión anárquica, en la no resistencia al mal. Para ellos, toda violencia engendra violencia y poder, y no se puede combatir el mal con el mal», escribía Ángel Capelleti en Las doctrinas anarquistas (editado por la Federación Ibérica de Juventudes Anarquistas).

En puridad, la violencia es injustificable desde teorías anarquistas, porque toda violencia supone el ejercicio del poder y es precisamente el ejercicio del poder contra lo que lucha el anarquismo. Los anarcopacifistas lo entendieron perfectamente. Esta rama del anarquismo se inspira en las teorías de Henry David Thoreau, el citado Tolstoi y en Mahatma Ghandi y aboga por la resistencia pacífica como la forma más efectiva de desobediencia civil. Es también la única opción coherente con la esencia de la teoría anarquista. En la historia hay infinidad de ejemplos de logros conquistados mediante la resistencia pacífica, desde la Huelga de los Plebeyos, en el siglo V antes de nuestra era, la lucha contra el Colonialismo o la caída de la dictadura en Portugal, con la Revolución de los Claveles en 1974.

Es evidente que hay otros autores (Bakunin, Koprotkin, Malatesta) que se autoproclaman anarquistas y que han justificado la violencia o, usando el eufemismo clásico, la 'acción directa'. Los atentados que han propiciado sus teorías no han hecho más que dar argumentos a los grupos conservadores y a los de extrema derecha, así como a la represión estatal. No hace falta haber leído mucho para saber que el Estado administra como nadie la violencia, tiene todos los medios a su alcance para ejercerla y que intentar combatir al Estado con métodos violentos no sólo es inútil, es que además es estúpido. También denota una alarmante falta de formación y, lo que es peor, de imaginación.

La emancipación humana (ese frágil e inacabable proceso) pasa únicamente por el afán constante de controlar un instinto natural que es el que alimenta al ultracapitalismo y a las estructuras que lo sirven. Ese instinto natural no eso otro que la violencia. La violencia es siempre, y en todo contexto, reaccionaria, es una expresión del poder, al que sirve. El recurso a la violencia es un fracaso humano, aunque a veces se recurra a ella con la supuesta intención de evitar un daño mayor o de lograr un beneficio superior.

No sé a qué grupo se adscriben los individuos que el otro día asaltaron ese local estudiantil, pero su acción no se diferencia en nada de la de los miembros de La Falange que atacaron la sede de la Generalitat de Cataluña el pasado 11 de septiembre. Por una vez, y sin que sirva de precedente, tengo que dar la razón a Garisoain cuando dijo eso de «curiosamente se llaman antifascistas, pero su forma de actuar es fascista».

LA MAREA
26 noviembre 2013

lunes, 23 de enero de 2017

La crisis de la AIT desde la perspectiva de la CNT


La decisión de refundar la AIT del XI congreso de la CNT (diciembre de 2015) es el último acto del proceso de modernización del anarcosindicalismo que se inició con la resurrección de la CNT en 1977 y que aún no ha concluido


Tras morir Franco en 1975, las élites españolas pusieron en marcha una serie de medidas para modernizar el aparato estatal e integrarse en Europa; gracias a ello, en 1977 la CNT podía volver a legalizarse, acabando con cuatro décadas de persecución e ilegalidad. Tras las alegrías iniciales, los problemas no tardaron en surgir. Como no podía ser de otra forma, en los 40 años transcurridos desde la derrota de la revolución de 1936 el mundo se había transformado. Es este tiempo, la izquierda había vivido (y sobrevivido) el estalinismo, la Segunda Guerra Mundial, la descolonización, el estado del bienestar, la Guerra Fría o la desintegración del modelo de Estado marxista en sus diversas modalidades, por poner tan solo algunos ejemplos. El mundo en cuyo seno había surgido el anarcosindicalismo desapareció y el movimiento anarcosindicalista dejó de existir, mientras la CNT se convertía en una versión obrera de la bella durmiente, manteniendo su apariencia a pesar del paso del tiempo.

Dorian Grey o el peso de la gloria

O al menos eso parecía. Como no tardaron en comprobar quienes participaron con entusiasmo en el relanzamiento de la CNT, adaptarse a los enormes cambios sociales que habían tenido lugar desde 1939 era similar a la Odisea de Ulises. En poco tiempo se puso en marcha la dinámica infernal de la polarización entre quienes querían buscar un camino para adaptar el anarcosindicalismo al mundo neoliberal, y quienes preferían no cambiar nada por miedo a caer en el reformismo. Naturalmente esta es una visión del mundo en blanco y negro y había muchas más tendencias, pero todas ellas tenían que hacer frente a la cuestión de cómo adaptarse al mundo moderno.

En honor a la verdad ha de reconocerse que tras el miedo a los riesgos asociados a la modernización se ocultaba un peligro real. Un ejemplo perfecto es el caso de la SAC sueca, único sindicato anarcosindicalista que merece ese nombre que logró sobrevivir a la hecatombe del fascismo y la Segunda Guerra Mundial. La SAC no tuvo la «suerte» de una muerte gloriosa luchando contra el fascismo como la CNT, y tuvo que hacer frente al mundo surgido en la posguerra; tras intentar mantenerse fiel a los principios anarcosindicalistas en la posguerra, la evidencia de que podía acabar convertida en una organización marginal dio lugar a un giro de 180 grados en su estrategia, pasando a integrarse en el modelo estatal socialdemócrata que se implantó en Suecia.

Es necesario recordar, llegados a este punto, que la SAC pudo hacer frente al dilema respecto a su futuro en unas condiciones muy diferentes a las de la renacida CNT en 1977. Sus estructuras estaban intactas, y disponía de una militancia lo suficientemente grande como para poder actuar como sindicato y no como un mero grupo de propaganda. La CNT, en cambio, debía hacer frente a una situación muy diferente: sus estructuras habían sido arrancadas de cuajo por el fascismo, abriendo una brecha generacional. Además, la clandestinidad impuesta por la dictadura hacía imposible la práctica cotidiana del anarquismo; tan imposible era practicar a gran escala la toma de decisiones mediante asambleas —indispensable para evitar la formación de núcleos de poder— como el favorecer la mentalidad crítica (y racional) mediante discusiones constantes, labor clave llevada a cabo en los ateneos libertarios.

El resultado de estas carencias no tardó en hacerse notar en las bases de la nueva CNT. En el marxismo, el énfasis en el racionalismo/cientifismo dio lugar, primero, al parlamentarismo y la burocratización, y más tarde a una deshumanización total que considera a los seres humanos meros números, abriendo el camino a las diversas salvajadas realizadas bajo la hoz y el martillo a lo largo del siglo XX. En el anarquismo, en cambio, aunque el racionalismo juega un papel fundamental, el componente básico es una defensa a ultranza del individuo frente al resto de abstracciones que genera la mente humana en su lucha por la vida. Este componente, fuertemente emocional y basada en la percepción personal de lo que es justo, es positivo al hacer imposible la puesta en marcha de un aparato represivo para imponer el anarquismo o el asesinato de manera fría y sistemática por el mero hecho de pensar de manera diferente. Pero puede ser también negativo, ya que tomado desde un ángulo dogmático el anarquismo puede convertirse en el mejor argumento para defender permanecer en un gueto, haciendo loas a la anarquía sin intentar emplearla como instrumento para cambiar la sociedad y combatiendo a quienes lo intentan.


6 de mayo de 1977: Legalización de la CNT.
A la derecha Gómez Casas, secretario general y
autor de libros indispensables sobre la historia de la CNT.

Una vez resucitada la CNT, no tardó en hacerse evidente que no era la Bella Durmiente de la mitología revolucionaria, sino más bien un reflejo de la maldición de Dorian Grey. Por un lado, con el paso del tiempo la CNT se convirtió en el exilio en una sombra de sí misma, sufriendo gran cantidad de conflictos internos y escisiones; y, por otro lado, debido a la Revolución de 1936 la CNT se convirtió en la única alternativa con experiencia revolucionaria real al autoritarismo y la burocratización del marxismo. Esta contradicción entre el mito y la realidad era una herencia envenenada que no tardaría en tener efectos nefastos en la nueva CNT surgida en la Transición. Asimismo, la mayor parte de la nueva militancia estaba formada por gente joven y militante, recién llegada al movimiento anarcosindicalista atraida por su historia heroica y su ideología antiautoritaria. Desgraciadamente, carecían de la menor experiencia práctica en la lucha sindical y tenían una formación mínima en las ideas anarquistas.

El desastre: Valladolid como ejemplo

La combinación de militancia y formación superficial de las ideas anarquistas no tardó en tener consecuencias nefastas. En Valladolid, donde la extrema derecha era especialmente activa y actuaba con completa impunidad, la juventud anarquista local se destacó en hacerles frente, lo que fue respondido por los fascistas con la colocación de una bomba contra el local de la CNT. Pero mientras es innegable su disposición a hacer frente a la violencia fascista, cuando la CNT hubo de plantearse adaptar sus medios de lucha a la sociedad de consumo, este sector se negó a aceptar los intentos de modernización, y la situación escaló rápidamente. Según contaba Luis Pasquau, del Sindicato de Enseñanza de la CNT de Valladolid en aquella época, los «anarquistas» asistían a las asambleas del sindicato cuando sabían que se iba a tratar la estrategia sindical, y ponían las pistolas con las que luchaban contra los fascistas encima de la mesa para impedir cualquier discusión. La consecuencia lógica de esta situación fue la salida de trabajadores de la enseñanza de la CNT, que se organizaron en un grupo consejista.

Finalmente pasó lo que tenía que pasar, y los defensores del purismo doctrinal dieron un giro de 180 grados, pasando a defender la participación en las elecciones sindicales. Las consecuencias de este enfrentamiento fueron nefastas, como demuestran las cifras de afiliación. De 120.000 en septiembre de 1977 (Joan Zambrana, La alternativa libertaria en Cataluña) a 250.000 en la primavera de 1978 (según Juan Gómez Casas), se pasó a 30.000 en diciembre de 1979 en el V Congreso, en el que tuvo lugar la primera escisión de la CNT. Las provocaciones policiales (Caso Scala) y la campaña de propaganda antianarquista del Estado y los medios de comunicación aumentaron la presión para aplastar a la CNT por negarse a colaborar con la Transición.

Debido a que el electoralismo sindical amenazaba con provocar una nueva ruptura en la CNT, en el VI Congreso (1983) la mayoría contraria aceptó tratar el tema en un congreso extraordinario monográfico. Esto fue un error, que solo sirvió para dar más tiempo al entonces secretario de la CNT, José Bondía, para preparar la integración de la CNT en el sistema. En aquella época el Partido Socialista tenía que hacer frente en el campo sindical a CCOO, sindicato cercano al Partido Comunista, y el vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, jugó con la idea de favorecer a la CNT y marginar a CCOO. Para ello ofreció a cambio de participar en las elecciones sindicales el apoyo del Estado para que la CNT recuperase su gigantesco patrimonio histórico. En necesario recordar aquí que, debido a la crisis en la que estaba la organización, la mayoría de los sindicatos forzaron la reelección de Bondía como secretario general a pesar de estar en contra los estatutos, decisión nefasta que costaría cara a la organización (a pesar de fracasar, Bondía fue «premiado» con un cargo en la organización de la celebración del 5º Centenario de la conquista de América; para que luego digan que Roma no paga traidores).


Eladio Villanueva: De la creación de grupos anarquistas
y la lucha contra los grupos fascistas en Valladolid
a la Secretaría General de la CGT.

Aprovechando la falta de acuerdo sobre las elecciones sindicales en el Congreso, los defensores de la participación aprovecharon el periodo previo al Congreso extraordinario para participar en elecciones sindicales en algunas localidades. Este fue el caso de Valladolid, donde los contrarios eran minoría y, para evitar la ruptura y una nueva hemorragia de militantes, se aceptó la participación como CNT en las elecciones sindicales en la enorme factoría de FASA-Renault de la ciudad (la mayor del mundo fuera de Francia, motivo por el cual se habla de Fasadolid). Esto, como no podía ser de otra forma, tan sólo valió para dar argumentos a los defensores de participar en las elecciones, debido a los buenos resultados obtenidos. Pero, a pesar de todo esto, la mayoría del Congreso extraordinario votó contra participar. La minoría electoralista anunció entonces su escisión, convocó en Valencia un Congreso en el tuvo lugar la fusión de los restos de las anteriores escisiones, y se negaron a dejar de llamarse CNT, lo que hizo imposible acceder al enorme patrimonio histórico de la CNT durante más de un lustro. Los defensores de la escisión no dudaron en emplear la violencia, dándose casos lamentables, como esperar (en Palencia, localidad cercana a Valladolid) a primera hora de la mañana a quienes iban al trabajo para darles una paliza, o los conatos de violencia en Madrid por parte de los contrarios a la escisión. Estos lamentables enfrentamientos, violentos incluso en ocasiones, marcan uno de los momentos más lamentables de la historia del Movimiento Libertario.

En Valladolid, la inmensa mayoría se pasó a la escisión, justificándolo en un manifiesto que tuvo una amplia difusión, y la CNT quedó convertida en la sombra de lo que había sido. Cuando, en pleno derrumbe del «socialismo real» el que esto escribe decidió salirse de la CGT (entonces aún CNT) y acercarse a la CNT-AIT, ésta había dejado de existir de facto. Carecía de actividad sindical, pero disponía de un local gracias a la negativa a abandonar de tres personas con la misma edad que mi padre (de las cuales una era marxista con un enorme respeto a la CNT, otra había tenido que exiliarse a Francia tras una redada antianarquista durante el franquismo, y la otra había participado en las luchas de FASA en la Transición). En torno suyo había un puñado de personas que simpatizaban, pero aún hacía falta tiempo para que las heridas de la escisión sanasen.

El papel de estas tres personas fue fundamental para la resurrección de la CNT. Habían logrado mantener una infraestructura (el local se compartía con un grupo de flamenco, por ser los únicos que habían encontrado que eran de fiar a la hora de pagar el alquiler), e incluso una ligera presencia, al mantener la difusión de la propaganda (pegada de carteles, distribución de octavillas, etc.); más importante aún fue su papel en transmitir las ideas a una nueva generación, mediante infinidad de debates sobre todo tipo de temas. A comienzo de los 90, cuando un compañero afiliado que trabajaba en el sector de la construcción pidió el apoyo del sindicato en un conflicto con su empresa, la CNT pudo iniciar su resurrección como sindicato. El círculo se había cerrado.

Una década después de la escisión, la experiencia de lucha sindical de la mayoría del entonces minúsculo sindicato de Valladolid era nula, y tuvimos que empezar de cero. O casi, gracias al apoyo y la experiencia de los mayores. Y nuestra situación no era muy diferente en el resto de la CNT, que perdió a la inmensa mayoría de la generación que había participado en reorganizar en la Transición, y tuvo que atravesar una durísima 'travesía del desierto'. En Valladolid, la negativa absoluta de los mayores de cualquier actividad que reavivase las heridas de la escisión, y su disposición a confiar en la gente joven (yo dispuse de unas llaves del local cuando aún era miembro de la escisión) permitió un crecimiento lento y gradual, ayudando además a revitalizar otras localidades de la región (Palencia, Zamora). Hoy día, la CNT es un sindicato con presencia en el mundo laboral y diversos sindicatos de ramo (metal, construcción...), con más de un centenar de afiliados, local propio y que ha sido capaz de hacerse cargo del Comité Regional, el órgano de la CNT e incluso del Comité Nacional (por haber, hasta ha habido un escándalo de corrupción que ha provocado la expulsión fulminante del secretario general).

De la escisión a la actualización

El proceso de superación del periodo catastrófico de la Transición no fue homogéneo: en algunas localidades, como Puerto Real, se pudo evitar el desastre, en otras como Valladolid hubo una verdadera implosión y hubo que empezar casi de cero, pero cada localidad era un mundo y hubo de todo. Cataluña, la región más afectada por la escisión, fue incapaz de superarla, y tras diversas crisis finalmente fue desfederada y quedó reducida a su mínima expresión. Esto, como ocurriera en Valladolid, ha permitido un recambio generacional y el inicio de una nueva etapa, marcada por una expansión lenta pero constante, así como la superación de conflictos que se arrastraban desde hacía décadas.

Otro problema importante a superar era el mecanismo de votaciones, heredado de comienzos de siglo XX. El intento de actualizarlo en el V Congreso consistió en el siguiente reparto de votos:

De 1 a 50 cotizantes ...... 1 voto
De 1 a 100 " ................. 2 votos
De 1 a 300 " ................. 3 votos

... y así sucesivamente hasta el límite de 8 votos para sindicatos de más de 2.500 cotizantes. Este mecanismo de reparto de votos fue un error, ya que provocaba una distorsión de la realidad en el interior del sindicato: bastaban 5 cotizaciones para lograr el reconocimiento como sindicato con un voto, una cantidad relativamente fácil de lograr —especialmente para jubilados—. Esto dio lugar a la aparición de sindicatos «fantasma», algunos incluso con local propio —herencia de tiempos pasados— pero sin la menor actividad sindical, y que se convirtieron en feudos de un par de personas a lo sumo, a veces incluso una sola.

Al mismo tiempo, los sindicatos reales practicaban —y practican— la política opuesta, declarando un número menor de afiliados al real para disponer de dinero para sus actividades; no es extraño, por ejemplo, que un grupo local con 5 o más afiliados se declare núcleo confederal, para evitar el lastre de pagar las cotizaciones y poder emplear ese dinero en afianzar su posición. Esta situación fue posible gracias a la situación posterior a la implosión de los 80, en la que los grupos locales estaban centrados en la mera supervivencia y las relaciones con el resto de la organización eran algo (casi) secundario.


Las consecuencias eran una presencia desproporcionada a la hora de votar de pseudosindicatos, mientras los sindicatos reales estaban infrarrepresentados. Irónicamente, la carencia de cualquier actividad sindical de los pseudosindicatos facilitaba su radicalismo, convirtiéndolos en el sector contrario a las propuestas de los sindicatos de verdad, que intentaban adaptarse a la realidad del mundo laboral. No se trataba aquí de participar en las elecciones sindicales —cuyos defensores siempre han sido una minoría ínfima— sino de dotarse de herramientas necesarias en la lucha sindical —como los abogados— o de asegurar el buen funcionamiento y custodia del archivo histórico; en estos y otros muchos temas la discusión se bloqueaba por el temor a crear una casta de liberados.

Esta situación se solucionó gracias al crecimiento de la CNT, que acabó con esta distorsión de la realidad en el Congreso de Córdoba (2010). Allí se modificó el sistema de votación, que hasta entonces había permitido que el voto de tres sindicatos con cinco cotizantes pudiese tener un peso igual al de un sindicato con 200 cotizaciones. El nuevo sistema es el siguiente:

De 5 a 10 cotizantes .............. 1 voto
De 11 a 20 cotizantes ............ 2 votos
De 21 a 30 cotizantes ............ 3 votos

… y la misma proporción hasta llegar a los 100: de 31 a 40 cotizantes 4 votos, etc. Para evitar una excesiva acumulación de poder en un sindicato, a partir de 100 afiliados, el número de votos se reduce; así, de 91 a 100 afiliados son 10 votos, pero de 101 a 150 son 12 votos. Hay que entender que la mayoría de los sindicatos tienen entre 25 y 75 afiliados. Este acuerdo dio lugar a la marcha de la organización de algunos sindicatos tras perder su hasta entonces privilegiada posición en la toma de decisiones; esto coincidió con el final de una periodo de escándalos y desfederaciones que afectaron especialmente a las regionales catalana, gallega y de Levante, en las que el crecimiento se había quedado estancado desde los 80. Al mismo tiempo tuvo lugar un recambio generacional, desapareciendo por causas naturales una generación que arrastraba los conflictos del pasado.


Dos carteles que describen una época: las dos escisiones
hablando de unidad y usando un nombre que no es suyo;
y la CNT difundiendo consignas numantinas.

Los beneficios de estos acuerdos se hicieron visibles en el XI congreso (Zaragoza, 2015), en el que se duplicó el número de asistentes. Este congreso introdujo una nueva modificación, cambiando el número mínimo de afiliados necesario para montar un sindicato, pasando de 5 a 15 afiliados para el Sindicato de Oficios Varios (SOV) y de 25 a 50 para los de ramo. Asimismo, en dicho congreso se ha replanteado la relación con la AIT, proponiendo su reorganización. Pero antes de entender los motivos, es necesario dar un breve repaso histórico de la internacional anarcosindicalista.


Volver a empezar: de la CNT a la AIT

Históricamente, la AIT nunca jugó un papel relevante en la historia del movimiento obrero; la única excepción ha sido, quizá, la Revolución española de 1936, en la que la CNT jugó un papel clave. Tras su derrota, el ascenso del fascismo y la Segunda Guerra Mundial, provocaron la destrucción de todas las secciones excepto una, la SAC sueca, gracias a la neutralidad del país durante la guerra. Inicialmente, la SAC se mantuvo fiel a los principios del anarcosindicalismo mientras se iniciaba la construcción del Estado de bienestar sueco; la pérdida de militantes y el miedo a quedarse marginada llevó a que la organización decidiese un cambio de 180 grados en su Congreso de 1942, en plena guerra, pasando a aceptar formar parte de la maquinaria del Estado del bienestar sueco, del cual paso a recibir una amplia financiación.

El primer paso fue aceptar crear formar parte de la distribución del dinero para los parados, como el resto de sindicatos; para ello crearon un fondo gracias a la generosa ayuda del Estado, que a su vez colaboraba generosamente en financiar los pagos. Esta colaboración, aparentemente inocua, ha degenerado hasta la aceptación de la afiliación de policías y la creación de una casta de funcionarios; un buen ejemplo de ello es Arbetaren, el órgano de la SAC, con una tirada de 3.500 ejemplares, que hasta 2010 tuvo nada menos que 10 redactores cobrando sueldo fijo del sindicato gracias a las subvenciones estatales, y que adoptó una versión crítica hacia las propias luchas de la organización por «radicales». Hay que decir, en honor a la verdad, que en el Congreso de 2009 la SAC radicalizó su estrategia, pero no del todo: la mayoría de la organización votó en contra de prohibir la afiliación de policías en la organización...

En 1951 la AIT celebró su VII congreso, el primero desde el inicio de la Segunda Guerra Mundial (el anterior se celebró en 1938); allí se denunciaron las actividades de la SAC. En 1956, la SAC dejó de pagar sus cuotas a la AIT, y en 1959 una votación interna decidió salirse de la AIT; de esta forma se marchó el último sindicato digno de tal nombre, y la AIT pasó a convertirse en una mera federación de grupos de propaganda minúsculos repartidos por el mundo sin la menor influencia en el mundo laboral. Los años más duros de la Guerra Fría fueron también los de la 'travesía del desierto' del movimiento anarcosindicalista, que hubo de sufrir además las diversas escisiones internas del exilio de la CNT, su mayor sección, a gran distancia del resto.

En los años 70 la situación cambió por completo. La crisis económica y a la resurrección de la CNT en 1976 abrieron paso a la creación de nuevas organizaciones anarcosindicalistas: la FAU alemana, heredera de la FAUD, fundada en 1976, el Directe Action Movement británico (hoy Solidarity Federation) creado en 1979, en 1983 la reactivada USI, la histórica sección italiana, organizó su primer congreso, y a finales de los 80 la CNT-F (francesa) logró dar sus primeros pasos en el mundo laboral. Desgraciadamente, en una repetición del Mito de Sísifo, las nuevas organizaciones sufrieron problemas muy similares a los que acababa de pasar la CNT, que estaba empezando a recuperarse de ellos.


La AIT de los años 20, el canto del cisne de un movimiento
que en menos de 5 años pasaría a la historia debido a las luchas
internas y el ascenso de fascistas y bolcheviques.

La vuelta al mundo laboral y las crisis internas de la CNT-F y la USI

La primera fue la CNT-Francesa, a comienzos de los años 90; tras lograr crear una sección sindical en la empresa COMATEC encargada de la limpieza del metro de París, y lograr ganar una huelga, la CNT-F participó en 1991 en las elecciones sindicales; lo mismo sucedió en STES, otra empresa donde la CNT-F había logrado tener una sección sindical potente. La participación en las elecciones sindicales en París y sus consecuencias (subvenciones, privilegios para una casta sindical, etc.) dio lugar a fuertes tensiones en el seno de la organización, que finalmente se dividió en noviembre de 1992.

La CNT-F se dividió en la CNT-F/Vignoles (París), creada en un congreso en febrero de 1993, favorable a participar en las elecciones sindicales; y la CNT-F/Burdeos, creada en un congreso en mayo de 1993, contraria a participar. La división era total: mientras París tenía el mayor número de miembros de la antigua CNT-F, la mayor parte de los sindicatos pasaron a formar parte de Burdeos, reproduciendo así la estructura de Francia, con un París enorme a gran distancia del resto del país.

La principal consecuencia de la ruptura de la CNT-F fue el cambio de los estatutos de la AIT, eliminando la posibilidad de que haya dos secciones en un mismo país; este fue el primer cambio de los estatutos de la AIT desde 1922, lo que dice mucho sobre la falta de contacto con la realidad de la organización durante décadas. Finalmente, en el XX Congreso de la AIT (Madrid, 1996) se decidió expulsar a la CNT-F/Vignoles, y Burdeos pasó a convertirse en la sección francesa. En cuanto a la participación en las elecciones sindicales, pese a que la CNT-F/Vignoles se había dedicado a asegurar que era una medida excepcional, en su congreso de 2008 se convirtió en uno de los ejes de su acción sindical.

De manera paralela a la ruptura de la sección francesa por motivos de estrategia sindical, surgió un conflicto similar en Italia. De nuevo, el contexto era el inicio de una actividad sindical real y la necesidad de definir una estrategia válida para el mundo laboral. Y, de nuevo, como antes en España y luego en Francia, la estrategia sindical estaba en el centro del debate. En el caso de la USI, la discusión se centró en torno a la relación con otros sindicatos de base italianos, especialmente los COBAS (Comités de Base).

A comienzo de los 90, tras haber logrado convertirse en un verdadero sindicato; fue entonces cuando estalló un enfrentamiento entre sus tres sectores (sindicalista puro, anarquista y anarcosindicalista). El primer enfrentamiento fue con el sector anarquista, que abandonó la organización a mediados de los 90 tras un congreso en Prato Cárnico (Udine). A continuación se desató otro enfrentamiento entre los dos sectores restantes, que giró en torno a la interpretación de un acuerdo de 1993 sobre la colaboración con otros sindicatos de base. En 1995 la mayoría de asistentes a una conferencia de delegados que tuvo lugar en febrero en Bari aprobó establecer un «pacto federativo con otros sindicatos»; interpretado por el sector sindicalista puro (centrado en Roma) como luz verde para una fusión con otros grupos, lo que habría dado lugar a la disolución de la USI.

Al darse cuenta de lo que pretendían los sindicalista puros, los organismos de coordinación de la organización y el sector anarcosindicalista convocaron otra conferencia de delegados, esta vez en Milán, que revocó el acuerdo anterior. Fue el inicio de un enfrentamiento abierto entre ambos sectores, que eligieron caminos diferentes; los sindicalistas puros de la USI-Roma no tardaron en dar muestras de autoritarismo, con las mismas personas a cargo de los puestos de coordinación, y no tuvieron inconveniente en aceptar colaborar con el sindicato fascista HISNAL. Peor aún, se negaron a dejar de llamarse USI-AIT, provocando una confusión que aprovecharon para boicotear las huelgas del sector anarcosindicalista; para ello aprovecharon que la legislación italiana exige que las huelgas sean comunicadas al Estado para ser válidas y, cada vez que el sector convocaba una huelga, enviaban un escrito a las autoridades desconvocándola. Al mismo tiempo, en 1995 el sector anarcosindicalista se reconcilió con el sector anarquista que había abandonado poco antes la organización, y este sector unificado pasó a llamarse USI-Prato Carnico o USI-AIT a secas.

Los conflictos de la CNT-F y la USI alcanzaron su punto álgido en 1995-1996, provocando que el Congreso de la AIT de 1996 fuese fundamental para el futuro de la organización. Ambos conflictos se resolvieron en el seno de la AIT al irse voluntariamente la USI-Roma y reconocer el congreso a la CNT-F de Burdeos como la sección francesa. Por desgracia, el congreso tuvo lugar en en una atmósfera cargada de emociones, lo que marcó el futuro de la AIT, que inició una etapa marcada por los enfrentamientos y las luchas internas.

Aprendices de brujo

El Congreso de 1996, que debería haber sido el inicio de la resurrección de la AIT, se convirtió en cambio en el punto de partida de una dinámica interna infernal, y la CNT jugó un papel fundamental. El primer paso se dio en el Congreso de la AIT de 1984 (Madrid), en el que se aprobó una moción presentada por la CNT —que acababa de sufrir su peor escisión hasta la fecha— que prohibía todo tipo de contacto de las secciones con la SAC. El motivo era el apoyo financiero de la SAC a la escisión (la futura CGT). El acuerdo prohibía contactos «oficiales» pero permitía los «inoficiales» [u «oficiosos»], abriendo un peligroso espacio a la interpretación.

Lo grave de este acuerdo es la mentalidad que reflejaba. Como un animal herido, tras sufrir escisiones en sus mayores secciones la AIT pasaba a no fiarse de nadie. La confianza, base del federalismo, fue sustituida por la vigilancia de las secciones y la amenaza del castigo si se considerase oportuno. Un acuerdo tomado en el siguiente congreso (Granada, 2000) profundizaba en esta lógica al prohibir que una sección pueda entrar en contacto con organizaciones de otros países sin el consentimiento previo de la sección local, una lógica feudal y no federal que tendría graves consecuencias. Un detalle importante a tener en cuenta es que este acuerdo fue propuesto por la NSF, la sección noruega, que carece de presencia en el mundo laboral.

Otro cambio importante iniciado en el congreso de 1996 fue que a partir de entonces los grupos de «Amigos de la AIT» hasta entonces limitados a poder participar en las reuniones expresando su opinión, empezaron a presentar propuestas y participar en votaciones. Estos grupos, dedicados a la propaganda y sin actividad sindical, son propensos a posturas más dogmáticas al carecer de contacto con el mundo laboral. Una mentalidad similar es mantenida por sus gemelos, las organizaciones carentes de actividad sindical pero que no obstante han logrado ser admitidas en la AIT, así como las secciones que en el pasado fueron verdaderos sindicatos pero que hoy son meros fósiles sin presencia en el mundo laboral.

Debido a que la toma de decisiones en la AIT se lleva a cabo mediante votaciones y cada sección dispone de un voto, estos sindicatos y grupos fantasma, más cercanos al pasado y a los libros de historia que a la realidad del mundo laboral, dominan en la práctica la toma de decisiones.

Tras las crisis de la USI y la CNT-F, a lo largo de los 90 tuvieron lugar varios sucesos verdaderamente surrealistas; una de ellas fue la crisis de la WSA, la sección de EEUU, en el cual una nueva sección local (Minnesota), creada en 1999, se dedicó a expulsar a los militantes «de toda la vida», cambiar el nombre de la organización para, finalmente, salirse de la AIT a comienzos de 2002, quejándose de su «falta de solidaridad» desapareciendo a continuación. Tras su marcha, la vieja militancia de la AIT en EEUU se reorganizó como WSA y pidió volver ser reconocida como sección, negándose el secretariado de la AIT (en Granada) a aceptarlo, y siendo rechazada en el congreso de la AIT de 2004, a pesar del apoyo de la FAU y la USI.

Otro suceso similar fue protagonizado por la sección checa, admitida en la AIT en el Congreso de 1996. Pese a su nombre (Federación Anarcosindicalista), esa sección era más una federación anarquista que un sindicato anarcosindicalista, como denunció la USI en 2005. La FSA, que se destacó en atacar a la USI y a la FAU, dos de las principales secciones de la AIT, carecía de la menor práctica anarcosindicalista. En su congreso de 2004, la FSA adaptó su nombre a la realidad y pasó a llamarse Federación de Grupos Anarquistas, y finalmente en 2007 se salió voluntariamente de la AIT.

Contra la USI y la FAU

Tras las escisiones en la CGT-F y la USI, en el seno de la AIT se desató una verdadera «caza del hereje». Una de sus víctimas fue la USI, debido a su participación en un órgano de representación sindical (la RSU, Rappresentazione Sindicale Unitaria). A partir de 2002, esto se convirtió en un tema central de discusión en la AIT, y las voces a favor de expulsar a la USI en nombre de una supuesta «ortodoxia» fueron en aumento. El hecho de que las secciones que más pedían su expulsión fuesen la rusa y checa, sin la menor actividad sindical, llevó a la USI en 2005 a denunciar las consecuencias nefastas de aceptar como secciones de la AIT a grupos anarquistas. La discusión sobre la participación de la USI en la RSU acabó tras el congreso de Manchester (2006), donde la mayoría aceptó que era conforme con los estatutos de la AIT. Para entonces, la FSA checa había abandonado la organización y se había convertido en la federación anarquista que siempre había sido.

La FAU, que se opuso a la dinámica separatista y emocional desde un principio, no tardó en convertirse en el objetivo a abatir. Se negaba a aceptar ver a la AIT convertida en un mero foro de debate sin contacto con las luchas sociales, por lo que hacía frente a la línea estéril impulsada por grupos sin actividad sindical alguna; Asimismo defendió desde el principio su libertad de acción como organización, rechazando la línea paranoica que en lugar de intentar crear un espacio propio veía por todas partes conspiraciones reformistas contra la AIT. Por todo ello, no es de extrañar que el sector más ortodoxo considerase a la FAU su principal enemigo a batir.

La sección española tuvo su papel lamentable en todo esto durante el mandato como secretario general de la AIT de José Luis García Rua, de Granada (ex-secretario general de la CNT). Fue la CNT la que pidió la expulsión de la FAU, y debido a la presión de la CNT se aprobó un acuerdo que daba al secretariado de la AIT poderes ejecutivos para expulsar a la FAU a la más mínima infracción. Mientras las supuestas conspiraciones para crear internacionales paralelas a la AIT (como la SIL) se han demostrado con el paso del tiempo como meras entelequias sin el menor contacto con la realidad, los acuerdos para impedir que las secciones colaboren con ello permanecen vigentes, cual espada de Damocles.

Por su parte, en el seno de la FAU se inició un debate sobre la permanencia en la AIT tras el Congreso de la AIT de 1996. Sin embargo, los dos referéndums realizados entre la militancia sobre una salida de la AIT (en 2001 y 2005) han fracasado por falta de la mayoría necesaria que exigen sus estatutos. El segundo y último de estos referéndums tuvo lugar tras el Congreso de Granada de 2004, que dio al secretariado de la AIT el derecho a expulsar a la FAU. A pesar de que la mayoría estaba a favor de abandonar la organización, el aviso de destacados militantes de la organización (de Hamburgo) de que abandonarían la organización en caso de aprobarse la salida de la AIT logró impedirlo.


¿El principio del fin de una época oscura? Participantes del Congreso
de la FAU en mayo de 2016, que ha aplaudido (textualmente)
a iniciativa de CNT y la USI de reorganizar la AIT.

¿Principio del fin o fin del principio?

Es una ironía de la historia que el motivo por el que la CNT se enfrente a hora a la AIT sea la aplicación de un acuerdo de 2004, impulsado por la CNT, que permite al secretariado expulsar a la FAU. El actual secretariado, en manos de una sección minúscula de reciente creación que está enfrentada a la FAU, ha decidido utilizar el poder ejecutivo que nunca habría tenido si la AIT hubiese permanecido fiel a los principios federales.

Sin embargo, este no ha sido el único motivo, ni mucho menos, sino más bien la gota que ha colmado el vaso. Otros motivos son la negativa del secretariado polaco a permitir el acceso a sus cuentas bancarias y del correo electrónico al subsecretario nombrado en el último Congreso de la AIT en Lisboa, que es de la CNT y lleva un año esperando; el que el secretariado haya permitido la presencia de sindicatos desfederados de la CNT en ese mismo Congreso de la AIT; o que se exija a la CNT (cuyas cuotas representan el 80% del total de la AIT) el pago puntual de las cuotas cuando esta ha solicitado más tiempo, debido a tener que hacer frente al pago inesperado de 500.000 € debido a un accidente.

Pero el motivo principal del radical cambio de postura de la CNT es el cambio de equilibrios en su seno desde el Congreso de Córdoba, que acabó con la fuerza de los pseudosindicatos. Que la CNT haya propuesto hacer lo mismo en la AIT es lógico, pero el fracaso era inevitable debido al poder de las pseudosecciones: 30 afiliados en Polonia, 15 en Serbia, 10 en Eslovaquia, 5 en Rusia... y cada una con un voto, como la CNT. Consciente de que la actual AIT en su actual configuración es un proyecto fracasado, la CNT ha lanzado la propuesta de reorganizarla, que ha sido inmediatamente apoyada por la USI y aplaudida por la FAU. Si la única sección real restante (ver mapa), la SF británica, decidiese apoyarlo, la AIT actual quedará convertida en un cascarón vacío en manos de la ZSP polaca y centrado en el este de Europa, que se dedicará a apoyar escisiones, como ya hace el secretariado con los desfederados de la CNT.