lunes, 19 de junio de 2017

Contra la estrella de cinco puntas



Por A. SERRANO GONZÁLEZ

La estrella, aparte de ser este punto luminoso que brilla en el firmamento, que ha servido a cientos de poetas de inspiración para sus creaciones líricas, amorosas o espirituales, y que para la mayoría de los mortales siempre hubo un momento, en que solo o acompañado, elevando la mirada y ver titilar esa luz, nos hemos preguntado si allí habría vida y si la había, cómo sería ella. Otros, más prosaicos, solamente nos hemos contentado con ver su luz y pensar en la maravilla del universo.

Pero la estrella, en la tierra se ha hecho un símbolo de autoridad y jerárquico, admitido y aceptado por la mayoría de los ejércitos del mundo, de las policías uniformadas, y los no uniformados llevan la estrella en su ficha de identificación. Esa estrella que milicia y policía han adoptado como señalamiento en la escala jerárquica, lo han hecho a sabiendas de la influencia que las estrellas ejercen sobre las personas, de que todos tenemos una cierta admiración por ese punto luminoso que en la lejanía vemos brillar y que causa alegría y placer. Quizás sea por esto último, esa alegría y placer, que muchos grupos de jóvenes que se dicen libertarios y quienes forman de las Juventudes Libertarias, que editan revistas, algunas de ellas muy bien hechas, al igual que el sembrador lanza con el brazo extendido el puñado de granos sobre el surco abierto, igual hacen ellos, a puñado lanzan la estrella de cinco puntas entre las páginas de sus publicaciones y hasta hemos visto la bandera negra con su círculo blanco con una estrella en el centro.

Para nosotros, anarcosindicalistas y anarquistas, esa estrella debe tener un doble rechazo, pues la simbología autoritaria militar y policial que sobre ella carga, lleva sobre sí, el hecho de que Trotsky al crear el ejército bolchevique, también adoptó la estrella de cinco puntas como divisa y símbolo jerárquico de su ejército. Y una vez expulsado de suelo ruso, adoptó la estrella de cinco puntas como emblema simbólico que diferenciaría su bolchevismo, al de la hoz y el martillo del bolchevismo ruso.

Ha llegado a mis manos la revista El Solidario Nº 10, portavoz de un grupo que se dice anarcosindicalista, que llega al extremo, de que el punto que cierra la terminación de un trabajo en la revista, no es tal punto, es una estrella de cinco puntas. Y estos se presentan como los únicos anarcosindicalistas. Hace unos años, 1995, les mandé una carta que no publicaron —no iban a tirar piedras sobre su propio tejado—, allí les criticaba su llamado anarcosindicalismo, y les hacía ver lo cargado de trotskismo que estaban aquellas páginas del Nº 5, y no sólo por la cantidad de estrellas cincopuntistas que cargaba, también la fotografía de aquel local de Milán: «Centro Social Leoncavallo», organización afiliada a la Cuarta Internacional, en donde no sólo luce la estrella, también está la hoz y el martillo de tan ingrata memoria.

No puedo aceptar y debemos rechazar los símbolos de autoridad que son actos jerárquicos dentro de los ejércitos y las policías del mundo; no soy partidario de símbolos que ostenten aquellos que reconocemos como adversarios; no me agradan las banderas que hemos enarbolado con símbolos nuestros, de aceptar una bandera, ésta sería blanca, con un sol con sus rayos en centro; también pudiera ser, dos brazos o muchos brazos se estrechan o juntan sus manos.

Hasta desagrado siento por ese grito rebelde que dice: «arroja la bomba que escupe metralla», porque no se debe amenazar, no es ético, cuando sea el momento de actuar se actúa, ese es nuestro deber.

Periódico CNT
Nº 234 – mayo 1998.

lunes, 12 de junio de 2017

Los intereses del anarquismo


Por ANATOL GORELIK*

Entre los intereses del anarquismo y los intereses de las agrupaciones anarquistas, a veces resulta un abismo profundo e infranqueable.

Los intereses de las agrupaciones se reducen a menudo a luchas internas, rozamientos personales, discusiones de problemas sin importancia y divergencias mezquinas por intereses secundarios de personas o agrupaciones. O a una lucha con otras agrupaciones por la prepotencia y la dirección, llegando a veces hasta un odio mutuo y una lucha fratricida la más absurda y la más estúpida.

Los intereses del anarquismo están por encima de los intereses mezquinos, temporarios y pasajeros; por encima de las aspiraciones, pasiones, peleas, choques, rencillas y discusiones personales o de grupos. Todo su interés se concentra en la propaganda más eficaz y más amplia de las ideas anarquistas, en las aspiraciones y necesidades pananarquistas, poniendo los intereses panhumanos por encima de los intereses del movimiento. Porque el anarquismo quiere bienestar y libertad para los seres humanos vivos, para todos las personas sin excepción. El anarquismo no es una finalidad para los anarquistas, sino un medio para la creación de una humanidad libre y de bienestar.

Por eso, todos los que realmente tienen interés y quieren sinceramente trabajar en los intereses del anarquismo, deben pensar y actuar no como miembros de tal o cual agrupación, de tal o cual colectividad, sino como anarquistas, como personalidades libres de todo prejuicio y prejuzgamiento, y que pongan los intereses básicos del anarquismo por encima de los intereses pasajeros de personas y de grupos. Porque una idea —cualquier idea— debe servir para el bien del hombre y de la humanidad, y no el hombre debe servir a la idea, por maravillosa, elevada y noble que esta idea sea.

Y si alguien, por alguna aberración, deseara colocar los intereses personales o de las agrupaciones por encima de los intereses de la idea de la anarquía, este hombre, inevitablemente, se convertiría en el enemigo más terrible de sus propias ideas y en el destructor de la obra en nombre de la cual actúa y trabaja.

La influencia personal de uno u otro anarquista, de tal o cual agrupación, puede tener y tiene su valor y su importancia, juega y debe jugar un papel importante en el desarrollo, la propagación y divulgación de la idea. Pero esta influencia es solamente parcial y relativamente reducida. Porque cada actividad social se compone de la actividad de todos los hombres que participan en ella.

Pero no siempre activar quiere decir hacer algo útil para el hombre y para la humanidad. Muy a menudo resulta que la actividad de una persona o de un grupo, bien que se denominen anarquistas, se desvía, pierde la esencia básica de la idea y se reduce a su contradicción o negación completa. Lo que sucedió a principios de la guerra de 1914, lo que sucedía después de la conflagración mundial y lo que sucede ahora debería servir de una enseñanza y de un escarmiento para los anarquistas. El peligro más grande para el anarquismo es la desviación de personas que se acreditaron como anarquistas activos y capacitados. Porque hasta sucede que anarquistas y grupos enteros son arrastrados por la influencia de acontecimientos del momento o por intereses pasajeros, olvidándose a veces completamente de los intereses anarquistas y humanos.

Especialmente se difundieron tales fenómenos en los últimos años, cuando la reacción empezó a levantar la cabeza y el conservadurismo tomó de nuevo las riendas de la vida humana y social en sus manos. Se ha llegado hasta provocar a todo el movimiento anarquista con el deseo de arrastrarlo por caminos dudosos y entregarlo al servicio de una causa autoritaria y antianárquica. El iniciador de esta provocación, al fin, terminó con descubrir su esencia verdadera y pasarse con todo su bagaje sindicalista y autoritario al comunismo marxista. Porque para él más razón tenían Marx y Lenin que Kropotkin, Malatesta o Max Nettlau. El peligro del 'plataformismo' ha pasado. Pero hay todavía no pocos que siguen con el canto de sirenas de la bondad de la autoridad en las manos de la vanguardia del proletariado y de la nobleza de la autoridad al servicio de los sindicalistas y de los anarquistas.

El movimiento anarquista ya ha sufrido bastante por culpa de estas sirenas del autoritarismo, «de la dirección anarquista de la revolución social», del «todo el poder a los soviets», del «todo el poder a los sindicatos obreros», de los defensores de «la dictadura del proletariado», del «comunalismo», etcétera, y es ya tiempo de poner coto a todas estas desviaciones y dedicarse a la obra constructiva en la propaganda de las ideas y a la preparación de las mentes y de los espíritus para una reconstrucción social sobre bases de la anarquía, donde serán ausentes el autoritarismo, la violencia y la coerción.

Evitar completamente tales fenómenos en el movimiento anarquista, no es tan fácil. Siempre se encontrarán gentes que buscarán en el campo de la actividad anarquista un ambiente propicio para la expansión y el engrandecimiento de su persona, o tratarán de imponer con medios no anárquicos sus deseos y su voluntad.

Pero reducir tales fenómenos al mínimo es posible y debe hacerse.

Para eso es necesario que los intereses de la humanidad y de la anarquía se pongan en la base de toda actividad anarquista, y, lo que es todavía más importante, que el ideal anarquista sea la fuerza que dirija toda la actividad anarquista.

Entonces todas las posibles divergencias y diferencias en las opiniones y en los conceptos serán de poca importancia. Se podrá discutir en algún problema, discutir todas las posibles cuestiones y opiniones, sin que se incurra en personalismos, o que las relaciones entre los anarquistas dejen de ser de compañeros de ideas, tolerantes y amigables.

Sus aspiraciones comunes y las ideas que les unen les ligarán tan estrechamente, que ninguna fuerza les podrá desunir o deshacer su compañerismo y amistad.

En tales condiciones de relación entre los anarquistas, cada uno podrá pensar a su manera de entender, y propagar las ideas de acuerdo con su temperamento y preparación, pero siempre de acuerdo con los principios básicos del anarquismo.

Entonces las posibles diferencias de interpretación no serán peligrosas, sino, al contrario, muy útiles. Las posibles discusiones harán pensar y meditar sobre los problemas en estudio, y haciéndose todo esto de una manera tolerante y amigable, serán de una gran utilidad para los que tomen parte en ellas. Y cada problema será estudiado detenida y seriamente, y meditado profunda y anárquicamente.

Todas las posibles divergencias y choques personales perderán entonces su gravedad e importancia, y poco a poco desaparecerán casi por completo, ocupando su lugar el estudio de las ideas y de la vida y la discusión de los métodos y de las actividades.

Muchos anarquistas plantean ahora seriamente la cuestión de la resurrección, elevación y ennoblecimiento del movimiento anarquista, que en realidad ha sufrido más de las rencillas, disputas y choques irracionales internos, que por causas exteriores. Bien que éstos han asestado también no pocos golpes al movimiento anarquista. Pero fueron las luchas fratricidas que alejaron muchas fuerzas buenas y útiles, y no pocas fuerzas activas y de un idealismo firme y definido. Porque a menudo esta lucha personal o de agrupaciones se ponía por encima de la lucha por la realización del ideal anarquista.

Estas disputas y choques trajeron al anarquismo un mal enorme, y es imprescindiblemente necesario encontrar una salida de esta situación anormal. Cada anarquista sincero y honesto lo entiende y lo siente, y aspira a sanar y curar el movimiento de este mal traído de los partidos políticos, en los cuales la lucha por la dirección es una cosa normal e inevitable. Porque cada movimiento en su vida interna refleja desde ya las ideas y practica los principios que propaga. Así que en su movimiento autoritario es normal que exista autoridad y dirección. Pero en un movimiento anarquista y libertario, esto es imposible y anormal, porque contradice con los principios básicos de las ideas que se propagan.

Todos los anarquistas buscan y quieren encontrar un medio para poner fin a estos fenómenos en las filas anarquistas, para así poder empezar una nueva era de respeto, tolerancia y colaboración íntima entre los que aspiran a la realización del ideal de la anarquía, de la libertad y del bienestar para todos los hombres. Y lo conseguirán si tienen bastante buena voluntad, dedicación y persistencia en la obra del esclarecimiento de los principios libertarios del anarquismo y en la unificación de todos los elementos que sinceramente quieren trabajar para el bien de las ideas y de la humanidad entera. Lo conseguirán dedicándose enteramente a la obra constructiva de la propagación y divulgación de las ideas; dejando, a los que lo quieran, pelearse y discutir, sin prestarles atención alguna.

Entonces los que realmente están carnalmente interesados en la realización de las ideas y su aplicación a la vida, se adherirán libre y voluntariamente a esta obra sana y útil, creando un vacío alrededor de los que se cubren con el manto de la anarquía o se sirven de ella para sus propios fines o intereses, por más respetables que sean. Engrosando nuevamente las filas anarcolibertarias todos los hombres de pensamientos libertarios y sentimientos nobles, y atrayendo a sus filas a todos los que sienten el dolor universal de la humanidad crucificada por el autoritarismo, la expoliación y exterminación mutua de los hombres, y que quieren y aspiran a una humanidad más noble, más justa y más progresiva, desean ver al hombre —al rey de la naturaleza— disfrutar de su vida, desarrollar la cultura humana, vivir una vida llena y desbordante de alegría y de bienestar, y trabajar y labrar un futuro más progresivo, más glorioso, más fecundo y más armonioso todavía; llegando a crear una personalidad humana más hermosa, más justa, más bella, más noble y más integralmente desarrollada, que en el bienestar de los demás buscaría su propio bienestar, y en la libertad ajena su propia libertad.

Exterminar de un golpe todos los males del movimiento anarquista, sería difícil y casi imposible. Pero eliminarlos poco a poco, es posible y necesario.

Para eso es necesario que todos los que son conscientes de todo el mal que existe ahora en el movimiento anarquista, se nieguen terminantemente a tomar parte en cualquier discusión, disputa o choque, ni dar importancia o tomar en cuenta los ataques maldosos personales de los que se creen sacerdotes del anarquismo, y menos todavía los que son dirigidos por algún malvado, enfermizo u ofuscado.

León Tolstoi tiene un cuento sobre dos campesinos que apurados se dirigían por sus asuntos y que, encontrándose en un paso sobre un riachuelo, no querían dejarse paso uno al otro, alegando cada uno que él es quien más apuro tiene. Así seguían discutiendo un largo rato en medio del paso, hasta que un tercero les aconsejó que quien tiene realmente más apuro ceda el paso al otro que es nada más que un testarudo. Porque quien no tiene apuro real en llegar a alguna parte, no le importa perder su tiempo y el tiempo ajeno en discusiones sin sentido e innecesarias. Solamente el que realmente tiene apuro en hacer eso es el más indicado a dejar paso al otro y no desea entretenerse en estúpidas peleas y luchas fratricidas y perjudiciales para la obra común.

Algo parecido a esto pasa ahora en el movimiento anarquista. Porque la mayoría de las discusiones y disputas en realidad no tienen importancia alguna y son de un interés muy relativo. Cada uno quiere imponerse a los demás, les quiere convencer por lo bueno o por lo malo y obligarles a seguir el camino que él cree bueno. Y como nadie quiere ceder en sus ambiciones, discuten y se pelean sin fin desmoralizando así al movimiento y desacreditando las ideas. Porque una idea que no es capaz de hacer más tolerantes, más morales y más nobles a los que la profesan, no puede servir para el bien de la humanidad y del hombre, y tampoco para la reconstrucción de la vida humana y social sobre bases nuevas y mejores.

Por eso los que realmente están interesados en la divulgación y propagación de las ideas anarquistas entre las masas humanas, que dejen de prestar oídos a los que buscan discusiones y peleas, que sigan su camino hacia los fines deseados y aspirados, sin tomar en cuenta para nada a los que buscan en el movimiento anarquista la manera de convertirse en directores y definidores de las ideas y de los métodos anarquistas.

Lo único que debe preocupar a los anarquistas libertarios es la lucha con los males existentes y la divulgación y la propagación de las ideas. Que trabajen asiduamente en la profundización de las ideas y la preparación del campo individual y social para la posible reconstrucción social sobre bases de ayuda mutua, solidaridad y amor. Dejando a los que no tienen capacidad para una obra útil y provechosa, que se peleen, discutan e insulten a los que no concuerdan con ellos, a los que no quieren reconocer su autoridad infalible.

Entonces se formará inevitablemente un vano alrededor de los peleadores, y no les quedará otra cosa que hacer que irse del movimiento y buscar un campo más propicio para esta su actividad, o reconocer sus errores y dedicarse a la lucha con los males existentes y a la propaganda de las ideas.

Ceder se debe y se puede, pero únicamente en lo que puede hacer daño al movimiento anarquista. No ocuparse de insultos y ataques personales: no contestar a insinuaciones malévolas y no intervenir en discusiones sobre problemas que no tienen importancia básica.

Pero se debe estar sereno y firme en lo que respecta a los principios básicos del anarquismo. En tales casos, se debe y es preciso discutir y defenderlos, dejando a cada individuo y a cada agrupación el derecho de tener sus propias opiniones, conceptos y métodos de propaganda de las ideas y de la realización de éstas en la vida.

No importa que alguien se equivoque a veces, o entienda las ideas de una tranca diferente. Ni tampoco que a veces use métodos que no concuerden completamente con los conceptos establecidos y generalmente practicados. Porque dentro del movimiento anarquista cada hombre debe tener la libertad de pensar, discutir y practicar todos sus conceptos. Solamente así los hombres aprenderán a tener sus propias iniciativas y responsabilidades y activar independientemente sus ideas.

También es necesario que las ideas se acepten, se asimilen y se practiquen libremente. Que nadie tenga el derecho de obligar a los demás a pensar y actuar contra su propia convicción y voluntad. Porque solamente las ideas libremente aceptadas y asimiladas podrán convertirse en ideas propias del individuo y le podrán servir de estímulo y de guía en su actividad y su vida social. Lo contrario sería una contradicción flagrante con los principios básicos de la libertad y de la anarquía.

En los partidos políticos, que están construidos según el modelo de la sociedad existente, que está basada sobre los principios de la autoridad y de la jerarquía, al hombre le es permitido pensar, pero se le prohíbe expresar lo que piensa y menos todavía experimentar y practicar sus ideas y opiniones que no concuerdan con las de sus jefes.

En nuestras agrupaciones anarquistas, que existen hoy en día, al hombre se le permite pensar y expresar libremente lo que piensa. Pero se le permite actuar solamente en concordancia con lo que opina la mayoría de la agrupación u organización a la cual pertenece. Lo que muy a menudo significa que debe actuar contra sus propias convicciones. Esto crea a menudo situaciones muy desagradables y lleva a rencillas, peleas y choques. El individuo, en tales organizaciones, se ve muchas veces en situaciones delicadas, se ve obligado a actuar en contra de sus propias convicciones, o ser consecuente y romper con los compañeros, a los cuales le une la idea común y conceptos concordantes en muchos otros problemas y cuestiones.

El anarquismo reconoce un derecho igual para todos los seres humanos de practicar todas las formas de expresión del pensamiento humano: pensar, expresarse y practicar lo que piensa y opina. El derecho para cada uno de participar o no participar en lo que hacen los demás, de acuerdo con sus propias convicciones. Pero no acepta ningún derecho para nadie imponer nada, que no sea aceptado libremente. Porque un paraíso impuesto se convertirá en un infierno.

Lo que es de muchísima importancia en el movimiento anarquista, es el respeto mutuo entre los seres humanos, la tolerancia, la solidaridad y el amor. Que los anarquistas busquen uno en el otro lo que les es común, lo que los une, y no lo que les separe en sus aspiraciones a una vida mejor, más bella y más hermosa, y a una humanidad más justa, más sana y más noble. Que traten de sacar enseñanzas de aquello en que no concuerdan, estudiando a fondo, cambiando opiniones y discutiendo amigable y anárquicamente los problemas que se interpretan diferentemente. Pero que eviten y rechacen todas las discusiones de carácter personal y todos los ataques maliciosos e hirientes, dejando sin atención las insinuaciones malévolas y provocaciones a las cuales recurren siempre los ignorantes y los faltos de conciencia.

Solamente entonces, cuando el compañerismo entre los anarquistas tendrá un valor real y positivo, cuando la tolerancia y el respeto mutuos tomarán cuerpo tangible y cada uno los sentirá como una parte de su consciencia y de su alma, el movimiento anarquista tomará la dirección verdadera, será útil para sus participantes y podrá dar los frutos deseados y necesarios.

Porque sembrando vientos se puede recoger únicamente tempestades, y sembrando chismerías y discordias se podrá recoger solamente peleas y disgustos.

Pero cuando se implantará entre los anarquistas la concordia y una verdadera unificación libertaria en la obra común de siembra de ideas y de plantación de principios básicos de una sociedad nueva, más libre, más justa y más solidaria, entonces todos los esfuerzos estarán dirigidos y dedicados a la lucha con los males existentes y a la implantación y afirmación en las conciencias de los hombres de los conceptos anarquista-libertarios sobre las formas y bases de convivencia social y las relaciones individuales.

Todos los anarquistas concuerdan en que es necesario unificar a los anarquistas libertarios en su lucha común contra el orden existente y en su aspiración de conquistar un futuro nuevo y mejor. Pero esto no se podrá conseguir si no se elimina la lucha fratricida entre compañeros y los choques por intereses personales o de grupos, que tanto corroen en los últimos tiempos el movimiento anarquista, si los intereses del anarquismo y de la humanidad no se convierten en la base de la actividad de los anarquistas, y si entre los libertarios no se afirma la tolerancia y el respeto a cada personalidad humana.

Por encima de los intereses de los grupos y de los individuos deben estar los intereses del anarquismo, y el respeto y el amor a cada ser humano deben reemplazar el desprecio y el odio existentes en la sociedad de hoy si realmente se desea que el anarquismo siga siendo un movimiento libertario y sirva honesta y desinteresadamente a los intereses del hombre y de la humanidad toda.

Para conseguir este fin es necesario que todos los que sinceramente sienten todo el mal que aqueja al movimiento anarquista, se unan, creen una base sólida para relaciones nuevas y más libertarias y practiquen la tolerancia, el respeto mutuo y la solidaridad, sirviendo así de ejemplos palpables de cómo un anarquista debe portarse y desenvolverse en el movimiento social. Deben acostumbrarse y acostumbrar a los demás a discutir ideas y tácticas y evitar choques personales y discusiones sobre cuestiones secundarias y de menor importancia.

Entonces los anarquistas podrán dedicarse al estudio de la vida y de las ideas, elaborar y practicar diferentes formas de divulgación y realización de las ideas y, unidos y con paso firme, seguir hacia la meta deseada y aspirada. Podrán dedicar sus fuerzas y sus energías a la lucha con los males existentes, a derrumbar los órdenes autoritarios e injustos existentes y a trabajar para preparar y afianzar bases para convivencias libres, de bienestar, de ayuda mutua y de amor para todos los hombres, sobre la tierra toda. Para que la anarquía reemplace al autoritarismo, la ayuda mutua a la coerción, la solidaridad a la violencia, el bienestar general al hambre y la miseria, y la tolerancia y el respeto a cada ser humano al odio y el exterminio. A la creación de una sociedad humana donde la experimentación y la práctica libertarias reemplazarán a las costumbres rígidas, los prejuicios y el fatalismo materialista o espiritualista; a la creación de una sociedad donde los hombres, todos los hombres, serán hermanos y amigos y trabajarán en bien de toda la humanidad y del progreso humano. A la formación de una personalidad humana integral, moral y espiritualmente desarrollada y más elevada, porque la personalidad es la riqueza más grande y más hermosa de la sociedad y la base esencial de toda actividad y de toda unión social. Porque sin la personalidad humana no es posible la existencia de la sociedad. Y la existencia de la sociedad humana es solamente útil y se justifica para la elevación moral, espiritual e intelectual de la personalidad humana y para el mejoramiento de su bienestar.

Por eso es justamente que la anarquía aspira a sintetizar la vida social, convirtiéndola en un complemento de la vida de los individuos y a crear convivencias, para que las sociedades sirvan para el bien del individuo y para el progreso de la humanidad.


  *Artículo de Anatol Gorelik para LA REVISTA BLANCA, número 340, del 26 de julio de 1935, republicado en el último TIERRA Y LIBERTAD de la FAI (nº 347-junio 2017).

miércoles, 7 de junio de 2017

¿Democráticos o toparcas?


Por PETER SCHREMBS

De vez en cuando aparecen para después desaparecer o institucionalizarse movimientos que reclaman formas de democracia más «auténticas», desde Podemos hasta el Movimiento Cinco Estrellas, pasando por la Primavera Árabe. Se trata generalmente de movimientos que, aun planteando una ampliación de derechos, más transparencia y reglas de decisión más participativas, no ponen en tela de juicio, sustancialmente, las aporías de la democracia.

Un poco de con sorpresa y un poco sin ella, hemos recibido recientemente la noticia de la intención del Movimiento Zapatista de presentar una candidata de denuncia con mandato revocable a las elecciones presidenciales de México. Aquí seguramente la confianza en las instituciones está menos afianzada, y la afirmación de que no se trata de la conquista del poder sino de la posibilidad de movilización y de denuncia está abonada en una larga práctica de autonomía y autogestión. El hecho es que, al mismo tiempo que la democracia ofrece derechos y libertades, es el mecanismo que aniquila esos derechos y tritura esas libertades. Con la delegación política, es verdad, pero también con los mecanismos que alientan tal práctica, abonamos precisamente el despotismo en el seno del régimen democrático.

¿Por qué? Las razones son de naturaleza estructural y superestructural. Me explico. A nivel estructural, la democracia (moderna) me parece expresión política de la dictadura de la burguesía. En el Manifiesto Comunista se puede leer: «El poder estatal moderno no es más que un comité que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa». Tras lo cual es cierto que estamos en la fase de liquidación de la democracia, a partir del desmantelamiento del Estado social y del solapamiento de las instituciones políticas por parte del capital transnacional.

Y es aquí donde hunde sus raíces ese —un poco desesperado— deseo de defender la democracia, que encuentra oxígeno, por ejemplo, en el reciente congreso «Reclaim Democracy», celebrado a principios de febrero en Basilea, y que sirve de acicate también para los defensores de la renta básica. Y es naturalmente aquí donde debemos preguntarnos si verdaderamente es esto lo máximo que somos todavía capaces de proyectar: un futuro socialdemócrata en régimen capitalista. ¿Bye, bye, anarquía, autogestión, socialismo?

A nivel de superestructura, el mal reside en el conjunto de reglas en el que se basa la democracia representativa.

Disculpad si cito una vez más (polémicamente) a Marx y Engels que, a propósito de la ilusión de poder incidir sustancialmente a través del voto en la dinámica política, hablaban de «cretinismo parlamentario, enfermedad que invade a los desafortunados que son víctimas de la convicción solemne de que todo el mundo, su historia y su porvenir, son regidos y determinados por la mayoría de votos de ese particular consenso representativo que tiene el honor de incluirle entre sus miembros».

Me diréis: en última instancia, es el pueblo el que escoge; somos nosotros quienes decidimos. Verdad en el plano institucional (aunque solo en parte, pensad en las numerosas exclusiones, como por ejemplo los extranjeros), pero falso en la vida real. Decidimos solamente a quién entregar las llaves de nuestra celda, tras lo cual —y lo digo con muchos años de experiencia a la espalda— nuestro esfuerzo político es tan patético como necesario para enderezar los entuertos que arman los que están en el poder. Parecemos almas en pena que deben intentar aquí y allá bloquear proyectos absurdos, tapar zanjas, arrancar el maíz transgénico, denunciar los riesgos de la energía atómica, ocupar las calles, manifestarnos contra los recortes sociales, luchar contra las privatizaciones, apoyar a los prófugos...

Pero volvamos a la democracia y a sus reglas. Una de ellas establece que mediante el sufragio (más o menos) universal escogemos (directa o indirectamente) a los gobernantes. Si vamos a votar ¿aceptamos o no aceptamos esta regla? Trump (por citar uno, pero el campo de lo obsceno es grande, desde Duterte hasta Hollande) lo hará todo mal, pero ha sido elegido.

Esta es la inexorable ley del número. Aquí no se trata, entendámonos, del voto en sí, que puede ser un instrumento para elegir tan válido como, por ejemplo, el sorteo. Se trata del voto de poder, que da poder, que se desprestigia y entonces nos damos cuenta de que no somos capaces ni siquiera de arañar al poder más fuerte, el económico, entendido en sentido amplio, estructural. La cifra de este dato de hecho se acentúa, además de en Grecia, en Venezuela y Brasil. Incluso allí, tras el líder en el poder, la voz vuelve a la base, con la Red de Comuneros y Comuneras y los Pueblos Liberados (la «toparquía», en su momento promovida por Chávez y hoy obstaculizada por el Gobierno) por una parte, y organizaciones como el Movimiento de los Trabajadores Sin Techo por otra. Una vez más (¡lo habíamos dicho!) el proletariado está llamado a construir por sí solo, fuera de la democracia, los espacios de libertad política y económica que marcan la diferencia. Por eso estoy con Malatesta cuando dice:

«No somos partidarios ni de un gobierno de mayoría ni de uno de minoría; no estamos ni por la democracia ni por la dictadura. Queremos la abolición del gendarme. Queremos la libertad para todos, y el libre acuerdo, que no puede faltar cuando nadie tiene los medios para forzar a los demás, y todos están interesados en la buena marcha de la sociedad. Queremos la anarquía.»

Nº 347 - Junio 2017

domingo, 4 de junio de 2017

Sobre la libertad de prensa y su independencia

 

Por JOHN SWINTON*

No existe lo que se llama prensa independiente, a menos que se trate de un periódico de una pequeña villa rural. Vosotros lo sabéis y yo lo sé. No hay ni uno solo entre vosotros que ose expresar por escrito su honrada opinión, pero, si lo hiciera, sabéis perfectamente que vuestro escrito no sería nunca publicado.

Me pagan 150 dólares semanales para que no publique mi honrada opinión en el periódico en el cual he trabajado tantos años. Muchos, entre vosotros, reciben salarios parecidos por un trabajo similar… y si uno cualquiera de vosotros estuviera lo suficientemente chiflado para escribir su honrada opinión se encontraría en medio de la calle buscando un empleo cualquiera, exceptuando el de periodista.

El trabajo de periodista de Nueva York consiste en destruir la verdad, mentir claramente, pervertir, envilecer, arrojarse a los pies de Mammón, vender su propia raza y su patria para asegurarse el pan cotidiano.

Somos las herramientas y los lacayos de unos hombres extraordinariamente ricos que permanecen entre bastidores. Somos unos polichinelas; ellos tiran de los hilos y nosotros bailamos al son que ellos quieren.

Nuestros talentos, nuestras posibilidades y nuestras vidas, son propiedad de otros hombres. Nosotros somos unos prostitutos intelectuales.


  * Discurso sobre la libertad de prensa durante una cena de periodistas en 1880 de John Swinton, periodista del THE SUN de Nueva York.

lunes, 29 de mayo de 2017

Los estibadores son la excusa, el objetivo son tus derechos


Los estibadores son el nuevo colectivo denigrado para ser expoliado de sus derechos. Antes lo fueron los controladores aéreos, los profesores, los funcionarios, los mineros, los basureros de Málaga, los conductores de Metro, los transportistas, los maquinistas de Renfe.

LA MAREA
27 mayo 2017
El uso del término «privilegio» es habitual en la patronal y sus acólitos mediáticos en cada conflicto laboral y negociación. Su objetivo es enfrentar a los trabajadores y enseñar a los que peores condiciones tienen que no deben defender a sus compañeros de clase, porque ellos viven mucho mejor. Así se aísla al colectivo en conflicto y es más fácil privarlo de sus derechos adquiridos para equipararlo con los que menos tienen. Es una táctica conocida de atomización de los trabajadores, separar para laminar. Todos iguales, pero por abajo.

En el año 2013, en plena ofensiva del gobierno y patronal contra los derechos de la clase obrera, Juan Rosell, presidente de la CEOE, dio una master class de esta forma de proceder. Rosell propuso para combatir la dualidad del mercado laboral eliminar los «privilegios» de los contratos indefinidos: «¿Estarían dispuestos los trabajadores fijos a aceptar estas nuevas condiciones en beneficio de los que tienen contratos temporales nuevos? Sería un experimento importante, pero no creo que lo aceptaran. Creo que esto es Alicia en el país de las maravillas», dijo el jefe de la patronal. Enfrentar a los trabajadores con contratos indefinidos con los que tienen derechos adquiridos para crear la falsa ilusión de que su problema no es la patronal, sino sus compañeros con un contrato de mejor calidad.

Esperanza Aguirre utilizó el mismo plan contra los trabajadores públicos para justificar su plan de recortes del año 2011. En una escalada dialéctica que se llevó por delante a todos los empleados del sector público, calificó de «privilegios» que los funcionarios cobrasen el 100% del sueldo al enfermar. Ya no hay de qué preocuparse: gracias a la campaña y a la falta de solidaridad ya no es un problema. Hoy en día ese derecho ya no existe. El discurso que denomina privilegios a los derechos adquiridos para enfrentar a un colectivo en concreto y que sólo persigue mermar las condiciones de toda la clase obrera no es nuevo, de hecho es tan antiguo como el movimiento obrero. Desde que hay un trabajador organizado para mejorar sus condiciones hay un patrón, un burgués, o un escribiente a sueldo que enarbola la palabra «privilegio» para combatirlo.

El diario El Liberal publicó en 1868 un folletín de Jose María del Campo, un plumilla preocupado por los inicios del movimiento obrero, que advertía a los conservadores y capitalistas del tiempo que se avecinaba con las exigencias proletarias:

«Los obreros estamos divididos en categorías como todas las clases sociales. No hagamos mistificaciones, y no engañemos a los demás, engañándonos a nosotros mismos. Hay el jornalero del campo, el peón agrícola que se alimenta con gazpacho o pan solo malo y escaso, duerme sobre el duro suelo y vive constantemente a la intemperie; y hay el jornalero de ciudad, que duerme en colchón y bajo el techado junto a su familia y pasa algunos ratos en la taberna, si es que no se permite ir al café o al teatro alguna vez; y hay el obrero que va de francachelas frecuentes y asiste a lidias de toros; y hay obreros también que trabaja en templadas aunque estrechas habitaciones y huelga todas las fiestas, y se permite gastar bota de charol y camisa bordada…Ya sé yo que también hay clases privilegiadas entre los trabajadores, y que si los más desgraciados llegan a pensar seriamente en esto, van a decir que ellos se contentarían con dormir bajo techado y disponer de un par de reales para gastar los domingos. Otros, en fin, quisieran ser amos y mandar, y tener una casita propia y cómoda, y a ser posible hasta tener un cochecito propio para visitar los domingos el cortijo o el chalet, como dicen los ricos…¿Qué es lo que queremos? ¿Qué debemos pedir?¿Sólo el alimento diario? ¿Aumento de salario? Yo bien sé lo que queremos todos, trabajar poco y tener mucho dinero.»

En nuestro tiempo los estibadores son el nuevo colectivo denigrado para ser expoliado de sus derechos. Antes lo fueron los controladores aéreos, los profesores, los funcionarios, los mineros, los basureros de Málaga, los conductores de Metro, los transportistas, los maquinistas de Renfe. A todos les une lo mismo, son colectivos organizados defendiendo sus derechos y con fuerza para doblegar a la patronal. No son sus privilegios, son tus derechos. Los de todos los trabajadores.

Los estibadores, el nuevo objetivo

El lema de los estibadores destila agresividad, es duro, vehemente y no deja atisbo para la mesura. Estiba o muerte. Una proclama que algunos utilizan para atacar la violencia de los trabajadores que la enarbolan en cada asamblea en la que se deciden si van a la huelga contra la patronal y el gobierno, que son todo uno. Lo que trasciende del lema no es más que una evidencia que conocen todos los que tienen un empleo como el suyo. Conviven con la muerte, con la incertidumbre de una labor que se desarrolla bajo contenedores de 10 toneladas o sobre pilas de estos de más de 30 metros de altura. Pero no es sólo un lema que apele a los riesgos de su trabajo, sino que incide en lo que significa para los trabajadores su empleo. No es retórico establecer la dicotomía sobre el trabajo o la muerte.

Cualquier obrero sabe que el único patrimonio que tiene es su trabajo. Y como mejor se defiende es en compañía, con la solidaridad del resto de compañeros de tajo, y de clase. Eso lo saben los que durante años han visto la lucha obrera como el mayor enemigo de la patronal, porque lo es. Atacar la unión de los trabajadores es uno de los mayores objetivos de las oligarquías. Sin unión, el trabajador es vulnerable.

Jonathan, «Chinin» para los compañeros, es un joven estibador que lleva diez años trabajando como operador de grúa en el puerto de El Musel, Gijón. Nos reunimos con él en una terraza cercana a la Casa del Mar al final de su jornada, nos saludamos y al momento nos interrumpe una llamada: «Perdona, estamos organizando unos cursos de operario de grúa y estaba hablando con una compañera para darle información». La conversación sobre las negociaciones no aporta mucha información, están en plena discusión y no quiere avanzar nada, prefiere ser prudente. Le preguntamos sobre el hecho de que en los medios les llamen privilegiados: «Mira, la gente que habla en televisión tiene mucha voz, pero eso no nos preocupa, nosotros nos movilizamos por nuestro trabajo. Lo que tenemos, si es mucho o poco, nos lo hemos ganado juntos, peleándolo, y eso vamos a seguir haciendo. Lo que digan en la tele me preocupa poco».

Se une a nosotros la compañera de tajo de Chinin, para hablar con él del curso de operario de grúa. Claro que hay mujeres en la estiba. El machismo es sólo otra excusa que usan para quitarles los derechos adquiridos. Las trabas que las mujeres tienen para entrar en Algeciras sólo les han importado a unos pocos, a los mismos que ahora defienden a los estibadores. Terminamos la conversación y se quedan al final de su jornada organizando un curso para seguir formándose.

Los trabajadores de la estiba han pospuesto las jornadas de huelga planteadas tras la aprobación del Real Decreto Ley, después de que las negociaciones con la patronal ANESCO hayan sido esperanzadoras y les permitan augurar que sus puestos de trabajo y las condiciones se mantendrán. La equiparación de la huelga con el chantaje, que los medios plegados a la patronal hacen de las movilizaciones para enfrentar al resto de trabajadores con los estibadores, ha vuelto a quedar en evidencia. Nadie hace huelga si no ve atacados sus derechos, o si no la necesita para mejorar sus condiciones de trabajo. Es la herramienta de defensa de la clase obrera, de protección de sus intereses. Por eso es denostada de forma continua.

Estiba o muerte no es más que un modo de explicar de forma combativa que la estiba es tu pan, que sin estiba hay hambre, algo que sabe cualquier colectivo de trabajadores organizados. El pan se defiende, el trabajo se defiende. No hay alternativa para quien sólo tiene lo que le dan sus manos. No debiera haber alternativa para el resto: solidarizarse con cualquier colectivo que lucha por su situación, porque los derechos de un sólo trabajador son los de todos. Los estibadores luchan por sus condiciones y las nuestras, su victoria será la de toda la clase trabajadora. Cuando un colectivo pierde sus derechos los estamos perdiendo el resto. Carolina Alguacil escribió hace 12 años en El País una carta al director en la que se quejaba amargamente de las condiciones laborales de toda una generación, «Yo soy mileurista», decía. Nadie se atrevería en 2017 a escribir una carta quejándose por cobrar mil euros al mes, sería un privilegiado.

Antonio Maestre

miércoles, 24 de mayo de 2017

Cuando mueren los imperios

 

Por MUMIA ABU-JAMAL

La revista Foreign Affairs publicó recientemente un extraordinario artículo por el conservador historiador británico Niall Ferguson, de las Universidades de Harvard y Oxford, en el que estudia las razones que causaron la caída de diez grandes imperios.

Su tesis básica es que grandes y poderosos imperios pueden caer con una rapidez sorprendente, generalmente en el espacio de un ciclo de vida —y a veces en menos tiempo.

Citando obras de historiadores e intelectuales, Ferguson escribe sobre los Imperios Romano, Británico, Francés, Otomano, Ming, Qing, y sobre el Imperio Ruso, entre otros. Muchos imperios duraron varios siglos y tuvieron un poder casi global.

¿Cómo cayeron? Algunos debido a crisis económica, generalmente causada por aventuras militares, como es el caso francés. Los franceses dieron tropas y dinero a los revolucionarios norteamericanos que buscaban terminar con la ocupación de Gran Bretaña, enemiga histórica de Francia.

En dos decenios los franceses estuvieron virtualmente en quiebra y el pueblo salió a las calles en rebelión contra la nobleza. En pocos años, una revolución envolvió toda Francia y un rey, Luis XVI, perdió su noble cabeza.

Roma, la gloria de Europa, cayó víctima de fuerzas internas y externas. En 50 años, la población romana cayó un 75%. Los vándalos destruyeron sus fronteras, y al mismo tiempo sus antiguos soldados se volvieron bandoleros. La división Este-Oeste, Roma y Constantinopla, debilitó la unidad imperial. Según Ferguson, la gran caída de Roma duró menos de diez años.

Ferguson no sólo estaba dando una lección de historia. Su artículo era para el imperio de los Estados Unidos —uno de los imperios más poderosos y ricos de la historia.

¿Cuál era su propósito? Que sepamos que los imperios —incluso los que parecen más indestructibles— pueden sufrir por la convergencia de problemas financieros, militares, del medio ambiente y de tantos otros; y quebrarse como se quiebra un huevo.

Esta es la lección de la historia: ningún Imperio dura para siempre.

16-04-2010

jueves, 18 de mayo de 2017

Competir para el mercado laboral


Por FREDY PERLMAN

A fin de localizar el origen de la plusvalía, hay que averiguar por qué el valor del trabajo es inferior al valor de las mercancías que produce. La actividad alienada de los trabajadores transforma materiales con la ayuda de instrumentos y produce una determinada cantidad de mercancías. Sin embargo, cuando estas mercancías se venden y los materiales consumidos y los instrumentos utilizados se han pagado, a los trabajadores no se les entrega el remanente del valor de sus productos como el salario, sino menos. En otras palabras, durante cada jornada de trabajo, los trabajadores realizan cierta cantidad de trabajo no pagado, de trabajo forzado, por la que no reciben equivalente alguno.

La realización de este trabajo no pagado, de este trabajo forzado, es otra «condición de supervivencia» de la sociedad capitalista. Sin embargo, y al igual que la alienación, no se trata de una condición impuesta por la naturaleza, sino por la práctica colectiva de las personas, por sus actividades cotidianas. Antes de que existieran los sindicatos, el trabajador individual aceptaba cualquier trabajo forzado disponible, ya que rechazarlo suponía que otros trabajadores aceptasen las condiciones de intercambio ofrecidas y que ese trabajador individual no recibiera salario alguno. Los obreros competían entre sí por los salarios que ofrecían los capitalistas, y si un trabajador dejaba su empleo porque el salario era inaceptablemente bajo, siempre había un obrero en paro dispuesto a sustituirle, ya que para un parado un salario reducido es más alto que ninguno. Los capitalistas llamaban «trabajo libre» a esta competencia entre trabajadores, y se desvivían por mantener la libertad de los trabajadores, ya que era precisamente esa libertad la que conservaba la plusvalía del capitalismo y le permitía acumular Capital. Ningún trabajador tenía como objetivo producir más bienes de lo que se le pagaba por fabricar, sino obtener el mayor salario posible. No obstante, la existencia de trabajadores que no recibían salario alguno, y cuya noción de un salario elevado era, por tanto, más modesta que la de un trabajador empleado, permitía al capitalista contratar trabajadores por un salario inferior. De hecho, la existencia de trabajadores parados permitía al capitalista pagar el salario más bajo por el que los trabajadores estuvieran dispuestos a trabajar. Así, el resultado de la actividad cotidiana colectiva de los trabajadores, cada uno de los cuales se esforzaba por obtener el máximo salario posible, era reducir los salarios de todos. El efecto de la competencia de todos contras todos recibían el salario más bajo posible y que el capitalista obtenía la mayor cantidad de plusvalía posible.

La práctica cotidiana de todos anula el objetivo de cada cual. Ahora bien, los obreros no sabían que su situación era el producto de su propia conducta cotidiana, ya que sus propias actividades no eran transparentes para ellos. A los trabajadores les parecía que los salarios bajos eran simplemente una faceta natural de la vida, como la enfermedad y la muerte, y que el descenso de los salarios era una catástrofe natural, como una inundación o un invierno inhóspito. Las críticas de los socialistas y los análisis de Marx, así como un mayor grado de desarrollo industrial, que les dio más tiempo para reflexionar, arrancaron algunos de estos velos y permitieron hasta cierto punto a los trabajadores ver sus propias actividades con más claridad. No obstante, en Europa occidental y en los Estados Unidos, los trabajadores no se deshicieron de la forma capitalista de la vida cotidiana: formaron sindicatos. Y en las condiciones materiales diferentes de la Unión Soviética y de Europa oriental, los trabajadores (y campesinos) reemplazaron a la clase capitalista por una burocracia estatal que compra trabajo alienado y acumula Capital en nombre de Marx.

Con sindicatos, la vida cotidiana es parecida a como era antes de que hubiera sindicatos. De hecho, es casi igual. La vida cotidiana sigue consistiendo en trabajo, en actividad alienada y en trabajo no pagado o forzado. El trabajador sindicalizado ya no negocia las condiciones de su alienación; lo hacen los funcionarios sindicales en su lugar. Las condiciones en las que se aliena la actividad del trabajador ya no las dicta la necesidad del trabajador individual de aceptar el trabajo disponible, sino la necesidad del burócrata sindical de mantener su posición de proxeneta entre vendedores y compradores de trabajo…

«La reproducción de la vida cotidiana»
(1969)