domingo, 19 de noviembre de 2017

En plena deriva libertaria


Por TOMÁS IBÁÑEZ

No soy buen conocedor de la historia del movimiento libertario en Cataluña pero imagino que debió haber alguna buena razón para que en 1934 la CNT, que estaba entonces en la plenitud de su fuerza, rehusara colaborar en el intento de proclamar el «Estado Catalán en forma de República Catalana». Tan solo lo imagino. Sin embargo, lo que no me limito a imaginar, sino que estoy plenamente convencido de ello, es que no hay ninguna buena razón para que parte del actual movimiento libertario de Cataluña colabore de una forma o de otra con el proceso «nacional-independentista» protagonizado por el Gobierno catalán, por los partidos políticos que lo sostienen, y por las grandes organizaciones populares nacionalistas que lo acompañan.

Lo menos que se puede decir es que esa parte del movimiento libertario está «en plena deriva» ya que después de haber contribuido a «proteger las urnas» durante el Referéndum que el Gobierno había convocado con la expresa finalidad de legitimar la creación de un nuevo Estado en forma de República catalana, se lanzó, además, a convocar una huelga general en la inmediata estela del Referéndum, con el previsible efecto de potenciar sus efectos.

Esa deriva se reafirma ahora al sumarse a otra huelga general para el 8 de noviembre en exigencia de la liberación de los «presos políticos» originados por la represión que el Estado español en su componente Judicial ha ejercido contra determinadas actividades encaminadas a promover la independencia de la nación catalana y la creación del nuevo Estado.

Ciertamente, esta vez no es el conjunto de los sindicatos anarcosindicalistas los que se suman a esa huelga, pero sí una parte de los sindicatos de la CGT, y de los libertarios integrados en los CDR, «Comités de Defensa de la República» Si ya había manifestado mi «perplejidad» ante la convocatoria de la huelga general del 3 de octubre, esa perplejidad se incrementa aun más al comprobar que esos sindicatos de la CGT y esos militantes libertarios de los CDR van a respaldar la iniciativa de un minúsculo sindicato radicalmente independentista, la «Intersindical-Confederación Sindical Catalana», que lanzó la convocatoria y que solo ha recibido el respaldo de las dos grandes organizaciones independentistas catalanas que agrupan de forma transversal sectores populares y sectores burgueses de la población catalana (Ómnium Cultural, y la ANC).

Nadie duda de que hay que rechazar la represión pero quizás quepa sorprenderse de que ese rechazo solo se traduzca en una huelga general cuando los reprimidos son los miembros de un gobierno junto con los dos principales dirigentes del movimiento civil independentista, limitándose a manifestaciones de repulsa y de solidaridad cuando se trata de otras personas.

Por suerte, en el ámbito libertario siempre se ha sabido evaluar las luchas en función de su sentido político y, en el caso de que esas luchas fuesen reprimidas, se ha sabido activar la solidaridad desde esa valoración política. ¿O es que, todo y condenando cualquier tipo de represión, también debemos movilizar nuestras energías cuando se reprime a los «luchadores» de extrema derecha? Desde un punto de vista libertario cualquier represión motiva, sin la menor duda, nuestra repulsa, pero no implica automáticamente nuestra solidaridad. Además, lo que resulta inaceptable es que se evoquen recientes víctimas anarquistas de la represión para declarar que «esa lista» se ha ampliado ahora con nuevos represaliados que no son otros que los gobernantes detenidos. Imagino que algunas de esas compañeras encarceladas se indignarían al verse amalgamadas con esos nuevos «presos políticos» para justificar de esa forma que ellos también requieren nuestra solidaridad.

La deriva de una parte del movimiento libertario se hace aun más patente cuando se observa que bastantes de sus elementos se involucran ahora en los «Comités de Defensa de la República», originariamente promovidos por la CUP. He sido sensible hasta ahora al argumento de que esa participación era una forma de hacer oír nuestra voz, y de plantear nuestras propuestas en el seno de las movilizaciones populares, con la esperanza de «desbordar» el estrecho sentido independentista de sus reivindicaciones, aunque también debo añadir que esa «perspectiva de desbordamiento» siempre me ha parecido totalmente ilusoria.

Sin embargo, cuando, como me ha ocurrido esta misma tarde, se puede leer en las calles de Barcelona carteles firmados por la organización oficial de los CDR que apelan a «parar el país» el 8 de noviembre como respuesta «al encarcelamiento del gobierno legitimo de nuestro país», la perplejidad ante la incorporación de una parte del movimiento libertario en esos comités no deja de acrecentarse y abre el interrogante acerca de hasta donde llegará «la deriva» de esa parte del movimiento libertario.

El único consuelo que puede quedarnos es que a través de esos comités la politización y la experiencia de lucha adquiridas por sectores de la población, sobre todo juvenil, propicie futuras movilizaciones en otros contextos menos alejados de la autonomía y de la autodeterminación de las luchas que propugnamos desde las prácticas de lucha libertarias.


lunes, 13 de noviembre de 2017

De la utopía a la distopía

«Utopia/Dystopia»
por Dylan Glynn (2010).


Por FRANCESCO MANCINI

Entre los años 1989 y 1991, con el hundimiento del bloque soviético, se ha determinado un cambio de era en el equilibrio y perspectivas del capitalismo moderno y de la humanidad entera que, tras más de setenta años, ponía fin a otro cambio de era: el nacimiento de la Unión Soviética.

Se concluía, de forma poco gloriosa y poco digna, un experimento sociopolítico y económico que, al menos al principio, había suscitado expectativas y esperanzas en la clase trabajadora del mundo entero.

No fueron pocos los que pensaron, o se ilusionaron, que se estaba dando vida a la realización de una utopía: una sociedad de libres, iguales y solidarios, de trabajadores y para los trabajadores, autoproclamada socialista o, forzando el pensamiento de Karl Marx, del que se reclamaban los constructores de la nueva realidad, incluso comunista.

No obstante, los motivos de duda no faltaron, desde el principio.

Si de hecho fueron sin duda numerosas, complejas e intrincadas las causas de la Revolución de Octubre y del nacimiento de la Unión Soviética, por otro lado sin lugar a dudas se situó en el origen de tales acontecimientos el apoyo determinante que el imperialismo alemán prestó a las fuerzas revolucionarias.

Admitiendo sin ningún género de dudas que la Alemania imperial no pudiera albergar, por mínima que fuera, simpatía por las ideas socialistas y comunistas de Lenin, Trotski y compañía, está acreditado que la decisión de financiar y armar a los bolcheviques fue el fruto de un cálculo oportunista y fuertemente obligado, puede que incluso desesperado, del Imperio alemán, que de todas formas se mostró perdedor.

En cualquier caso, de la revolución soviética y su continuación en el segundo conflicto mundial y la llamada 'guerra fría', se origina un ordenamiento mundial bipolar en bloques contrapuestos que, de alguna forma, operó para relativa ventaja de las clases bajas. Entre el bloque occidental, o mejor dicho el estadounidense, y el oriental, o mejor dicho el soviético, se establece una especie de competición cuyo objetivo era, a fin de cuentas, el control de las respectivas clases trabajadoras. Estas podían ser, y eran, explotadas, engañadas, reprimidas en cada uno de los dos bloques, pero hasta cierto límite, no tanto como para correr el riesgo de que se alinearan con la parte contraria.

De hecho, los trabajadores aprovechaban de ambas partes una especie de rédito de posición, que comportaba condiciones verdaderamente muy limitadas y nada óptimas en bienestar y seguridad, pero incomparablemente mejores de las que se han creado con la desaparición del bloque oriental.

Por parte de los vencedores de la denominada 'guerra fría', los derrotados, además de ser objeto de toda suerte de juicios negativos, incluso de orden moral, fueron presentados como portadores de ideologías políticas, sociales y económicas insostenibles y sin posibilidades de aguantar hasta un cierto límite el choque con la dura realidad.

En resumen, prevalece la tesis de que el adversario o, mejor dicho, el enemigo, había perdido porque era portador de conceptos utópicos fuera de la realidad, mientras que lo que se define como capitalismo moderno o régimen de mercado o sistema de empresa resultó triunfador por ser expresión de realismo, racionalidad y eficiencia.

Y, sin embargo, bastaría un mínimo de reflexión para darse cuenta de cómo la Historia ha demostrado ampliamente cuán ficticias son estas reconstrucciones y estas presuntas calidades.

Parece, no obstante, que el asunto no haya sido tomado en consideración, ni siquiera por el venir a menos de una cierta alternativa realista y de un posible término de parangón con el sistema socioeconómico y político vigente.

La Unión Soviética, con su misma existencia constituía a pesar de todos sus límites y defectos, la prueba viviente de la posibilidad efectiva de soluciones organizativas diferentes.

Su desaparición ha comportado para los trabajadores la ausencia de un posible objetivo o referencia política alternativa adecuada a la gravedad de la situación. También, por parte de los mismos que apoyan el capitalismo moderno, la admisión de que se trataba de un pésimo sistema socioeconómico. Un argumento considerado decisivo en su favor ya que, sin embargo, los otros sistemas han demostrado ser peores y, en cualquier caso, perdedores.

El otro argumento es que el beneficio, la empresa, la acumulación y la concentración de la riqueza y del capital presentan innumerables problemas y contradicciones en su funcionamiento, pero constituyen un estímulo potente al desarrollo y progreso de lo que hasta ahora no ha sido posible identificar un posible sustituto capaz de igualar, y menos aún, de superar las prestaciones.

Y todo ello para demostrar cuán fácilmente, como en un relato de Poe, incluso lo que es evidente escapa a la atención y se sustrae a la percepción, por lo que uno se da cuenta inadecuadamente de que también en gran medida el capitalismo moderno ha de considerarse una utopía, con tales y tantos pesados caracteres negativos que ha de caracterizarse como distopía.

No se trata del mero hecho, de constatación banal, de que la versión moderna, globalizada y financiarizada del capitalismo no se ha desembarazado de los aspectos bárbaros y feroces de sus comienzos y de la fase de acumulación originaria. Ni siquiera el esclavismo, la servidumbre de la gleba y el tráfico de carne humana han desparecido; solo han cambiado de forma, objetivos, territorios y sectores de actividad, pero todavía se mantienen vivitos y coleando.

Por otro lado, permanecen inmutables los abusos, las destrucciones, las incongruencias, las contradicciones, la irracionalidad y la ineficacia que en todo tiempo ha caracterizado la estructura y funcionamiento de las varias formas del capitalismo.

Incluso ante macroscópicos fenómenos de globalización y predominio de las finanzas sobre la actividad productiva, permanecen y se multiplican Estados, fronteras, barreras aduaneras, monedas nacionales, banderas, ejércitos, guerras y, obviamente, producción y tráfico de armas.

Por un lado se teoriza, cosa que, por lo demás, no se puede hacer sin observar la estrecha interconexión e independencia de pueblos y economías a nivel planetario, como para dar lugar a un único gran sistema global capaz de funcionar mejor solo en ausencia de conflictos en su interior.

Por otro lado, se debe admitir que todo esto no ha impedido mínimamente que proliferen y se enquisten los conflictos creados, costeados y armados por intereses financieros, aunque formalmente disfrazados de nacionalismo, religión o incluso de choque de civilizaciones.

El capitalismo moderno como utopía negativa

También el capitalismo es portador de una utopía, pero calificable, y por muchos calificada, como negativa, es decir, una distopía.

Lo es, en particular, en la forma asumida a resultas de su triunfo, de su subida al poder en la versión del capitalismo moderno.

En qué consiste tal utopía y la misma legitimidad del uso del término en referencia al capitalismo moderno constituyen, al menos en parte y en medida variable, materia controvertida y fruto de posiciones ideológicas.

La misma definición de capitalismo, como es sabido, es materia de opiniones, divisiones y contraposiciones. No son pocos ni de importancia secundaria los historiadores de la Economía y los economista que, como Fernand Braudel, Luigi Einaudi o Carlo Cipolla, han considerado ambigua tal determinación y suprimible o que, como Karl Marx, han rechazado totalmente la utilización del término por resultar vago, acientífico y precursor de confusión.

Se puede incluso intentar definirlo como un sistema socioeconómico basado en la empresa y el beneficio, y en el que los medios de producción son objeto de propiedad individual o colectiva, privada, pública o mixta.

Obviamente, la definición adoptada no es la única ni, verosímilmente, la mejor posible y, a riesgo de equívocos, comporta implícitamente que la propiedad estatal o incluso pública de los medios sea calificada como capitalismo de Estado y no como socialismo ni, mucho menos, como comunismo.

El carácter utópico, o mejor dicho distópico, del capitalismo moderno se puede identificar en el hecho de que se basa en una tendencia a expandirse indefinidamente, a poder ser al infinito, tanto como para sufrir una crisis cada vez que esa tendencia se detiene o invierte.

La materia objeto de tal expansión puede consistir, según las preferencias, en la acumulación de riqueza, en su centralización, en el volumen de negocios, en los niveles de beneficios y rentas, en los valores monetarios, en el gasto de bienes de consumo, en las inversiones, en la creación de medios de producción u otros.

Cualquier opción parecería confinada en el reino de lo opinable y del condicionamiento político e ideológico salvo por un aspecto. En cualquier caso, el sistema socioeconómico que se denomina, o se califica, como capitalista existe en la realidad y no es simplemente soñado o imaginado, como en general sucede cuando se hace uso del término utopía.

Son, por tanto, evidentes, medibles y calculadas tendencias, efectos más o menos deseados y perseguidos, y resultados calificados como éxitos o fracasos, expansiones o crisis del sistema efectivo en funcionamiento.

Hay que subrayar que en gran parte de los relativos datos estadísticos y contables no se dan grandes divergencias de opinión, y es a ellos a los que se hace referencia.

No es materia opinable sino realidad aceptada oficial y universalmente, la tendencia actual a la cada vez más acentuada acumulación y concentración de la riqueza en un porcentaje exiguo e irrisorio de la población mundial, constituido por las clases negociantes y financieras, y por los ricos y superricos.

Por eso es indiscutible que tal tendencia no ha parado sino que ha acelerado su expansión con la gran crisis iniciada en 2008.

Tal aceleración —y esto tampoco es puesto en duda por nadie— es producida en parte por las políticas llevadas a cabo por los gobiernos de los más importantes países desarrollados o emergentes, a favor del gran capital y, en particular, de las clases financieras y de los bancos de negocios.

Tales políticas, presentadas como medidas anticrisis, han favorecido y exaltado la tendencia al aumento de las desigualdades, ya de por sí parejas al funcionamiento de las instituciones financieras y de negocios del capitalismo moderno.

Otra causa del incremento de las desigualdades en la distribución de la renta y de la riqueza acumulada y concentrada, es el aumento cada vez más anormal y económicamente injustificado de los sueldos de los ejecutivos y consejeros de las grandes empresas financieras y de negocios respecto a la remuneración media del trabajador dependiente.

Por otro lado, supersueldos y demás emolumentos de los consejeros delegados y directivos de alto rango siguen siendo formalmente registrados como rentas del trabajo, cuando en realidad deberían ser considerados sin lugar a dudas como parte de los beneficios.

Otra utopía implícita en el capitalismo moderno es la tendencia al incremento sin límites de los valores monetarios, efecto del modo de ser y de operar de las instituciones monetarias, financieras y de crédito, tanto nacionales como internacionales.

Al comienzo de la gran crisis se tomó conciencia de que gran parte de la vulnerabilidad de los sistemas financieros nacionales y mundiales era debida a la anormalidad del desarrollo de las variables financieras, es decir, al incremento y empeoramiento cualitativo fuera de control de los valores financieros y crediticios, convertidos en múltiplos de dos cifras del Producto Interior Bruto mundial. Rápidamente, tras el inicio de la gran regresión, su valor registró un consistente repliegue, para volver con bastante velocidad a las dimensiones precrisis de los productos crediticios y financieros más o menos derivados, más o menos tóxicos, más o menos opacos y enigmáticos en los contenidos y en los efectos.

A pesar del enorme riesgo que esta montaña de valores y productos financieros comporta, no ha existido una tentativa real y ni siquiera una intención verdadera de establecer reglas y praxis para un eficaz redimensionamiento de tal fenómeno.

Análogamente, no se toma tampoco en consideración el problema del agotamiento de recursos derivado de la proliferación de empresas industriales y de servicios, con la creación de una capacidad productiva total muy por encima de la demanda global.

El solo objetivo de tal multiplicación de iniciativas es aprovechar las oportunidades de mayores beneficios ofrecidas por las normativas complacientes en materia medioambiental, laboral, fiscal, incentivos y apoyos públicos y medidas y maniobras monetarias, crediticias y cambiarias tendentes a violar o eludir sistemáticamente las reglas de la competencia y de la corrección comercial.

Nº 351/352 - octubre/noviembre 2017

miércoles, 8 de noviembre de 2017

'La Revolución desconocida' de Volin

(CENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN RUSA)


En este año se cumple el centenario de uno de los hechos históricos más importantes del pasado siglo XX: la Revolución Rusa de 1917. Y, exactamente, en esta madrugada se asaltaba el Palacio de Invierno de Petrogrado (San Petersburgo-Leningrado) donde fueron detenidos los ministros del Gobierno Provisional, que conllevó a la Revolución de Octubre, fue el inició de la futura Unión Soviética, hasta su hundimiento en 1991. Con la llegada al poder en Rusia de los bolcheviques siguió una durísima guerra civil, los cuales terminaron ganando, y la instauración de una larga dictadura de partido único —rebautizado 'comunista' más tarde—, en nombre de una falsa 'emancipación' de los trabajadores.

A principios del año 1917 Rusia estaba inmersa en la Gran Guerra que asolaba y desangraba Europa, bajo una autocracia cuyo máximo exponente era el zar Nicolás II. El pueblo pasaba hambre y estaba harto de la guerra. En febrero (marzo según el actual calendario gregoriano, ya que entonces el país se guiaba por el anterior calendario juliano, con trece días de retraso) estallaron varias protestas en la capital que supuso el final del zarismo. Esta Revolución de Febrero trajo un régimen parlamentario liberal representado por la Duma, y a su vez los diferentes partidos socialistas (marxistas y populistas) ejercían un contrapoder desde el Soviet de Petrogrado. Este dualismo de poder tuvo consecuencias. El descontento social no amainaba, y los diferentes gobiernos provisionales nunca supieron estar a la altura de las circunstancias. Tras una intentona militar golpista fallida en verano, los revolucionarios fueron adquiriendo más fuerza. Y quienes mejor supieron aprovechar la situación fueron Lenin y sus secuaces en noviembre (octubre, según el viejo calendario).

En estos acontecimientos hubo muchos actores, desde liberales y conservadores, hasta los bolcheviques, pasando por los mencheviques y eseritas o social-revolucionarios. Pero también lo tuvieron los anarquistas. Uno de ellos, Volin, nos lo relató en un libro que escribió poco antes de morir durante su exilio francés, La revolución desconocida. En este libro nos cuenta el papel activo que tuvo el movimiento anarquista ruso; y, en especial, en la última parte, la guerrilla encabezada por libertarios en el sudeste de Ucrania, así como la rebelión de la base naval de Kronstadt que aspiraba a una tercera revolución social.

Hace diez años (desde otro blog) publicamos una primera versión de este poco conocido libro —fuera de los círculos ácratas—, ahora lo reeditamos de nuevo (todavía bajo el nombre del ya inexistente Grupo Anarquizante Stirner, ¡no se cambió en su momento!) para quien lo quiera leer.

Para descargarlo, este es el nuevo enlace:

jueves, 2 de noviembre de 2017

Revista AMOR Y RABIA, nº 70: «Contra el nacionalismo»

En febrero del año 2011 salió, desde Valladolid por la red de redes, en archivo PDF, un panfleto antinacionalista titulado ¡QUE ARDAN TODAS LAS PATRIAS! (OTRA GLOBALIZACIÓN ES POSIBLE), con ese escrito se quiso denunciar como el nacionalismo habría sido asimilado por la izquierda política (mejor dicho, las izquierdas, porque la izquierda no es una sino varias). El movimiento obrero desde tiempos de la Primera Internacional siempre ha pretendido ser internacionalista, como sinónimo de cosmopolita o universal. Internacionalismo entendido como la superación de todo tipo de barreras culturales y nacionales que separan a las gentes, a los pueblos en identidades subjetivas.

El nacionalismo es una ideología, con raíces burguesas, que se complementó en la implantación de la economía capitalista y la formación del Estado moderno. La nueva élite burguesa, que arrebató el poder a las anteriores aristocracias del Antiguo Régimen, necesitó de una nueva fe política que identificase a los gobernados con sus mandatarios, y a esa creencia se llamó patria.

El socialismo se adhirió a un internacionalismo obrero para hacer frente a las nuevas injusticias sociales que salieron de las llamadas revoluciones liberales, revoluciones burguesas ante todo. Cuando alguien mezcló el socialismo con el nacionalismo parió el fascismo, para frenar el avance del movimiento obrero y defender los intereses capitalistas, en nombre de un falso anticapitalismo. La criatura fascista se desmadró y tuvo que ser eliminada por los mismos quienes la alimentaron, tras la II Guerra Mundial.

El imperialismo fue la máxima expresión de ese nacionalismo de las potencias, y a él se enfrentó otro nacionalismo ‘liberalizador’, que no era más que el intento de sustitución del poder por las élites nativas de las coloniales.

Este tipo de nacionalismo ‘liberalizador’ o ‘defensivo’, sirvió de inspiración a otros movimientos políticos y sociales, que dicen defender los derechos de sus respectivos pueblos y regiones, respecto a sus opresivos gobiernos centrales, con la única finalidad de crear sus propios mini-Estados, en nombre del Derecho a la Autodeterminación de los Pueblos o Naciones. Simplemente, para cambiar de amos sin emanciparse de ellos (los autóctonos).

Esta fue la idea, a grandes rasgos, que quisimos exponer en el texto susodicho (y que sacamos en el blog EL AULLIDO: ¡¡¡ANARQUICEMOS, «ANARQUIZAD»!!!, bajo el nombre de Grupo Anarquizante Stirner), también vino acompañado de un número en papel de EL AULLIDO, en abril de ese año que se repartió por varios locales de la ciudad.

En él se atacó directamente los llamados ‘nacionalismos periféricos’ de este país, que se definen como antiespañolistas, debido, en contra de los que mucha gente cree, a que beben de las mismas fuentes racistas y reaccionarias que aquél que dicen osar hacer frente, el nacionalismo español. En una charla que hizo el autor principal de este texto en Toledo, se le echó en cara esto, por qué se criticaba los nacionalismos vasco o catalán y no al español. Por eso, porque nos los han vendido como progresistas y avanzados, cuando en el fondo surgen de las mismas raíces ultramontanas y supremacistas, como denunciamos en el ¡QUE ARDAN...!, los unos no existirían sin el otro, ambos se retroalimentan.

Después de los años, y con lo que estamos viendo últimamente, volvemos a sacarlo como número especial de AMOR Y RABIA. Con diferentes nombres somos la misma gente, nunca nos hemos ido.

¡SALUD Y LIBERTAD!





O, también, para recibirlo en formato PDF basta con solicitarlo a nuestra dirección email:
colectivo.editorial.ayr@gmail.com







domingo, 29 de octubre de 2017

Anarquía y sindicalismo


Por ERRICO MALATESTA

[...] El sindicalismo, o más exactamente el movimiento obrero (el movimiento obrero es un hecho que nadie puede ignorar, mientras que el sindicalismo es una doctrina, un sistema, y debemos evitar confundirlos) ha encontrado siempre en mí un defensor a ultranza, pero no ciego. Ello es debido a que veía en él un terreno particularmente propicio para nuestra propaganda revolucionaria, a la vez que un punto de contacto entre las masas y nosotros. No necesito insistir en esto. Se me debe en justicia reconocer que no he sido nunca de esos anarquistas intelectuales que, cuando se disolvió la vieja Internacional, se encerraron benévolamente en la torre de marfil de la pura especulación; no he dejado de combatir, donde quiera que me encontrara, en Italia, en Francia, en Inglaterra o en otra parte, esta actitud de aislamiento altivo, ni de empujar a los compañeros de nuevo hacia esa vía que los sindicalistas, olvidando un pasado glorioso, llaman nueva, pero que ya había sido vista y seguida en la Internacional por los primeros anarquistas.

Hoy como ayer, quiero que los anarquistas entren en el movimiento obrero. Soy, hoy como ayer, un sindicalista, en el mismo sentido en que soy partidario de los sindicatos. No pido unos sindicatos anarquistas que serían tan legítimos como los sindicatos socialdemócratas, republicanos, monárquicos u otros, y servirían para dividir más que nunca a la clase obrera contra sí misma. No quiero tampoco esos sindicatos llamados rojos, porque no quiero tampoco los sindicatos llamados amarillos. Quiero, por el contrario, los sindicatos ampliamente abiertos a todos los trabajadores sin distinción de opiniones, los sindicatos absolutamente neutros.

Por tanto, soy partidario de la participación más activa posible del movimiento obrero. Pero lo soy sobre todo en interés de nuestra propaganda, cuyo campo es considerablemente amplio. Esta participación no puede equivaler por sí sola a una renuncia a nuestras ideas más queridas. En el sindicato debemos seguir siendo anarquistas, con toda la fuerza y amplitud del término. El movimiento obrero no es para mí sino un medio; el mejor, evidentemente, de todos los medios que se nos ofrecen. Este medio me niego a tenerlo por un fin, e incluso no lo desearía si nos hiciera perder de vista el conjunto de nuestras concepciones anarquistas, o más simplemente nuestros demás medios de propaganda y agitación.

Los sindicalistas, por el contrario, tienden a hacer del medio un fin, a tomar la parte por el todo. Y es así como, en la mente de algunos de nuestros compañeros, el sindicalismo se está convirtiendo en una doctrina nueva y amenaza al anarquismo en su propia existencia. [...]

lunes, 23 de octubre de 2017

Resolución acordada por unanimidad por el Comité Confederal en la Plenaria Extraordinaria del 19 de octubre



 Los acontecimientos políticos en Cataluña y la represión del Estado español contra el pueblo catalán hacen necesaria una postura clara de la CGT


La CGT está absolutamente en contra de la escalada represiva que ha puesto en marcha el Gobierno del Estado español contra la población de Cataluña y defenderemos a las personas represaliadas de nuestra clase provenga la represión desde donde provenga. Del mismo modo estamos en contra de la represión que ejerce el gobierno de la Generalitat de Catalunya.

La CGT defiende todas las libertades ciudadanas, la de reunión y manifestación, la de libre asociación, la libertad de expresión, el derecho a la huelga, etc…, y también apoya el derecho a decidir sobre todos los aspectos de la vida, en todos los territorios y en todo el planeta, y la democracia directa como fórmula para la toma de decisiones.

Respetamos y defendemos el derecho a la diversidad cultural y social de cada lugar, con todas las implicaciones que ello tenga en la vida cotidiana de las personas.

Defendemos el derecho a la autodeterminación de todos los pueblos. La autodeterminación implica, para la CGT, la capacidad para decidirlo todo sobre todo, y se tiene que concretar en la práctica de una autogestión real a todos los niveles (económico, social, etc).

La CGT no apoya la construcción de ningún Estado, ni en forma de república ni en ninguna otra forma. La CGT tiene, entre los principios que la definen, la lucha contra todos los estados, y seguirá defendiendo y auspiciando la desaparición de los Estados-nación.

La CGT defiende la Autogestión de la sociedad y el fin del capitalismo como sistema.

La CGT no va a dejarse utilizar por el chantaje y las estrategias de las clases políticas, catalanas, españolas, ni de cualquier otro lugar, pues entendemos que ello no va a mejorar la situación de explotación de nuestra clase.

La CGT forma parte de la clase trabajadora y no acepta participar en procesos interclasistas de gestión territorial, junto a quien nos explota y nos reprime (leyes Mordaza, Pandora I y II, Piñata, desalojos violentos de las plazas durante el 15M, Desahucios, Reformas Laborales, art. 135 de la Constitución, CETA, 27 i Més, imputaciones a sindicalistas por su participación en piquetes de huelga, montajes policiales y jurídicos, etc…), porque somos una organización de clase, autónoma, federalista, internacionalista, autogestionaria y libertaria, lo que definimos como Anarcosindicalista.

Secretariado Permanente del Comité Confederal de la CGT
Madrid, 19 de Octubre de 2017

jueves, 19 de octubre de 2017

Sobre el escenario social ante el proceso de independencia en Cataluña


«El nacionalismo de los de arriba sirve a los de arriba.
El nacionalismo de los de abajo sirve también a los de arriba.
El nacionalismo, cuando los pobres lo llevan dentro,
no mejora: es un absurdo total.»
BERTOLT BRECHT

Este escrito tiene la intención de aportar elementos para un debate sobre este tema señalando posiciones éticas, principios políticos del movimiento libertario, historia lejana y hechos recientes que nos ayuden a abordar una situación en que, sincera y humildemente, pensamos que los árboles no nos dejan ver el bosque.

Empezar por las ideas parece lógico. El internacionalismo rubricado en nuestros principios se ha caracterizado siempre por negar las limitaciones físicas que los discursos nacionales (con Estado o sin él) ponían a la geografía. Declaraciones de Reclús, de Anselmo Lorenzo y otros lo señalan (1). De hecho, en los antecedentes de nuestra organización encontramos a la Alianza Internacional de la Democracia Socialista de Bakunin fundada en 1868 con estas bases de doctrina política:
  • La supresión de los Estados nacionales y la formación en su lugar de federaciones constituidas por libres asociaciones agrícolas e industriales.
  • La abolición de las clases sociales y de la herencia.
  • La igualdad de sexos.
  • La organización de los obreros al margen de los partidos políticos.
En general es contradictorio hacer convivir expresiones como estas con la formulación política del «derecho de autodeterminación de los pueblos», y se hace confundiendo al pueblo trabajador con el conjunto de personas a las que se atribuye identidad cultural (sean trabajadores o explotadores), y «autodeterminación» como una suerte de «autogestión política» sin explicar su significado real y sobre quién y de qué forma se ha pretendido históricamente aplicar ese derecho.

No está de más que se fijen los significados de las palabras que se están utilizando.

Pueblo:
Del lat. popŭlus.
3. m. Conjunto de personas de un lugar, región o país.

– Patria:
1. f. Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos.

– Nación:
Del lat. natio, -ōnis, 'lugar de nacimiento', 'pueblo, tribu'.
1. f. Conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo Gobierno.
3. f. Conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común.

– Autodeterminación: De auto- y determinación:
1. f. Decisión de los ciudadanos de un territorio determinado sobre su futuro estatuto político.

El anarcosindicalismo, como aplicación práctica que toma los principios del anarquismo, no se sostiene sobre la tradición ni sobre la reivindicación cultural común como medio de agrupar a los seres humanos. A diferencia de otras ideas políticas, está fundamentado en los derechos universales de la persona, la libertad absoluta individual, y solo en segundo orden y como proyección de la misma, los derechos colectivos.

Por ello reivindica el internacionalismo como superación de los Estados-Nación, como defensa del cosmopolitismo formulado ya en la Grecia clásica y no como la caricatura que han querido hacer de ello redefiniéndolo absurdamente como «colaboración entre naciones».

La utilización del «pueblo» en el contexto de la crisis desatada por la convocatoria del referéndum de Cataluña hace referencia inequívocamente a todas las personas que viven en Cataluña a las que se les supone una vinculación a la cultura autóctona convenida, y por tanto no diferencia entre clases sociales ni entre gobernantes y gobernados.

En el caso de la «autodeterminación» hay que entender que incluso no siendo una formulación política del anarquismo o del anarcosindicalismo hay contextos donde se ha utilizado el término por la condición de práctica esclavitud y por tanto lesión de derechos fundamentales de los habitantes de un lugar concreto a diferencia de la consideración de que han gozado en las metrópolis (desde Eliseo Reclús se condena el colonialismo).

Los habitantes de Guinea Ecuatorial no tenían los mismos derechos que los españoles, ni los indios que los británicos, por lo que lesionado un derecho individual como es la igualdad se ha podido llegar a hablar de autodeterminación como medio de superar la injusticia y la explotación del grupo. Otra cosa distinta es, sin ningún tipo de vergüenza, simular en una región una falta de derechos comparándose con los ejemplos anteriores (2).

Toda la retórica nacional ha estado constantemente calificando de agravio, derecho o libertad, según convenga, aquellos comportamientos que ellos mismos ejecutan o defienden en su propio territorio respecto a regiones interiores. Los defensores de la autodeterminación, en este caso los independentistas catalanes, jamás concederán ese derecho al Valle de Arán (aunque le den un estatuto particular como el Estado español concede a Cataluña) ni reconocerán el centralismo de Barcelona, así como los castellanos incluyen León en sus planes independentistas, y estos a su vez al Bierzo, a pesar de que los bercianos mayoritariamente no se consideran leoneses. A nadie se le escapa que detrás de la pantalla de la reivindicación de derechos y libertades modernas habitan visiones históricas procedentes del feudalismo que de vez en cuando se ponen encima de la mesa.

Analicemos ahora algunas afirmaciones que se están haciendo continuamente desde el discurso independentista, empezando por la «imposición del Estado español».

¿Tienen menos o distintos derechos, gravosos comparativamente, los ciudadanos de Cataluña a los restantes? ¿Se ha impuesto la Constitución y el resto de la legislación española a Cataluña, incluido el Jefe del Estado?

No se puede contestar afirmativamente a ninguna de las dos preguntas. A la primera, porque es evidente que toda la legislación que el aparato estatal aplica a sus ciudadanos no hace distinciones en ninguna parte del territorio. Si acaso existen concesiones, en materia fiscal por ejemplo, como sabemos. Y desde luego, en lo que nos afecta como trabajadores (es conveniente no perder la perspectiva), no se puede afirmar que los trabajadores catalanes sufran ningún agravio con respecto a otros. Lo que sí hemos visto estos días es una manifestación gigantesca en Linares por el azote que el desempleo ejerce en ese lugar como en ninguno del país.

Con la segunda pregunta más gente dudaría porque los discursos falsos que el independentismo repite insaciablemente han sembrado la duda, no vaya a ser que nos cuelguen el sambenito de «españolistas» en la eterna dicotomía falaz.

Para ser honestos no podemos olvidar que en la propia redacción de la Constitución Española ratificada en 1978 participa un miembro de CiU, Miquel Roca, nieto de un dirigente carlista, galardonado entre otras cosas con la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica y que ha llegado a defender a la Infanta de Borbón en los juzgados, una vez que la justicia española la hizo sentarse en el banquillo. Fue secretario general adjunto de CDC de 1974 a 1979, partido al que ha pertenecido hasta 2016, en que defendió al candidato de Unió, partido que fundó su padre.

Y, ¿cuál fue la reacción de los catalanes a la votación de la Constitución aquel 6 de diciembre? Pues con una participación entre el 67% y el 74% (según la provincia) más del 90% de los catalanes votaron a favor del texto. Se pueden decir muchas cosas, pero desde luego son tan responsables o más de que se estén aplicando hoy en día sus artículos que los ciudadanos de Valladolid, que lo aprobaron con un 83% de síes (3). Y hay que recordar que es el texto donde se da legitimidad al Borbón como Jefe del Estado habiendo jurado hacía poco los Principios del Movimiento franquista. Es también tragicómico ver las críticas que hacen hoy al «régimen del 78» los miembros del PC que votaron a favor de todo aquél montaje desde las Cortes o desde la mesa de los Pactos de la Moncloa, donde también participó CiU.

Desde esto (si se quiere tomar como un principio) hasta hace cuatro días, quienes tienen las riendas del «procés» han sido el sostén de los sucesivos gobiernos felipistas y aznaristas aportando sus votos generosamente en el Congreso de los Diputados para aplicarnos a todos los súbditos de este Reino las sucesivas reformas laborales, los sucesivos recortes de libertades, los sucesivos programas de ajuste presupuestario en materia social. (4)

¿El independentismo históricamente es de izquierdas? ¿La independencia de Cataluña es un movimiento de izquierdas? ¿Lo son sus dirigentes y por ello tiene sentido esperar que un nuevo escenario independiente sea distinto, mejor?

Cualquiera que haya buceado mínimamente en la historia del último siglo sabe que no. Por no hablar de la patronal catalana más derechista, a la que no gusta hacer referencia porque no dudaba en acudir a las fuerzas policiales centralistas cuando las huelgas se le iban de las manos, vamos a hablar de una fuerza como ERC.

ERC, partido que hoy sube en las encuestas como la espuma, ha sido históricamente una amalgama de sectores que no podían estar más enfrentados. Pero incluso Jacinto Toryho, director del Solidaridad Obrera de 1936 a 1938, afirmaba que la Lliga Regionalista y ERC «en lo social no eran fracciones diferentes, sino dos expresiones reaccionarias a las que solamente separaba un matiz partidista electorero».

El cemento nacionalista obra milagros como mantener en el mismo partido a gente como Companys y a la de otro partido más pequeño llamado Estat Catalá. Uno de sus dirigentes y fundador de ERC, Josep Dencás, visitó personalmente a Mussolini en Italia y fue el responsable de la creación de milicias paramilitares que no dudó en utilizar contra la CNT. Influido por las ideas racistas de Pere Martir Rossell i Villar, se autodefinía como «nacionalsocialista». Como consejero de Gobernación mantuvo a su lado a los hermanos Badia. Miquel Badia, como Jefe Superior de la Comisaría General de Orden Público, movilizó a policías y paramilitares («Escamots») contra la huelga de transportes de Barcelona en 1933 convocada por la CNT. Acabaron muertos por disparos de militantes de la FAI. En 1937 las fuerzas de ERC se sumaron a las del PSUC para atacar a los libertarios en Barcelona en los hechos trágicos de mayo. Hay suficiente documentación publicada para quién desee profundizar.

Esto podría ser cosa del pasado si no hubiésemos visto cómo se celebra anualmente un homenaje a los hermanos Badia (5), y como hace unos años contaron en el acto con la presencia del señor Oriol Junqueras, hoy en día Vicepresidente de la Generalitat y Presidente de ERC.

Pero no es la única sorpresa del presidente de un partido que se denomina «Esquerra». Hace muy poco tiempo apareció en la portada del ABC (6) junto a otro grupo de serviles (¡ojo!, Bertín Osborne, Cospedal, Borja Prado…) defendiendo ni más ni menos que la retransmisión de la misa católica dominical. No en TV3, no, en Televisión Española. Todo ello debido a las críticas que sobre ello habían realizado diputados de Podemos.

Y por si su conservadurismo no había quedado claro, la página «InfoVaticana» se hace eco de declaraciones en diversos actos públicos de este personaje donde hace «llamamientos a que haya vocaciones» (7). Es importante señalar que en intención de voto hoy en día la antigua CiU, hoy PDeCAT, está en caída libre, pero es ERC quién recoge los votos perdidos por aquella formación, subiendo en las encuestas espectacularmente.

No podemos olvidar tampoco que Oriol Junqueras tiene un antecesor digno de mención: Heribert Barrera, el que fuera Secretario General de ERC (1976-1987), presidente del mismo (1991-1995), presidente del Parlamento catalán (1980-1984) y diputado del Parlamento Europeo (1991-1994). A pesar de sus opiniones sobre la inferioridad mental de los negros o el peligro que corría la cultura catalana con la invasión de los inmigrantes, fue homenajeado sin pudor, no solo por Josep Anglada, dirigente de Plataforma per Catalunya (8), sino que recibió la Medalla de Oro de la Generalitat (9), además de haber sido miembro del Consejo Consultivo de Omnium Cultural. Hoy esta entidad es una de las que encabeza el impulso nacionalista en Cataluña estando presidida por el empresario Jordi Cuixart.

Resulta también cuando menos curioso que uno de los tópicos utilizados por el independentismo sea acusar de franquistas a todos al sur del Ebro, mientras uno de sus alcaldes a quien hemos visto ser aplaudido hace poco en su visita al juzgado para prestar declaración por el referéndum, Ferrán Bel, defendió la continuidad en 2010 del monumento franquista en su localidad, Tortosa, junto a varios de sus concejales. Su retirada se había llevado al Pleno del Ayuntamiento avalada por 2000 firmas de los vecinos que fueron aplastadas por sus votos (CiU) y los del PP. (10)

De igual modo, parece que pasa inadvertido a la memoria que los monjes de la abadía de Montserrat defendieron a sus homólogos del Valle de los Caídos (benedictinos todos) ante el intento de acabar con ese parque temático del franquismo en aplicación de la Ley de Memoria Histórica. Esos mismos monjes que lo mismo reciben en 1940 a Himmler buscando el Grial (11) que organizan actos por la independencia desde 2014 (12). Todo muy identitario.

Y aunque cuando se atacan las políticas del Gobierno catalán los independentistas suelen escurrir el bulto señalando a CiU como responsable, es conveniente recordar que solo se han cambiado la careta, prácticamente todos siguen ahí bajo la nueva marca PDeCAt con Artur Mas como presidente del partido. Como todos sabemos al frente de la Generalitat también se sitúa un convergente, Carles Puigdemont, y hemos tenido que ver respaldos sorprendentes a esta derecha catalana como el que brindó el dirigente de las CUP David Fernández abrazándose el 9-N a Artur Mas, las declaraciones de este y otros miembros de CUP ante la imputación del convergente diciendo que era «uno de los suyos», o a un «anarco»-independentista supuesto argumentando que a Pujol se le criminaliza por ser catalán porque solo ha recibido una herencia de su padre (13). No son casos aislados o extremos de una situación social. Son ejemplos del abandono generalizado de la lucha de clases y de la conciencia de la misma, que se aparta inevitablemente para dar paso a la cuestión nacional como ya advirtieron muchos antes que nosotros.

¿Qué hay del «derecho a decidir»?

Esta formulación novedosa ha sido uno de los escudos con los que se ha llegado al punto en el que estamos. Hay que reconocer a sus creadores que son fantásticos lanzando un eslogan con el que obligadamente hay que estar de acuerdo si no eres poco menos que un esclavista, claro. Habría que situarlo a la altura de los que decidieron llamar al movimiento antiabortista «provida», ¿quién va a ser promuerte? Nadie, quizá Millán Astray y sus locos legionarios.

Quienes enarbolan este «derecho» en el Parque de la Ciudadela como quienes se reúnen al lado de la Plaza de Neptuno nos lo recuerdan siempre que tienen oportunidad a los partidarios de la democracia directa. Por ello cuando esta gente nos aborda defendiendo el «derecho a decidir» lo primero que habría que haber preguntado es cuáles son los límites de la decisión, quién tiene ese derecho y si se dan las condiciones de libertad, seguridad e imparcialidad que cualquier consulta requiere para ser considerada como tal. Evidentemente la convocatoria y los hechos represivos que la han rodeado quedan lejos de reflejar la voluntad real de la mayoría de personas a quienes estaba dirigida.

Nadie diría que la votación del «Anschluss» fue la aplicación del «derecho a decidir» por más que se mostrase con la careta de un referéndum. Pues de igual forma, y con un resultado popular excelente por lo que hemos visto, han utilizado esa fórmula para decidir la separación de una estructura del Estado español e intentar generar a través de ella un Estado nuevo. Solo que esta vez en lugar de ejercer el miedo y la fuerza directamente sobre los votantes para forzar la decisión, se aprovecha la fuerza y la violencia del contrario en una suerte de aikido político. Tal es así que con poco más de un 40% de participación y un 38% de síes (sobre el censo) se pretende dar por bueno el resultado (14). Si es un derecho no puede ser extinguido por mucho que terceros me impidan ejercerlo, y es kafkiano que encima lo haga la parte que lo ha puesto encima de la mesa y no sea recriminada por ello. Esto evidencia la adhesión que se ha logrado a las élites catalanas que siempre han querido decir «derecho a la independencia», algo mucho más difícil de colocar en el mercado propagandístico.

¿Y qué hay de la represión?

Efectivamente ese es el otro escudo indestructible tras el que se parapeta el discurso independentista actual, incluso diría que también en el pasado, y lo que todo el mundo reconoce que ha generado más adeptos a la causa nacional. Lo hemos visto multiplicado exponencialmente este 1 de octubre. Cuando hacemos crítica del Estado como elemento subyugador no lo hacemos porque sí. Esta es la reacción normal de quien en esencia es violencia. Lo curioso es que esa coerción se está ejerciendo ahora mismo con las reglas que los mismos dirigentes catalanes han aprobado para «participar» y «cambiar las cosas desde dentro». Es indudable que una carga policial es la imagen más icónica de la violencia estatal. Sin embargo dependiendo del contexto no reaccionamos de la misma forma. No nos vamos a inmutar cuando los aficionados del Legia, o los Ultra Sur reciben los empujones y los gomazos de la Policía Nacional, sabiendo perfectamente por qué se utiliza la «herramienta». Condenaremos sin dudarlo un instante las agresiones que Guardia Civil y Policía Nacional perpetraron el día de la consulta (las grabaciones, como siempre, son espeluznantes), las entradas en domicilios y sedes políticas sin orden judicial que se han llevado a cabo, reconociendo al mismo tiempo que no podemos empatizar con muchos de esos miembros de partidos catalanes citados a declarar a los que se aplaude, cuando «antesdeayer» han estado llamando a gritos y justificando posteriormente la represión a movimientos populares. La sobreactuación ha sido amplia, pero por poner un ejemplo podríamos referirnos a la «indignación» del señor Junqueras diciendo que «dónde se ha visto que la policía cargue contra gente desarmada con los brazos levantados». Pues allí mismo, no hace tanto, muy cerca del asiento que su culo ocupa en el Parlament. Desde las declaraciones de Carod Rovira (ERC) contra el 15-M (15), hasta las cargas de los Mossos en Plaza Catalunya el 27-M, o las reacciones a la protesta ante el Parlamento catalán, que hizo salir entre otros al consejero de Interior, el psicópata Felip Puig, en helicóptero, y la posterior represión judicial a los manifestantes ilustran el carácter de esta gente que ahora muestra su mueca de víctima (cuando por cierto a ellos no los han tocado, los golpes se los han llevado los de siempre). En aquél momento la calificación de «violentos» fue repetida hasta la saciedad en todos los medios, e incluso en una declaración de todos los parlamentarios, contrastando con su integridad absoluta (bueno, resultó dañada una chaqueta pintada con spray y les tiraron una piel de plátano). Y mientras oíamos los discursos se pudieron ver multitud de imágenes donde la gente era golpeada, pisoteada, pateada y detenida. Todo en el mismo día en que se rechazaban las enmiendas a la totalidad que presentaban otros partidos a los presupuestos antisociales del gobierno catalán con los votos de PP y CiU. (16)

La gestión del terrorismo, como el discurso nacionalista obran milagros como el que hemos visto últimamente con los Mossos. Tan pronto era la policía europea con más acusaciones por tortura y malos tratos como los héroes de las Ramblas o del referéndum. Tan pronto había una mujer que perdía un ojo en una manifestación o un mantero se caía por el balcón de su casa cuando entraban en ella; o un hombre se moría de repente de madrugada mientras le daban una paliza; o veíamos imágenes de las torturas en la comisaría de Les Corts, que aparecía el señor Trapero (el mismo que salía a justificar todo lo anterior) y todo el mundo confiaba de repente en su carácter democrático y su defensa de las libertades. Hasta les hemos visto «llorar por la violencia».

Lo que está claro es que el discurso identitario se esconde detrás de la pantalla de «la represión inherente a España» olvidando que esa represión nos une a los que la sufrimos, ya sea el 1-O en Barcelona o el 22-M en Madrid (hay videos en youtube sin demasiadas diferencias), se ha ejercido en todas partes (en esto hay que reconocerles lo democráticos que son), y su aplicación se debe precisamente al cuestionamiento de la autoridad, sea la del actual Estado español con la Policía Nacional, la del Parlamento catalán con los mossos o la del buscado Estado catalán con los mismos agentes.

¿Hay posibilidades al menos de utilizar la coyuntura para beneficio de la clase trabajadora?

No vemos de qué manera. Máxime cuando sabemos que la desorganización de los trabajadores es la norma (17), que los sindicatos convocantes son minoría si no contamos con CCOO y UGT y su larga tradición traidora, y que incluso la ANC y Omnium Cultural con un empresario «moderno» a la cabeza convoca movilizaciones (18).

Y esto atendiendo únicamente a los trabajadores catalanes, porque la dinámica de las cosas (algo por lo que siempre se han criticado desde nuestras posiciones los planteamientos nacionalistas) hace que se establezca una división entre trabajadores de un lado y del otro de la nueva frontera que se está dibujando. La aparición de banderas españolas en muchas ciudades (cuando no de pajarracos o esvásticas) y de emisiones del himno a través de las ventanas, es el efecto colateral que seguro que muchos hemos apreciado últimamente en ciudades y pueblos fuera de Cataluña, algo que no se veía habitualmente.

Podríamos hacer futuribles sobre la república catalana con el beato Oriol Junqueras de presidente o la nueva mayoría absoluta de Rajoy para el resto, pero incluso desistiendo de hacer apuestas el panorama no parece halagüeño en ningún caso.

Lo que creemos que es de absoluta necesidad es repensar el papel que se está jugando en todo este asunto, la incoherencia que mantenemos aturdidos por la corriente mayoritaria o los discursos de los medios de masas para consumo de la «izquierda», y centrar de manera firme nuestros esfuerzos en el desarrollo y avance de la conciencia de la clase trabajadora, que nunca ha tenido patria.




NOTAS:
 (1) Recomendamos el trabajo titulado «Que ardan todas las patrias».
 (2) Responsable de la ANC en Madrid: «Cataluña es la última colonia española».
 (3) Resultados de la ratificación de la Constitución Española de 1978.
 (4) Por poner un solo ejemplo podríamos hablar de la Reforma Laboral de 2012 aprobada con los votos de PP, CiU, UPN y Foro, y la oposición de todo el resto de parlamentarios.
 (5) En el acto de este año asiste el secretario de Organización de las juventudes, Joán Solá.
 (6) «Yo sí voy a misa», decía la portada.
 (7) Incluso afirma haber tenido conversaciones con Ratzinger en el Vaticano.
 (8) Algo lógico por otra parte, visto lo visto. Ojo a los resultados electorales, que no hay partido con un discurso nazi explícito en el resto de España que los obtenga.
 (9) En este artículo se recoge una foto curiosa del homenaje y sus «frases célebres».
 (10) El «Monumento a la Batalla del Ebro» sigue siendo el monumento franquista de mayores dimensiones de toda Cataluña.
 (11) En el artículo, aunque de reducidas dimensiones, hay una fotografía del padre Ripol saludando a Himmler.
 (12) Además de este artículo, no es difícil encontrar las homilías que se están haciendo hoy sobre el tema.
 (13) La Vanguardia, y Diario12, respectivamente.
 (14) Cifras del referéndum en eldiario.es.
 (15) En este artículo hay un resumen de esto que dijo: «Los españoles tienen todo el derecho del mundo a indignarse. Pero si quieren hacerlo como españoles, mejor será que no se confundan en el mapa y se manifiesten, se indignen, meen, pinten, griten e insulten allí donde les corresponde: en su país. Al fin y al cabo, no está lejos y está bien comunicado. Ese internacionalismo progre que va de apátrida, de anacional, de cosmopolita, cuando se expresa en el marco de una nación que no está normalizada políticamente está haciendo el juego al nacionalismo dominante: el español, por supuesto. Basta, pues, de complicidades ingenuas y de hacer el bobo con esa indignación de pacotilla.» (No comment.)
 (16) El País 15-06-2011. Se encargaron de recordar que «no se puede parar la actividad del Parlament». En 2015 el Supremo condenaría a 8 personas a 3 años de prisión.
 (17) Este artículo en Solidaridad Obrera, reconoce lo afirmado: «La otra cuestión se sitúa en el contexto actual, en el que debido a la atomización de un movimiento popular que pueda hacer de contrapeso a la burguesía catalana y un movimiento obrero prácticamente inexistente carecerían de la necesidad histórica de las fuerzas represivas del Estado Español (Guardia Civil, Ejército…) para combatir dichos movimientos, más aún ahora que disponen de un cuerpo de Mossos d’Esquadra moderno y desplegado en todo el territorio.»
 (18) Jordi Cuixart, su presidente, es propietario de Aranow Packaging Machinery y fundador de la fundación privada de empresarios FemCat.