domingo, 1 de abril de 2012

Castilla, a mil revoluciones

Litografía que muestra una barricada en
la calle de la Montera de Madrid el 19 de julio de 1854

Por ANTONIO CORBILLÓN

El Norte de Castilla
(6-febrero-2010)


A mediados del siglo XIX, España y sus gobernantes miraron hacia Castilla la Vieja y León para entender hacia dónde les llevarían los vientos de las revueltas obreras

Castilla y León una tierra de gentes mansas y resignadas, siempre a las órdenes del poder de turno? Un sambenito que ha cargado a sus espaldas esta región y que se acentuó en el siglo XX por su papel tras la Guerra Civil, que perpetuó la idea de cabestro social en manos del franquismo, orgullosos de ser uno de los sastres que ayudaron a coser la España nacional. Ni siquiera los regionalistas, que han reclamado a los Comuneros de hace medio milenio como el primer movimiento nacionalista peninsular (con permiso de las Revueltas de los Irmandiños gallegos casi un siglo antes), lograron cambiar la visión de una tierra poblada por hombres y mujeres entregados a las decisiones de sus poderes en cada tiempo.

Un trabajo de investigación, que analiza la gran conflictividad social y política de mediados del siglo XIX, desmonta el mito de la Castilla silente. ¿Sabía alguien que toda Europa quedó conmocionada con los fusilamientos sumarios de hombres y mujeres en Valladolid y Palencia a mediados de 1856? «En ambas ciudades no hay una triste placa que recuerde a tantos ajusticiados que sólo reclamaban el derecho al pan diario», lamenta Javier Moreno Lázaro.

Este profesor titular de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad de Valladolid acaba de publicar Los hermanos de Rebeca. Motines y amotinados a mediados del siglo XIX en Castilla La Vieja y León (Región Editorial). Moreno Lázaro ha expurgado todo tipo de archivos y prensa de España y Europa para escribir sobre los motines durante el periodo 1854-1857, los tiempos del gobierno del general Espartero y el Bienio Progresista.

Época embrionaria de las revueltas que conformaron la modernidad occidental europea tal y como la conocemos hoy en España y en la que nadie contaba con el papel del campesinado castellano. Sirva de entrada un dato estadístico: este investigador ha datado al menos 425 motines en España en ese periodo. De ellos, casi la tercera parte (133) tuvieron lugar en la región. Y es que, como recuerda el catedrático de Historia Económica Ángel García Sanz, «la reconstrucción de estos hechos olvidados nos obliga a poner en cuestión ese carácter castellano sumiso y cabizbajo».

Las guerras del pan

En su amplio trabajo documental, Javier Moreno concluye que estos «motines del pan fueron, sin duda, los sucesos más sangrientos sufridos desde las Guerras Carlistas hasta el estallido en 1936 de la Guerra Civil». Sólo las algaradas de 1856 de Valladolid y Palencia (con diferencia las más violentas) se saldaron con 21 personas ejecutadas. Otras 61 murieron en las cárceles. «Pero sa sabe que hubo muchos más porque sus muertes ni siquiera se inscribían en los registros eclesiásticos», reconoce el investigador. Juzgados y ejecutados por tribunales militares, entre las víctimas hubo varias mujeres, un hecho que provocó «un gran escándalo que se propagó por toda Europa».

Pero estos sucesos cayeron en el olvido de los historiadores en parte para no deshonrar a la elite de la harinocracia, de gran poder económico y político en la región y en la Corte, y algunos de cuyos selectos miembros pisaron las cárceles en la década de los sesenta.

Los hermanos de Rebeca toma el título del proceso similar que se vivió en el País de Gales (Gran Bretaña) preindustrial. Una revuelta contra el pago de impuestos que sembró de violencia las calles del oeste británico entre 1839 y 1844. Idénticas razones a las castellanas, por lo que este documentado libro concluye que los motines mesetarios no tuvieron una raíz política sino de mera subsistencia, aunque puedan considerarse como «las primeras respuestas violentas al capitalismo en España», ya que sus manifestaciones de descontento son idénticas a los levantamientos de los países de Europa occidental.

Una urbe pujante

Sin embargo, pocas comparaciones podían establecerse entre Castilla la Vieja (con León, claro) y el espejo europeo. Todavía atada a la agricultura de subsistencia, los escasos destellos de progreso sólo podían calificarse de preindustriales. Aunque la pujanza del negocio harinero y el remate del Canal de Castilla (1849) hicieron que una ciudad como Valladolid alcanzara los 40.000 habitantes a mitad de siglo. Sólo Barcelona, de entre las urbes españolas, creció más que ella a lo largo de la primera mitad del siglo, se atreve a afirmar este trabajado libro que, a través de los papeles (lógicamente no hay documentos gráficos que lo atestigüen) atisba una Valladolid «en trance de perder su apariencia levítica y castrense para poblarse de chimeneas y de convertirse en el mayor núcleo fabril del noroeste».

Mientras las elites agrícolas querían crear bancos y nacían las Cajas de Ahorros de Valladolid, Palencia y Burgos, el grueso de la población «libraba a diario una desigual batalla contra la indigencia». El éxito social y económico de la propiedad privada era engañoso y la Desamortización de Mendizábal apenas había alumbrado una clase de «propietarios muy pobres que no estarían lejos del umbral de la pobreza».

Moreno Muñoz reúne datos demoledores. Con los ingresos medios de un jornalero «sólo alcanzaba a cubrir el 50,8% para el sustento de su parentela». Un dieta compuesta casi exclusivamente de pan y cuya cantidad no superaba los 91 kilos por persona y año (250 gramos al día). Paradójica circunstancia en el granero de España que ofrecía pan francés elaborado con harina en flor para los más acaudalados y un bolo alimenticio amasado con una harina negruzca de segunda o tercera clase a los que de verdad sudaban con su frente la explotación de los extensos campos de cereal. Los empresarios preferían enviar lo mejor del secano a las Islas Británicas.

Por eso, todas estas revueltas fueron agrícolas aunque después incendiaran las ciudades. La situación era tan precaria que para detonar la espoleta de aquella sociedad bastaba un ligero aumento del precio del pan. La mecha ya la ponía el vocerío de las mujeres congregadas en el mercado. Tras las revueltas castellanas, el Gobierno del general Espartero, ya en sus estertores, supo que el resto de España miraba hacia el centro. Desde el poder central se supo amplificar la dureza de la represión en forma de ejecuciones públicas y sumarias. La Plaza Mayor de Valladolid se convirtió en un cuartel militar lleno de hombres y maquinaria bélica dispuesta a que no se repitieran hechos similares.

La defenestración de Espartero a manos de 0'Donnell levantó otra vez al pueblo. El nuevo general al mando encabezó el castigo ejemplar a la díscola Castilla, donde se repitieron las luchas obreras durante 1957, hasta el punto de que el propio 0'Donnell dijo ante las Cortes que «el socialismo ha levantado su cabeza en Castilla». El eco de la risa que provocó en más de un parlamentario podría durar hasta hoy.

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