lunes, 19 de junio de 2017

Contra la estrella de cinco puntas



Por A. SERRANO GONZÁLEZ

La estrella, aparte de ser este punto luminoso que brilla en el firmamento, que ha servido a cientos de poetas de inspiración para sus creaciones líricas, amorosas o espirituales, y que para la mayoría de los mortales siempre hubo un momento, en que solo o acompañado, elevando la mirada y ver titilar esa luz, nos hemos preguntado si allí habría vida y si la había, cómo sería ella. Otros, más prosaicos, solamente nos hemos contentado con ver su luz y pensar en la maravilla del universo.

Pero la estrella, en la tierra se ha hecho un símbolo de autoridad y jerárquico, admitido y aceptado por la mayoría de los ejércitos del mundo, de las policías uniformadas, y los no uniformados llevan la estrella en su ficha de identificación. Esa estrella que milicia y policía han adoptado como señalamiento en la escala jerárquica, lo han hecho a sabiendas de la influencia que las estrellas ejercen sobre las personas, de que todos tenemos una cierta admiración por ese punto luminoso que en la lejanía vemos brillar y que causa alegría y placer. Quizás sea por esto último, esa alegría y placer, que muchos grupos de jóvenes que se dicen libertarios y quienes forman de las Juventudes Libertarias, que editan revistas, algunas de ellas muy bien hechas, al igual que el sembrador lanza con el brazo extendido el puñado de granos sobre el surco abierto, igual hacen ellos, a puñado lanzan la estrella de cinco puntas entre las páginas de sus publicaciones y hasta hemos visto la bandera negra con su círculo blanco con una estrella en el centro.

Para nosotros, anarcosindicalistas y anarquistas, esa estrella debe tener un doble rechazo, pues la simbología autoritaria militar y policial que sobre ella carga, lleva sobre sí, el hecho de que Trotsky al crear el ejército bolchevique, también adoptó la estrella de cinco puntas como divisa y símbolo jerárquico de su ejército. Y una vez expulsado de suelo ruso, adoptó la estrella de cinco puntas como emblema simbólico que diferenciaría su bolchevismo, al de la hoz y el martillo del bolchevismo ruso.

Ha llegado a mis manos la revista El Solidario Nº 10, portavoz de un grupo que se dice anarcosindicalista, que llega al extremo, de que el punto que cierra la terminación de un trabajo en la revista, no es tal punto, es una estrella de cinco puntas. Y estos se presentan como los únicos anarcosindicalistas. Hace unos años, 1995, les mandé una carta que no publicaron —no iban a tirar piedras sobre su propio tejado—, allí les criticaba su llamado anarcosindicalismo, y les hacía ver lo cargado de trotskismo que estaban aquellas páginas del Nº 5, y no sólo por la cantidad de estrellas cincopuntistas que cargaba, también la fotografía de aquel local de Milán: «Centro Social Leoncavallo», organización afiliada a la Cuarta Internacional, en donde no sólo luce la estrella, también está la hoz y el martillo de tan ingrata memoria.

No puedo aceptar y debemos rechazar los símbolos de autoridad que son actos jerárquicos dentro de los ejércitos y las policías del mundo; no soy partidario de símbolos que ostenten aquellos que reconocemos como adversarios; no me agradan las banderas que hemos enarbolado con símbolos nuestros, de aceptar una bandera, ésta sería blanca, con un sol con sus rayos en centro; también pudiera ser, dos brazos o muchos brazos se estrechan o juntan sus manos.

Hasta desagrado siento por ese grito rebelde que dice: «arroja la bomba que escupe metralla», porque no se debe amenazar, no es ético, cuando sea el momento de actuar se actúa, ese es nuestro deber.

Periódico CNT
Nº 234 – mayo 1998.

lunes, 12 de junio de 2017

Los intereses del anarquismo


Por ANATOL GORELIK*

Entre los intereses del anarquismo y los intereses de las agrupaciones anarquistas, a veces resulta un abismo profundo e infranqueable.

Los intereses de las agrupaciones se reducen a menudo a luchas internas, rozamientos personales, discusiones de problemas sin importancia y divergencias mezquinas por intereses secundarios de personas o agrupaciones. O a una lucha con otras agrupaciones por la prepotencia y la dirección, llegando a veces hasta un odio mutuo y una lucha fratricida la más absurda y la más estúpida.

Los intereses del anarquismo están por encima de los intereses mezquinos, temporarios y pasajeros; por encima de las aspiraciones, pasiones, peleas, choques, rencillas y discusiones personales o de grupos. Todo su interés se concentra en la propaganda más eficaz y más amplia de las ideas anarquistas, en las aspiraciones y necesidades pananarquistas, poniendo los intereses panhumanos por encima de los intereses del movimiento. Porque el anarquismo quiere bienestar y libertad para los seres humanos vivos, para todos las personas sin excepción. El anarquismo no es una finalidad para los anarquistas, sino un medio para la creación de una humanidad libre y de bienestar.

Por eso, todos los que realmente tienen interés y quieren sinceramente trabajar en los intereses del anarquismo, deben pensar y actuar no como miembros de tal o cual agrupación, de tal o cual colectividad, sino como anarquistas, como personalidades libres de todo prejuicio y prejuzgamiento, y que pongan los intereses básicos del anarquismo por encima de los intereses pasajeros de personas y de grupos. Porque una idea —cualquier idea— debe servir para el bien del hombre y de la humanidad, y no el hombre debe servir a la idea, por maravillosa, elevada y noble que esta idea sea.

Y si alguien, por alguna aberración, deseara colocar los intereses personales o de las agrupaciones por encima de los intereses de la idea de la anarquía, este hombre, inevitablemente, se convertiría en el enemigo más terrible de sus propias ideas y en el destructor de la obra en nombre de la cual actúa y trabaja.

La influencia personal de uno u otro anarquista, de tal o cual agrupación, puede tener y tiene su valor y su importancia, juega y debe jugar un papel importante en el desarrollo, la propagación y divulgación de la idea. Pero esta influencia es solamente parcial y relativamente reducida. Porque cada actividad social se compone de la actividad de todos los hombres que participan en ella.

Pero no siempre activar quiere decir hacer algo útil para el hombre y para la humanidad. Muy a menudo resulta que la actividad de una persona o de un grupo, bien que se denominen anarquistas, se desvía, pierde la esencia básica de la idea y se reduce a su contradicción o negación completa. Lo que sucedió a principios de la guerra de 1914, lo que sucedía después de la conflagración mundial y lo que sucede ahora debería servir de una enseñanza y de un escarmiento para los anarquistas. El peligro más grande para el anarquismo es la desviación de personas que se acreditaron como anarquistas activos y capacitados. Porque hasta sucede que anarquistas y grupos enteros son arrastrados por la influencia de acontecimientos del momento o por intereses pasajeros, olvidándose a veces completamente de los intereses anarquistas y humanos.

Especialmente se difundieron tales fenómenos en los últimos años, cuando la reacción empezó a levantar la cabeza y el conservadurismo tomó de nuevo las riendas de la vida humana y social en sus manos. Se ha llegado hasta provocar a todo el movimiento anarquista con el deseo de arrastrarlo por caminos dudosos y entregarlo al servicio de una causa autoritaria y antianárquica. El iniciador de esta provocación, al fin, terminó con descubrir su esencia verdadera y pasarse con todo su bagaje sindicalista y autoritario al comunismo marxista. Porque para él más razón tenían Marx y Lenin que Kropotkin, Malatesta o Max Nettlau. El peligro del 'plataformismo' ha pasado. Pero hay todavía no pocos que siguen con el canto de sirenas de la bondad de la autoridad en las manos de la vanguardia del proletariado y de la nobleza de la autoridad al servicio de los sindicalistas y de los anarquistas.

El movimiento anarquista ya ha sufrido bastante por culpa de estas sirenas del autoritarismo, «de la dirección anarquista de la revolución social», del «todo el poder a los soviets», del «todo el poder a los sindicatos obreros», de los defensores de «la dictadura del proletariado», del «comunalismo», etcétera, y es ya tiempo de poner coto a todas estas desviaciones y dedicarse a la obra constructiva en la propaganda de las ideas y a la preparación de las mentes y de los espíritus para una reconstrucción social sobre bases de la anarquía, donde serán ausentes el autoritarismo, la violencia y la coerción.

Evitar completamente tales fenómenos en el movimiento anarquista, no es tan fácil. Siempre se encontrarán gentes que buscarán en el campo de la actividad anarquista un ambiente propicio para la expansión y el engrandecimiento de su persona, o tratarán de imponer con medios no anárquicos sus deseos y su voluntad.

Pero reducir tales fenómenos al mínimo es posible y debe hacerse.

Para eso es necesario que los intereses de la humanidad y de la anarquía se pongan en la base de toda actividad anarquista, y, lo que es todavía más importante, que el ideal anarquista sea la fuerza que dirija toda la actividad anarquista.

Entonces todas las posibles divergencias y diferencias en las opiniones y en los conceptos serán de poca importancia. Se podrá discutir en algún problema, discutir todas las posibles cuestiones y opiniones, sin que se incurra en personalismos, o que las relaciones entre los anarquistas dejen de ser de compañeros de ideas, tolerantes y amigables.

Sus aspiraciones comunes y las ideas que les unen les ligarán tan estrechamente, que ninguna fuerza les podrá desunir o deshacer su compañerismo y amistad.

En tales condiciones de relación entre los anarquistas, cada uno podrá pensar a su manera de entender, y propagar las ideas de acuerdo con su temperamento y preparación, pero siempre de acuerdo con los principios básicos del anarquismo.

Entonces las posibles diferencias de interpretación no serán peligrosas, sino, al contrario, muy útiles. Las posibles discusiones harán pensar y meditar sobre los problemas en estudio, y haciéndose todo esto de una manera tolerante y amigable, serán de una gran utilidad para los que tomen parte en ellas. Y cada problema será estudiado detenida y seriamente, y meditado profunda y anárquicamente.

Todas las posibles divergencias y choques personales perderán entonces su gravedad e importancia, y poco a poco desaparecerán casi por completo, ocupando su lugar el estudio de las ideas y de la vida y la discusión de los métodos y de las actividades.

Muchos anarquistas plantean ahora seriamente la cuestión de la resurrección, elevación y ennoblecimiento del movimiento anarquista, que en realidad ha sufrido más de las rencillas, disputas y choques irracionales internos, que por causas exteriores. Bien que éstos han asestado también no pocos golpes al movimiento anarquista. Pero fueron las luchas fratricidas que alejaron muchas fuerzas buenas y útiles, y no pocas fuerzas activas y de un idealismo firme y definido. Porque a menudo esta lucha personal o de agrupaciones se ponía por encima de la lucha por la realización del ideal anarquista.

Estas disputas y choques trajeron al anarquismo un mal enorme, y es imprescindiblemente necesario encontrar una salida de esta situación anormal. Cada anarquista sincero y honesto lo entiende y lo siente, y aspira a sanar y curar el movimiento de este mal traído de los partidos políticos, en los cuales la lucha por la dirección es una cosa normal e inevitable. Porque cada movimiento en su vida interna refleja desde ya las ideas y practica los principios que propaga. Así que en su movimiento autoritario es normal que exista autoridad y dirección. Pero en un movimiento anarquista y libertario, esto es imposible y anormal, porque contradice con los principios básicos de las ideas que se propagan.

Todos los anarquistas buscan y quieren encontrar un medio para poner fin a estos fenómenos en las filas anarquistas, para así poder empezar una nueva era de respeto, tolerancia y colaboración íntima entre los que aspiran a la realización del ideal de la anarquía, de la libertad y del bienestar para todos los hombres. Y lo conseguirán si tienen bastante buena voluntad, dedicación y persistencia en la obra del esclarecimiento de los principios libertarios del anarquismo y en la unificación de todos los elementos que sinceramente quieren trabajar para el bien de las ideas y de la humanidad entera. Lo conseguirán dedicándose enteramente a la obra constructiva de la propagación y divulgación de las ideas; dejando, a los que lo quieran, pelearse y discutir, sin prestarles atención alguna.

Entonces los que realmente están carnalmente interesados en la realización de las ideas y su aplicación a la vida, se adherirán libre y voluntariamente a esta obra sana y útil, creando un vacío alrededor de los que se cubren con el manto de la anarquía o se sirven de ella para sus propios fines o intereses, por más respetables que sean. Engrosando nuevamente las filas anarcolibertarias todos los hombres de pensamientos libertarios y sentimientos nobles, y atrayendo a sus filas a todos los que sienten el dolor universal de la humanidad crucificada por el autoritarismo, la expoliación y exterminación mutua de los hombres, y que quieren y aspiran a una humanidad más noble, más justa y más progresiva, desean ver al hombre —al rey de la naturaleza— disfrutar de su vida, desarrollar la cultura humana, vivir una vida llena y desbordante de alegría y de bienestar, y trabajar y labrar un futuro más progresivo, más glorioso, más fecundo y más armonioso todavía; llegando a crear una personalidad humana más hermosa, más justa, más bella, más noble y más integralmente desarrollada, que en el bienestar de los demás buscaría su propio bienestar, y en la libertad ajena su propia libertad.

Exterminar de un golpe todos los males del movimiento anarquista, sería difícil y casi imposible. Pero eliminarlos poco a poco, es posible y necesario.

Para eso es necesario que todos los que son conscientes de todo el mal que existe ahora en el movimiento anarquista, se nieguen terminantemente a tomar parte en cualquier discusión, disputa o choque, ni dar importancia o tomar en cuenta los ataques maldosos personales de los que se creen sacerdotes del anarquismo, y menos todavía los que son dirigidos por algún malvado, enfermizo u ofuscado.

León Tolstoi tiene un cuento sobre dos campesinos que apurados se dirigían por sus asuntos y que, encontrándose en un paso sobre un riachuelo, no querían dejarse paso uno al otro, alegando cada uno que él es quien más apuro tiene. Así seguían discutiendo un largo rato en medio del paso, hasta que un tercero les aconsejó que quien tiene realmente más apuro ceda el paso al otro que es nada más que un testarudo. Porque quien no tiene apuro real en llegar a alguna parte, no le importa perder su tiempo y el tiempo ajeno en discusiones sin sentido e innecesarias. Solamente el que realmente tiene apuro en hacer eso es el más indicado a dejar paso al otro y no desea entretenerse en estúpidas peleas y luchas fratricidas y perjudiciales para la obra común.

Algo parecido a esto pasa ahora en el movimiento anarquista. Porque la mayoría de las discusiones y disputas en realidad no tienen importancia alguna y son de un interés muy relativo. Cada uno quiere imponerse a los demás, les quiere convencer por lo bueno o por lo malo y obligarles a seguir el camino que él cree bueno. Y como nadie quiere ceder en sus ambiciones, discuten y se pelean sin fin desmoralizando así al movimiento y desacreditando las ideas. Porque una idea que no es capaz de hacer más tolerantes, más morales y más nobles a los que la profesan, no puede servir para el bien de la humanidad y del hombre, y tampoco para la reconstrucción de la vida humana y social sobre bases nuevas y mejores.

Por eso los que realmente están interesados en la divulgación y propagación de las ideas anarquistas entre las masas humanas, que dejen de prestar oídos a los que buscan discusiones y peleas, que sigan su camino hacia los fines deseados y aspirados, sin tomar en cuenta para nada a los que buscan en el movimiento anarquista la manera de convertirse en directores y definidores de las ideas y de los métodos anarquistas.

Lo único que debe preocupar a los anarquistas libertarios es la lucha con los males existentes y la divulgación y la propagación de las ideas. Que trabajen asiduamente en la profundización de las ideas y la preparación del campo individual y social para la posible reconstrucción social sobre bases de ayuda mutua, solidaridad y amor. Dejando a los que no tienen capacidad para una obra útil y provechosa, que se peleen, discutan e insulten a los que no concuerdan con ellos, a los que no quieren reconocer su autoridad infalible.

Entonces se formará inevitablemente un vano alrededor de los peleadores, y no les quedará otra cosa que hacer que irse del movimiento y buscar un campo más propicio para esta su actividad, o reconocer sus errores y dedicarse a la lucha con los males existentes y a la propaganda de las ideas.

Ceder se debe y se puede, pero únicamente en lo que puede hacer daño al movimiento anarquista. No ocuparse de insultos y ataques personales: no contestar a insinuaciones malévolas y no intervenir en discusiones sobre problemas que no tienen importancia básica.

Pero se debe estar sereno y firme en lo que respecta a los principios básicos del anarquismo. En tales casos, se debe y es preciso discutir y defenderlos, dejando a cada individuo y a cada agrupación el derecho de tener sus propias opiniones, conceptos y métodos de propaganda de las ideas y de la realización de éstas en la vida.

No importa que alguien se equivoque a veces, o entienda las ideas de una tranca diferente. Ni tampoco que a veces use métodos que no concuerden completamente con los conceptos establecidos y generalmente practicados. Porque dentro del movimiento anarquista cada hombre debe tener la libertad de pensar, discutir y practicar todos sus conceptos. Solamente así los hombres aprenderán a tener sus propias iniciativas y responsabilidades y activar independientemente sus ideas.

También es necesario que las ideas se acepten, se asimilen y se practiquen libremente. Que nadie tenga el derecho de obligar a los demás a pensar y actuar contra su propia convicción y voluntad. Porque solamente las ideas libremente aceptadas y asimiladas podrán convertirse en ideas propias del individuo y le podrán servir de estímulo y de guía en su actividad y su vida social. Lo contrario sería una contradicción flagrante con los principios básicos de la libertad y de la anarquía.

En los partidos políticos, que están construidos según el modelo de la sociedad existente, que está basada sobre los principios de la autoridad y de la jerarquía, al hombre le es permitido pensar, pero se le prohíbe expresar lo que piensa y menos todavía experimentar y practicar sus ideas y opiniones que no concuerdan con las de sus jefes.

En nuestras agrupaciones anarquistas, que existen hoy en día, al hombre se le permite pensar y expresar libremente lo que piensa. Pero se le permite actuar solamente en concordancia con lo que opina la mayoría de la agrupación u organización a la cual pertenece. Lo que muy a menudo significa que debe actuar contra sus propias convicciones. Esto crea a menudo situaciones muy desagradables y lleva a rencillas, peleas y choques. El individuo, en tales organizaciones, se ve muchas veces en situaciones delicadas, se ve obligado a actuar en contra de sus propias convicciones, o ser consecuente y romper con los compañeros, a los cuales le une la idea común y conceptos concordantes en muchos otros problemas y cuestiones.

El anarquismo reconoce un derecho igual para todos los seres humanos de practicar todas las formas de expresión del pensamiento humano: pensar, expresarse y practicar lo que piensa y opina. El derecho para cada uno de participar o no participar en lo que hacen los demás, de acuerdo con sus propias convicciones. Pero no acepta ningún derecho para nadie imponer nada, que no sea aceptado libremente. Porque un paraíso impuesto se convertirá en un infierno.

Lo que es de muchísima importancia en el movimiento anarquista, es el respeto mutuo entre los seres humanos, la tolerancia, la solidaridad y el amor. Que los anarquistas busquen uno en el otro lo que les es común, lo que los une, y no lo que les separe en sus aspiraciones a una vida mejor, más bella y más hermosa, y a una humanidad más justa, más sana y más noble. Que traten de sacar enseñanzas de aquello en que no concuerdan, estudiando a fondo, cambiando opiniones y discutiendo amigable y anárquicamente los problemas que se interpretan diferentemente. Pero que eviten y rechacen todas las discusiones de carácter personal y todos los ataques maliciosos e hirientes, dejando sin atención las insinuaciones malévolas y provocaciones a las cuales recurren siempre los ignorantes y los faltos de conciencia.

Solamente entonces, cuando el compañerismo entre los anarquistas tendrá un valor real y positivo, cuando la tolerancia y el respeto mutuos tomarán cuerpo tangible y cada uno los sentirá como una parte de su consciencia y de su alma, el movimiento anarquista tomará la dirección verdadera, será útil para sus participantes y podrá dar los frutos deseados y necesarios.

Porque sembrando vientos se puede recoger únicamente tempestades, y sembrando chismerías y discordias se podrá recoger solamente peleas y disgustos.

Pero cuando se implantará entre los anarquistas la concordia y una verdadera unificación libertaria en la obra común de siembra de ideas y de plantación de principios básicos de una sociedad nueva, más libre, más justa y más solidaria, entonces todos los esfuerzos estarán dirigidos y dedicados a la lucha con los males existentes y a la implantación y afirmación en las conciencias de los hombres de los conceptos anarquista-libertarios sobre las formas y bases de convivencia social y las relaciones individuales.

Todos los anarquistas concuerdan en que es necesario unificar a los anarquistas libertarios en su lucha común contra el orden existente y en su aspiración de conquistar un futuro nuevo y mejor. Pero esto no se podrá conseguir si no se elimina la lucha fratricida entre compañeros y los choques por intereses personales o de grupos, que tanto corroen en los últimos tiempos el movimiento anarquista, si los intereses del anarquismo y de la humanidad no se convierten en la base de la actividad de los anarquistas, y si entre los libertarios no se afirma la tolerancia y el respeto a cada personalidad humana.

Por encima de los intereses de los grupos y de los individuos deben estar los intereses del anarquismo, y el respeto y el amor a cada ser humano deben reemplazar el desprecio y el odio existentes en la sociedad de hoy si realmente se desea que el anarquismo siga siendo un movimiento libertario y sirva honesta y desinteresadamente a los intereses del hombre y de la humanidad toda.

Para conseguir este fin es necesario que todos los que sinceramente sienten todo el mal que aqueja al movimiento anarquista, se unan, creen una base sólida para relaciones nuevas y más libertarias y practiquen la tolerancia, el respeto mutuo y la solidaridad, sirviendo así de ejemplos palpables de cómo un anarquista debe portarse y desenvolverse en el movimiento social. Deben acostumbrarse y acostumbrar a los demás a discutir ideas y tácticas y evitar choques personales y discusiones sobre cuestiones secundarias y de menor importancia.

Entonces los anarquistas podrán dedicarse al estudio de la vida y de las ideas, elaborar y practicar diferentes formas de divulgación y realización de las ideas y, unidos y con paso firme, seguir hacia la meta deseada y aspirada. Podrán dedicar sus fuerzas y sus energías a la lucha con los males existentes, a derrumbar los órdenes autoritarios e injustos existentes y a trabajar para preparar y afianzar bases para convivencias libres, de bienestar, de ayuda mutua y de amor para todos los hombres, sobre la tierra toda. Para que la anarquía reemplace al autoritarismo, la ayuda mutua a la coerción, la solidaridad a la violencia, el bienestar general al hambre y la miseria, y la tolerancia y el respeto a cada ser humano al odio y el exterminio. A la creación de una sociedad humana donde la experimentación y la práctica libertarias reemplazarán a las costumbres rígidas, los prejuicios y el fatalismo materialista o espiritualista; a la creación de una sociedad donde los hombres, todos los hombres, serán hermanos y amigos y trabajarán en bien de toda la humanidad y del progreso humano. A la formación de una personalidad humana integral, moral y espiritualmente desarrollada y más elevada, porque la personalidad es la riqueza más grande y más hermosa de la sociedad y la base esencial de toda actividad y de toda unión social. Porque sin la personalidad humana no es posible la existencia de la sociedad. Y la existencia de la sociedad humana es solamente útil y se justifica para la elevación moral, espiritual e intelectual de la personalidad humana y para el mejoramiento de su bienestar.

Por eso es justamente que la anarquía aspira a sintetizar la vida social, convirtiéndola en un complemento de la vida de los individuos y a crear convivencias, para que las sociedades sirvan para el bien del individuo y para el progreso de la humanidad.


  *Artículo de Anatol Gorelik para LA REVISTA BLANCA, número 340, del 26 de julio de 1935, republicado en el último TIERRA Y LIBERTAD de la FAI (nº 347-junio 2017).

miércoles, 7 de junio de 2017

¿Democráticos o toparcas?


Por PETER SCHREMBS

De vez en cuando aparecen para después desaparecer o institucionalizarse movimientos que reclaman formas de democracia más «auténticas», desde Podemos hasta el Movimiento Cinco Estrellas, pasando por la Primavera Árabe. Se trata generalmente de movimientos que, aun planteando una ampliación de derechos, más transparencia y reglas de decisión más participativas, no ponen en tela de juicio, sustancialmente, las aporías de la democracia.

Un poco de con sorpresa y un poco sin ella, hemos recibido recientemente la noticia de la intención del Movimiento Zapatista de presentar una candidata de denuncia con mandato revocable a las elecciones presidenciales de México. Aquí seguramente la confianza en las instituciones está menos afianzada, y la afirmación de que no se trata de la conquista del poder sino de la posibilidad de movilización y de denuncia está abonada en una larga práctica de autonomía y autogestión. El hecho es que, al mismo tiempo que la democracia ofrece derechos y libertades, es el mecanismo que aniquila esos derechos y tritura esas libertades. Con la delegación política, es verdad, pero también con los mecanismos que alientan tal práctica, abonamos precisamente el despotismo en el seno del régimen democrático.

¿Por qué? Las razones son de naturaleza estructural y superestructural. Me explico. A nivel estructural, la democracia (moderna) me parece expresión política de la dictadura de la burguesía. En el Manifiesto Comunista se puede leer: «El poder estatal moderno no es más que un comité que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa». Tras lo cual es cierto que estamos en la fase de liquidación de la democracia, a partir del desmantelamiento del Estado social y del solapamiento de las instituciones políticas por parte del capital transnacional.

Y es aquí donde hunde sus raíces ese —un poco desesperado— deseo de defender la democracia, que encuentra oxígeno, por ejemplo, en el reciente congreso «Reclaim Democracy», celebrado a principios de febrero en Basilea, y que sirve de acicate también para los defensores de la renta básica. Y es naturalmente aquí donde debemos preguntarnos si verdaderamente es esto lo máximo que somos todavía capaces de proyectar: un futuro socialdemócrata en régimen capitalista. ¿Bye, bye, anarquía, autogestión, socialismo?

A nivel de superestructura, el mal reside en el conjunto de reglas en el que se basa la democracia representativa.

Disculpad si cito una vez más (polémicamente) a Marx y Engels que, a propósito de la ilusión de poder incidir sustancialmente a través del voto en la dinámica política, hablaban de «cretinismo parlamentario, enfermedad que invade a los desafortunados que son víctimas de la convicción solemne de que todo el mundo, su historia y su porvenir, son regidos y determinados por la mayoría de votos de ese particular consenso representativo que tiene el honor de incluirle entre sus miembros».

Me diréis: en última instancia, es el pueblo el que escoge; somos nosotros quienes decidimos. Verdad en el plano institucional (aunque solo en parte, pensad en las numerosas exclusiones, como por ejemplo los extranjeros), pero falso en la vida real. Decidimos solamente a quién entregar las llaves de nuestra celda, tras lo cual —y lo digo con muchos años de experiencia a la espalda— nuestro esfuerzo político es tan patético como necesario para enderezar los entuertos que arman los que están en el poder. Parecemos almas en pena que deben intentar aquí y allá bloquear proyectos absurdos, tapar zanjas, arrancar el maíz transgénico, denunciar los riesgos de la energía atómica, ocupar las calles, manifestarnos contra los recortes sociales, luchar contra las privatizaciones, apoyar a los prófugos...

Pero volvamos a la democracia y a sus reglas. Una de ellas establece que mediante el sufragio (más o menos) universal escogemos (directa o indirectamente) a los gobernantes. Si vamos a votar ¿aceptamos o no aceptamos esta regla? Trump (por citar uno, pero el campo de lo obsceno es grande, desde Duterte hasta Hollande) lo hará todo mal, pero ha sido elegido.

Esta es la inexorable ley del número. Aquí no se trata, entendámonos, del voto en sí, que puede ser un instrumento para elegir tan válido como, por ejemplo, el sorteo. Se trata del voto de poder, que da poder, que se desprestigia y entonces nos damos cuenta de que no somos capaces ni siquiera de arañar al poder más fuerte, el económico, entendido en sentido amplio, estructural. La cifra de este dato de hecho se acentúa, además de en Grecia, en Venezuela y Brasil. Incluso allí, tras el líder en el poder, la voz vuelve a la base, con la Red de Comuneros y Comuneras y los Pueblos Liberados (la «toparquía», en su momento promovida por Chávez y hoy obstaculizada por el Gobierno) por una parte, y organizaciones como el Movimiento de los Trabajadores Sin Techo por otra. Una vez más (¡lo habíamos dicho!) el proletariado está llamado a construir por sí solo, fuera de la democracia, los espacios de libertad política y económica que marcan la diferencia. Por eso estoy con Malatesta cuando dice:

«No somos partidarios ni de un gobierno de mayoría ni de uno de minoría; no estamos ni por la democracia ni por la dictadura. Queremos la abolición del gendarme. Queremos la libertad para todos, y el libre acuerdo, que no puede faltar cuando nadie tiene los medios para forzar a los demás, y todos están interesados en la buena marcha de la sociedad. Queremos la anarquía.»

Nº 347 - Junio 2017

domingo, 4 de junio de 2017

Sobre la libertad de prensa y su independencia

 

Por JOHN SWINTON*

No existe lo que se llama prensa independiente, a menos que se trate de un periódico de una pequeña villa rural. Vosotros lo sabéis y yo lo sé. No hay ni uno solo entre vosotros que ose expresar por escrito su honrada opinión, pero, si lo hiciera, sabéis perfectamente que vuestro escrito no sería nunca publicado.

Me pagan 150 dólares semanales para que no publique mi honrada opinión en el periódico en el cual he trabajado tantos años. Muchos, entre vosotros, reciben salarios parecidos por un trabajo similar… y si uno cualquiera de vosotros estuviera lo suficientemente chiflado para escribir su honrada opinión se encontraría en medio de la calle buscando un empleo cualquiera, exceptuando el de periodista.

El trabajo de periodista de Nueva York consiste en destruir la verdad, mentir claramente, pervertir, envilecer, arrojarse a los pies de Mammón, vender su propia raza y su patria para asegurarse el pan cotidiano.

Somos las herramientas y los lacayos de unos hombres extraordinariamente ricos que permanecen entre bastidores. Somos unos polichinelas; ellos tiran de los hilos y nosotros bailamos al son que ellos quieren.

Nuestros talentos, nuestras posibilidades y nuestras vidas, son propiedad de otros hombres. Nosotros somos unos prostitutos intelectuales.


  * Discurso sobre la libertad de prensa durante una cena de periodistas en 1880 de John Swinton, periodista del THE SUN de Nueva York.

lunes, 29 de mayo de 2017

Los estibadores son la excusa, el objetivo son tus derechos


Los estibadores son el nuevo colectivo denigrado para ser expoliado de sus derechos. Antes lo fueron los controladores aéreos, los profesores, los funcionarios, los mineros, los basureros de Málaga, los conductores de Metro, los transportistas, los maquinistas de Renfe.

LA MAREA
27 mayo 2017
El uso del término «privilegio» es habitual en la patronal y sus acólitos mediáticos en cada conflicto laboral y negociación. Su objetivo es enfrentar a los trabajadores y enseñar a los que peores condiciones tienen que no deben defender a sus compañeros de clase, porque ellos viven mucho mejor. Así se aísla al colectivo en conflicto y es más fácil privarlo de sus derechos adquiridos para equipararlo con los que menos tienen. Es una táctica conocida de atomización de los trabajadores, separar para laminar. Todos iguales, pero por abajo.

En el año 2013, en plena ofensiva del gobierno y patronal contra los derechos de la clase obrera, Juan Rosell, presidente de la CEOE, dio una master class de esta forma de proceder. Rosell propuso para combatir la dualidad del mercado laboral eliminar los «privilegios» de los contratos indefinidos: «¿Estarían dispuestos los trabajadores fijos a aceptar estas nuevas condiciones en beneficio de los que tienen contratos temporales nuevos? Sería un experimento importante, pero no creo que lo aceptaran. Creo que esto es Alicia en el país de las maravillas», dijo el jefe de la patronal. Enfrentar a los trabajadores con contratos indefinidos con los que tienen derechos adquiridos para crear la falsa ilusión de que su problema no es la patronal, sino sus compañeros con un contrato de mejor calidad.

Esperanza Aguirre utilizó el mismo plan contra los trabajadores públicos para justificar su plan de recortes del año 2011. En una escalada dialéctica que se llevó por delante a todos los empleados del sector público, calificó de «privilegios» que los funcionarios cobrasen el 100% del sueldo al enfermar. Ya no hay de qué preocuparse: gracias a la campaña y a la falta de solidaridad ya no es un problema. Hoy en día ese derecho ya no existe. El discurso que denomina privilegios a los derechos adquiridos para enfrentar a un colectivo en concreto y que sólo persigue mermar las condiciones de toda la clase obrera no es nuevo, de hecho es tan antiguo como el movimiento obrero. Desde que hay un trabajador organizado para mejorar sus condiciones hay un patrón, un burgués, o un escribiente a sueldo que enarbola la palabra «privilegio» para combatirlo.

El diario El Liberal publicó en 1868 un folletín de Jose María del Campo, un plumilla preocupado por los inicios del movimiento obrero, que advertía a los conservadores y capitalistas del tiempo que se avecinaba con las exigencias proletarias:

«Los obreros estamos divididos en categorías como todas las clases sociales. No hagamos mistificaciones, y no engañemos a los demás, engañándonos a nosotros mismos. Hay el jornalero del campo, el peón agrícola que se alimenta con gazpacho o pan solo malo y escaso, duerme sobre el duro suelo y vive constantemente a la intemperie; y hay el jornalero de ciudad, que duerme en colchón y bajo el techado junto a su familia y pasa algunos ratos en la taberna, si es que no se permite ir al café o al teatro alguna vez; y hay el obrero que va de francachelas frecuentes y asiste a lidias de toros; y hay obreros también que trabaja en templadas aunque estrechas habitaciones y huelga todas las fiestas, y se permite gastar bota de charol y camisa bordada…Ya sé yo que también hay clases privilegiadas entre los trabajadores, y que si los más desgraciados llegan a pensar seriamente en esto, van a decir que ellos se contentarían con dormir bajo techado y disponer de un par de reales para gastar los domingos. Otros, en fin, quisieran ser amos y mandar, y tener una casita propia y cómoda, y a ser posible hasta tener un cochecito propio para visitar los domingos el cortijo o el chalet, como dicen los ricos…¿Qué es lo que queremos? ¿Qué debemos pedir?¿Sólo el alimento diario? ¿Aumento de salario? Yo bien sé lo que queremos todos, trabajar poco y tener mucho dinero.»

En nuestro tiempo los estibadores son el nuevo colectivo denigrado para ser expoliado de sus derechos. Antes lo fueron los controladores aéreos, los profesores, los funcionarios, los mineros, los basureros de Málaga, los conductores de Metro, los transportistas, los maquinistas de Renfe. A todos les une lo mismo, son colectivos organizados defendiendo sus derechos y con fuerza para doblegar a la patronal. No son sus privilegios, son tus derechos. Los de todos los trabajadores.

Los estibadores, el nuevo objetivo

El lema de los estibadores destila agresividad, es duro, vehemente y no deja atisbo para la mesura. Estiba o muerte. Una proclama que algunos utilizan para atacar la violencia de los trabajadores que la enarbolan en cada asamblea en la que se deciden si van a la huelga contra la patronal y el gobierno, que son todo uno. Lo que trasciende del lema no es más que una evidencia que conocen todos los que tienen un empleo como el suyo. Conviven con la muerte, con la incertidumbre de una labor que se desarrolla bajo contenedores de 10 toneladas o sobre pilas de estos de más de 30 metros de altura. Pero no es sólo un lema que apele a los riesgos de su trabajo, sino que incide en lo que significa para los trabajadores su empleo. No es retórico establecer la dicotomía sobre el trabajo o la muerte.

Cualquier obrero sabe que el único patrimonio que tiene es su trabajo. Y como mejor se defiende es en compañía, con la solidaridad del resto de compañeros de tajo, y de clase. Eso lo saben los que durante años han visto la lucha obrera como el mayor enemigo de la patronal, porque lo es. Atacar la unión de los trabajadores es uno de los mayores objetivos de las oligarquías. Sin unión, el trabajador es vulnerable.

Jonathan, «Chinin» para los compañeros, es un joven estibador que lleva diez años trabajando como operador de grúa en el puerto de El Musel, Gijón. Nos reunimos con él en una terraza cercana a la Casa del Mar al final de su jornada, nos saludamos y al momento nos interrumpe una llamada: «Perdona, estamos organizando unos cursos de operario de grúa y estaba hablando con una compañera para darle información». La conversación sobre las negociaciones no aporta mucha información, están en plena discusión y no quiere avanzar nada, prefiere ser prudente. Le preguntamos sobre el hecho de que en los medios les llamen privilegiados: «Mira, la gente que habla en televisión tiene mucha voz, pero eso no nos preocupa, nosotros nos movilizamos por nuestro trabajo. Lo que tenemos, si es mucho o poco, nos lo hemos ganado juntos, peleándolo, y eso vamos a seguir haciendo. Lo que digan en la tele me preocupa poco».

Se une a nosotros la compañera de tajo de Chinin, para hablar con él del curso de operario de grúa. Claro que hay mujeres en la estiba. El machismo es sólo otra excusa que usan para quitarles los derechos adquiridos. Las trabas que las mujeres tienen para entrar en Algeciras sólo les han importado a unos pocos, a los mismos que ahora defienden a los estibadores. Terminamos la conversación y se quedan al final de su jornada organizando un curso para seguir formándose.

Los trabajadores de la estiba han pospuesto las jornadas de huelga planteadas tras la aprobación del Real Decreto Ley, después de que las negociaciones con la patronal ANESCO hayan sido esperanzadoras y les permitan augurar que sus puestos de trabajo y las condiciones se mantendrán. La equiparación de la huelga con el chantaje, que los medios plegados a la patronal hacen de las movilizaciones para enfrentar al resto de trabajadores con los estibadores, ha vuelto a quedar en evidencia. Nadie hace huelga si no ve atacados sus derechos, o si no la necesita para mejorar sus condiciones de trabajo. Es la herramienta de defensa de la clase obrera, de protección de sus intereses. Por eso es denostada de forma continua.

Estiba o muerte no es más que un modo de explicar de forma combativa que la estiba es tu pan, que sin estiba hay hambre, algo que sabe cualquier colectivo de trabajadores organizados. El pan se defiende, el trabajo se defiende. No hay alternativa para quien sólo tiene lo que le dan sus manos. No debiera haber alternativa para el resto: solidarizarse con cualquier colectivo que lucha por su situación, porque los derechos de un sólo trabajador son los de todos. Los estibadores luchan por sus condiciones y las nuestras, su victoria será la de toda la clase trabajadora. Cuando un colectivo pierde sus derechos los estamos perdiendo el resto. Carolina Alguacil escribió hace 12 años en El País una carta al director en la que se quejaba amargamente de las condiciones laborales de toda una generación, «Yo soy mileurista», decía. Nadie se atrevería en 2017 a escribir una carta quejándose por cobrar mil euros al mes, sería un privilegiado.

Antonio Maestre

miércoles, 24 de mayo de 2017

Cuando mueren los imperios

 

Por MUMIA ABU-JAMAL

La revista Foreign Affairs publicó recientemente un extraordinario artículo por el conservador historiador británico Niall Ferguson, de las Universidades de Harvard y Oxford, en el que estudia las razones que causaron la caída de diez grandes imperios.

Su tesis básica es que grandes y poderosos imperios pueden caer con una rapidez sorprendente, generalmente en el espacio de un ciclo de vida —y a veces en menos tiempo.

Citando obras de historiadores e intelectuales, Ferguson escribe sobre los Imperios Romano, Británico, Francés, Otomano, Ming, Qing, y sobre el Imperio Ruso, entre otros. Muchos imperios duraron varios siglos y tuvieron un poder casi global.

¿Cómo cayeron? Algunos debido a crisis económica, generalmente causada por aventuras militares, como es el caso francés. Los franceses dieron tropas y dinero a los revolucionarios norteamericanos que buscaban terminar con la ocupación de Gran Bretaña, enemiga histórica de Francia.

En dos decenios los franceses estuvieron virtualmente en quiebra y el pueblo salió a las calles en rebelión contra la nobleza. En pocos años, una revolución envolvió toda Francia y un rey, Luis XVI, perdió su noble cabeza.

Roma, la gloria de Europa, cayó víctima de fuerzas internas y externas. En 50 años, la población romana cayó un 75%. Los vándalos destruyeron sus fronteras, y al mismo tiempo sus antiguos soldados se volvieron bandoleros. La división Este-Oeste, Roma y Constantinopla, debilitó la unidad imperial. Según Ferguson, la gran caída de Roma duró menos de diez años.

Ferguson no sólo estaba dando una lección de historia. Su artículo era para el imperio de los Estados Unidos —uno de los imperios más poderosos y ricos de la historia.

¿Cuál era su propósito? Que sepamos que los imperios —incluso los que parecen más indestructibles— pueden sufrir por la convergencia de problemas financieros, militares, del medio ambiente y de tantos otros; y quebrarse como se quiebra un huevo.

Esta es la lección de la historia: ningún Imperio dura para siempre.

16-04-2010

jueves, 18 de mayo de 2017

Competir para el mercado laboral


Por FREDY PERLMAN

A fin de localizar el origen de la plusvalía, hay que averiguar por qué el valor del trabajo es inferior al valor de las mercancías que produce. La actividad alienada de los trabajadores transforma materiales con la ayuda de instrumentos y produce una determinada cantidad de mercancías. Sin embargo, cuando estas mercancías se venden y los materiales consumidos y los instrumentos utilizados se han pagado, a los trabajadores no se les entrega el remanente del valor de sus productos como el salario, sino menos. En otras palabras, durante cada jornada de trabajo, los trabajadores realizan cierta cantidad de trabajo no pagado, de trabajo forzado, por la que no reciben equivalente alguno.

La realización de este trabajo no pagado, de este trabajo forzado, es otra «condición de supervivencia» de la sociedad capitalista. Sin embargo, y al igual que la alienación, no se trata de una condición impuesta por la naturaleza, sino por la práctica colectiva de las personas, por sus actividades cotidianas. Antes de que existieran los sindicatos, el trabajador individual aceptaba cualquier trabajo forzado disponible, ya que rechazarlo suponía que otros trabajadores aceptasen las condiciones de intercambio ofrecidas y que ese trabajador individual no recibiera salario alguno. Los obreros competían entre sí por los salarios que ofrecían los capitalistas, y si un trabajador dejaba su empleo porque el salario era inaceptablemente bajo, siempre había un obrero en paro dispuesto a sustituirle, ya que para un parado un salario reducido es más alto que ninguno. Los capitalistas llamaban «trabajo libre» a esta competencia entre trabajadores, y se desvivían por mantener la libertad de los trabajadores, ya que era precisamente esa libertad la que conservaba la plusvalía del capitalismo y le permitía acumular Capital. Ningún trabajador tenía como objetivo producir más bienes de lo que se le pagaba por fabricar, sino obtener el mayor salario posible. No obstante, la existencia de trabajadores que no recibían salario alguno, y cuya noción de un salario elevado era, por tanto, más modesta que la de un trabajador empleado, permitía al capitalista contratar trabajadores por un salario inferior. De hecho, la existencia de trabajadores parados permitía al capitalista pagar el salario más bajo por el que los trabajadores estuvieran dispuestos a trabajar. Así, el resultado de la actividad cotidiana colectiva de los trabajadores, cada uno de los cuales se esforzaba por obtener el máximo salario posible, era reducir los salarios de todos. El efecto de la competencia de todos contras todos recibían el salario más bajo posible y que el capitalista obtenía la mayor cantidad de plusvalía posible.

La práctica cotidiana de todos anula el objetivo de cada cual. Ahora bien, los obreros no sabían que su situación era el producto de su propia conducta cotidiana, ya que sus propias actividades no eran transparentes para ellos. A los trabajadores les parecía que los salarios bajos eran simplemente una faceta natural de la vida, como la enfermedad y la muerte, y que el descenso de los salarios era una catástrofe natural, como una inundación o un invierno inhóspito. Las críticas de los socialistas y los análisis de Marx, así como un mayor grado de desarrollo industrial, que les dio más tiempo para reflexionar, arrancaron algunos de estos velos y permitieron hasta cierto punto a los trabajadores ver sus propias actividades con más claridad. No obstante, en Europa occidental y en los Estados Unidos, los trabajadores no se deshicieron de la forma capitalista de la vida cotidiana: formaron sindicatos. Y en las condiciones materiales diferentes de la Unión Soviética y de Europa oriental, los trabajadores (y campesinos) reemplazaron a la clase capitalista por una burocracia estatal que compra trabajo alienado y acumula Capital en nombre de Marx.

Con sindicatos, la vida cotidiana es parecida a como era antes de que hubiera sindicatos. De hecho, es casi igual. La vida cotidiana sigue consistiendo en trabajo, en actividad alienada y en trabajo no pagado o forzado. El trabajador sindicalizado ya no negocia las condiciones de su alienación; lo hacen los funcionarios sindicales en su lugar. Las condiciones en las que se aliena la actividad del trabajador ya no las dicta la necesidad del trabajador individual de aceptar el trabajo disponible, sino la necesidad del burócrata sindical de mantener su posición de proxeneta entre vendedores y compradores de trabajo…

«La reproducción de la vida cotidiana»
(1969)

jueves, 11 de mayo de 2017

Berneri y la revolución en España


Por CLAUDIO STRAMBI

El 19 de julio de hace ochenta y un años, los obreros y los campesinos españoles, con las armas en la mano, y después de haber salvado la República del golpe militar franquista, se lanzaron decididos a la realización de un mundo nuevo sin explotadores ni explotados. En Cataluña, Aragón y Levante, orientados por las organizaciones anarquistas, se apoderaron de los medios de producción y distribución, tejiendo la urdimbre de una posible sociedad comunista libertaria.

Los trabajadores, organizados en milicias populares por los sindicatos CNT (libertario) y UGT (socialista), combatieron contra un ejército mucho mejor armado y apoyado por la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler. Ninguna ayuda llegó a las fuerzas progresistas por parte de las democracias francesa o británica, mientras la Rusia de Stalin enviaba ayuda con cuentagotas, retardada, haciéndola pagar a precio de oro, y solo a las fuerzas que defendían la propiedad capitalista y la democracia burguesa. El sueño de una sociedad liberada fue triturado entre las garras de acero de la guerra.

Muy pronto llegaron los compromisos: para conseguir las armas que faltaban, las organizaciones libertarias se vieron empujadas a entrar en el gobierno regional de Cataluña primero, y después en el nacional español. La partida resultó cada vez más complicada, las organizaciones libertarias parecían haber olvidado su razón de ser, mientras que la arrogancia totalitaria de los «consejeros» soviéticos se imponía cada vez más. Mucho antes que por el fascismo, el 'corto verano de la anarquía' fue suprimido por la coalición democrático-estalinista que tuvo en el PSUC (el partido comunista catalán) su Noske español (1).

Durante las jornadas de mayo de 1937 en Barcelona, cuando las fuerzas de la contrarrevolución estalinista desataron el ataque a la revolución libertaria, se entabló en las barricadas la batalla decisiva: CNT, FAI y POUM (comunistas de izquierda) por un lado, y estalinistas, republicanos y catalanistas por otro. Los segundos vencieron por el amplio apoyo de la URSS, pero también por las incertidumbres y los evidentes límites políticos del movimiento libertario español. Así, en la noche del 5 al 6 de mayo, Camillo Berneri y su amigo Francesco Barbieri fueron asesinados a sangre fría por sicarios estalinistas, añadiéndose así a las quinientas víctimas de esas jornadas.

La Revolución española representó un punto y aparte en la historia mundial: una vez derrotada la guerra social en España, el nazi-fascismo desencadenó la Segunda Guerra Mundial, mientras que para el anarquismo internacional nada fue como antes tras esa derrota: solo con el Mayo del 68 primero y, después, con los recientes movimientos internacionales, la hipótesis libertaria ha recomenzado una nueva andadura.

La figura de Berneri en este contexto es decisiva y, al mismo tiempo, simbólica: decisiva por el papel crítico que representa en esos tormentosos y dramáticos sucesos españoles; simbólica porque la supresión física de su límpida inteligencia ha coincidido con el declive temporal de una historia larga y gloriosa.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la figura de Berneri en general y su específico pensamiento y acción en España fueron remodelados en función de una neo-ortodoxia libertaria carente de horizontes políticos. La personalidad de Berneri fue cicateramente manipulada trazando líneas rectas donde en realidad había curvas y contracurvas, contradicciones relevantes y no pocos puntos controvertidos.

Tras la caída del Muro de Berlín, cuando el anarquismo llamó otra vez la atención del gran público, también la figura de Berneri saltó a un primer plano y fue objeto de un renovado interés historiográfico. Con los años se ha ido afirmando un variado sustrato intelectual, que ha intentado de alguna forma redibujar la figura de Berneri, conduciéndolo poco a poco desde su militancia anarquista revolucionaria hasta los límites de un hombre «fuera de lugar», de un «intelectual fronterizo», de una inteligencia atormentada que se agitaba entre un anarquismo liberal, un liberal-socialismo y algo indefinido, tendenciosamente fuera de una rígida lógica de pertenencia, o en busca de un partido que nunca ha llegado a nacer.

No cabe la menor duda de que el recorrido intelectual de Camillo Berneri ha sido muy rico, fascinante, contradictorio, retorcido y controvertido: fue un hombre que llegó a sufrir las sugerencias del marxista Angelo y del reformista Prampolini, de los clásicos Malatesta y Kropotkin, pero también de Salvemini, Gobetti, De Viti de Marco, de toda la escuela liberal italiana (de la que procede su discutible convergencia hasta cierto punto teorizada entre colectivismo y liberalismo).

Un hombre, el «nuestro», en el que encontramos al mejor Bakunin, al mejor Marx y, a contraluz, a Gramsci; pero en el que encontramos también al Proudhon más arcaico, de donde deriva, en parte, la horrenda postura berneriana sobre la cuestión femenina. Por otro lado, posee la considerable fuerza «risorgimentale» de Mazzini, de Cattaneo, de Ferrari y, si continuamos, encontraremos el sólido anarquismo septentrional de Rudolf Rocker, el marxismo antideterminista del sindicalista revolucionario Enrico Leone. Si seguimos profundizando, encontramos su pasión por la democracia radical de los revolucionarios franceses de 1789 y por la tolerancia liberal de Voltaire. Encontramos también una viva simpatía política por el consejismo obrero y por Rosa Luxemburgo (2), pero también el más absoluto rechazo al determinismo marxista del que estaba empapada la comunista germano-polaca. En filosofía, encontramos sin duda a Kant, al matemático-filósofo convencionalista Poincaré e incluso a Einstein y al excura Ardigò. Por no hablar de cierta simpatías evangélicas ¡y muchas más!

De todo esto, sin embargo, este intelectual genial y controvertido, ecléctico y problemático, entusiasmante y censurable, concreto y soñador, fue esencialmente y sobre todo un militante anarquista de primera línea. Alguien que cuando pensaba que era necesario atentar contra la vida de los hombres del fascismo no ejercía de intelectual, lo intentaba él directamente, eso sí, con resultados nada brillantes (3). Berneri fue el anarquista más expulsado de Europa, no porque fuera un intelectual, sino porque era un organizador incansable, preparado para el sacrificio extremo.

Berneri consiguió el dificilísimo logro de interrelacionar el disperso anarquismo italiano del exilio y reunirlo en el importantísimo convenio de Sartrouville en octubre de 1935. También él dirigió a los anarquistas hacia una ponderada alianza con Giustizia e Libertà, hasta la formación, en agosto de 1936, de la Primera Columna Italiana de combatientes antifascistas en España.

Era sordo y enfermizo, pero quiso combatir en el frente de Aragón, participando con valor en la gloriosa batalla de Monte Pelado. Hasta que sus compañeros, amorosamente, lo «echaron» enviándolo a Barcelona, donde sería más útil con su obra de dirección política. Él fue quien denunció, sin temor a la muerte, los crímenes de Stalin que se estaban cometiendo en ese momento: se asesinaba a los mismos jerarcas bolcheviques que a su vez tenían las manos manchadas con la sangre de otros revolucionarios. Y fue él quien defendió, sin peros, al pequeño partido comunista de izquierda (POUM) de los acerados ataques moscovitas, reivindicando la alianza de los anarquistas con ese partido.

En este punto, casi un siglo después, sobre lo que habría hecho Berneri si no hubiera sido asesinado en España, se puede decir o dejar entender cuanto queramos, ya que los muertos no resucitan y el tiempo no vuelve atrás. Pero, como no se puede preguntar a la vida más que a la muerte, es evidente que la aventura española quedará para siempre como la última película sobre la vida de Camillo Berneri, una película en la que se concentran no pocas ambigüedades y descuidos.


En la estela de la oleada cultural que siguió a la caída del régimen «feudal-comunista» del Este europeo, a muchos gusta contar a Berneri entre las víctimas del comunismo. En efecto, los hechos lo confirman: materialmente lo asesinaron hombres que se declaraban comunistas a las órdenes de un partido que se consideraba comunista. Pero, por otra parte, él en España no fue adversario del comunismo, si por comunismo se entiende un sistema igualitario de reorganización de la vida económica y social. La realidad es exactamente lo contrario.

Los estalinistas en España, es decir, los asesinos de Berneri, estaban aliados con los republicanos y con los catalanistas, y eran violentamente contrarios a la colectivización de fábricas, tierras y servicios. Así, cuando tras los sucesos de mayo del 37 se impusieron a los anarquistas y al POUM, rápidamente se apresuraron a restituir a los antiguos propietarios muchas de las tierras aragonesas que habían sido expropiadas y colectivizadas por los campesinos. Berneri, como los demás anarquistas, era partidario decidido de la colectivización de fábricas, tierras y servicios.

No obstante, es cierto que él era un táctico y recomendaba cautela hacia la pequeña propiedad, en relación siempre con las exigencias de la guerra, de las que no se podía prescindir.

Pero la hoja de ruta que proponía era inequívoca. «Para nosotros, la lucha está entablada entre el fascismo y el comunismo libertario», dice en una entrevista. Y en un artículo publicado en Guerra di Classe denunciaba: «El Comité Ejecutivo del Partido Comunista de España ha declarado recientemente que en la lucha actual está por la defensa de la democracia y la salvaguardia de la propiedad privada. Se nota en el aire hedor a Noske». No pasaron ni cinco meses desde ese momento para que los Noske españoles entraran en acción e hicieran de Camillo Berneri el Rosa Luxemburgo de la Revolución española.

Pero para quien tenga dudas sobre cómo Berneri prefiguró el progreso social de España, reproducimos un fragmento de su artículo «La masacre de los intelectuales»: «En un país en el que el analfabetismo representa el sesenta por ciento del proletariado rural, solo el socialismo puede fundar escuelas en los pueblos (…). En un país en el que la industrialización está dando los primeros pasos, la cultura técnica no se puede desarrollar rápidamente más que con una condición: que toda la vida económica adquiera un ritmo acelerado, amplias miras, una modernización de los planes y de las unidades de desarrollo, condiciones estas que solo una economía colectivista puede lograr». ¡Qué extraño liberal!

Estrechamente ligada a la cuestión del comunismo está la del humanismo y el análisis de clase en el anarquismo. Desde hace décadas, hay quien intenta describir a Berneri como alguien que habría intentado extrapolar el anarquismo del recinto del movimiento obrero y socialista, hacia un terreno aclasista, interclasista y abstractamente universalista. Sobre esta vía, la componente neo-berneriana «de derechas» está constreñida a enfrentarse súbitamente con una cuestión conceptual: Berneri en España, es decir, en el último capítulo de su vida, dirige un periódico que se llamaba precisamente Guerra di Classe. Alguno, sin despeinarse, ha llegado a escribir que este es un hecho irrelevante, puramente formal, porque Berneri siempre se orientaba en sus ideas hacia otra dirección. Leamos el editorial que redactó para el primer número de Guerra di Classe en Barcelona, el 9 de octubre de 1936: «Guerra di Classe es un título de actualidad desde hace milenios, y lo seguirá siendo por muchos siglos todavía. Es una guerra de clases en la que estamos inmersos, y en ella 'vivimos' y la reconocemos y afirmamos como tal. Guerra civil y revolución social no son en España sino los dos aspectos de una realidad única: un país en marcha hacia un nuevo orden político y económico, sin dictadura y contra el espíritu dictatorial, constituirá la premisa y las condiciones de desarrollo del colectivismo libertario» (4).

Berneri no contrapone nunca la dimensión humanista a la clasista del anarquismo; al contrario, da a cada una el lugar que le corresponde. En una polémica con los bordiguistas, Berneri escribe que «el anarquismo es clasista por contingencia histórica y humanista por esencia filosófica». En una de sus obras clásicas escribe después: «El revolucionario humanista es consciente de la función evolutiva del proletariado, está con el proletariado porque es una clase oprimida, explotada, desposeída, pero no cae en la ingenuidad populista de atribuir al proletariado todas las virtudes y a la burguesía todos los vicios, e incluye a la misma burguesía en su sueño de emancipación humana. Piotr Kropotkin decía: "Trabajando para abolir la división entre amos y esclavos, trabajamos por la felicidad de unos y otros, por la felicidad de la humanidad (…) el anarquismo se ha afirmado neta y constantemente en todas partes como corriente socialista y como movimiento proletario. Pero el humanismo se ha afirmado en el anarquismo como preocupación individualista de garantizar el desarrollo de la personalidad y como comprensión, en el anhelo de emancipación social de todas las clases, de todas las categorías, es decir, de toda la humanidad. Todos los hombres necesitan ser redimidos por otros y por sí mismos. El proletariado ha sido, es y será más que nunca el factor histórico de esta emancipación universal"».

Por mucho que la prosa berneriana sea agradabilísima de leer, estamos prácticamente «descubriendo el agua caliente» del anarquismo: distinción y conexión entre aspiración ética y necesidad histórica. Evidentemente, el «agua caliente» ya estaba descubierta y para muchos todavía es un concepto difícil de comprender. Cuando se intenta diseñar un Berneri que gira hacia la dimensión universalista del anarquismo, habría que recordar que si hay un punto firme en la personalidad de Berneri, es precisamente estar imbuido constantemente de un anarquismo que sea «un gran factor de historia».

Pero en lo relativo al Berneri español, hay otro aspecto político extremadamente significativo que, no por casualidad, se tiende a olvidar. Nos referimos a la indicación de Berneri sobre la ampliación del conflicto español hacia el mundo árabe de las colonias francesas, inglesas y españolas. Con esas indicaciones apuntaba explícitamente a aflojar el dogal opresivo que fascismos, democracias y estalinismo apretaban al cuello de la revolución española. Berneri era muy consciente de que el triunfo de la revolución, de ser posible, se produciría gracias a la victoria en el plano internacional; pero, por otro lado, tenía poca confianza en la capacidad insurreccional del proletariado francés, sobre el que algunos cifraban sus esperanzas. Entonces, ¿qué hacer?

Ya el 24 de octubre de 1936 escribía: «La base de operaciones del ejército fascista es Marruecos. Es preciso intensificar la propaganda a favor de la autonomía marroquí, sobre todo en el sector de influencia panislámica. Es necesario imponer al Gobierno de Madrid declaraciones de su voluntad de abandonar Marruecos, así como proteger la autonomía marroquí. Francia ve con preocupación la posibilidad de repercusiones insurreccionales en África septentrional y en Siria, e Inglaterra ve reforzada la agitación autonómica egipcia y de los árabes de Palestina. Hay que aprovechar tales preocupaciones, con una política que amenace con desencadenar la revuelta del mundo islámico. Para tal política es necesario invertir dinero y urge enviar emisarios, agitadores y organizadores a todos los centros de la emigración árabe». Estas cosas continuó diciéndolas hasta el día en que fue asesinado.

Sí, de alguna manera se puede decir que Berneri había intuido, con mucha anticipación, el emerger de la cuestión árabe, y en particular de una cuestión palestina. Ese mismo intelectual anarquista que escribió bellísimas páginas contra el antisemitismo en «El judío antisemita» fue el mismo que, en un pionero y olvidado artículo de noviembre de 1929, «La Palestina ensangrentada», escribe sin ambages: «¿De parte de quién está la razón? De la parte de los árabes». El artículo comenta los gravísimos y sanguinarios enfrentamientos que se estaban produciendo en aquel momento entre los colonos judíos y la población palestina. Berneri denuncia los efectos desastrosos de la famosa Declaración de Balfour para una patria judía en Palestina (5) y la colonización financiada por el capital inglés, desarrollada tras la partición de Oriente Medio llevada a cabo por las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial. Esta colonización hebrea de Palestina, financiada por el capitalismo británico, se había superpuesto e incluso había sustituido a la inocua emigración de prófugos judíos en Palestina que pacíficamente se dio durante décadas, sin dar lugar al más mínimo conflicto.

Por lo demás, Berneri desde 1921 había tenido una atención particular por las luchas anticoloniales, y había estudiado sus posibles conexiones con las luchas revolucionarias del proletariado. Por ello no fue casualidad que en España identificara enseguida en las agitaciones del mundo árabe una de las palancas sobre las que se podría apoyar la revolución española.

Más que «intelectual fronterizo», Camillo Berneri fue sobre todo un combatiente revolucionario. Fue un hombre atormentado y contradictorio, pero que sabía siempre dónde estaba su lugar en la batalla. Fue un blasfemo, un hereje de la anarquía y a veces fue incluso sabihondo, presuntuoso y antipático. Pero fue un hombre que, cuando el destino lo llamó, supo usar tanto «la pluma» como «la pistola» para defender la España revolucionaria, el comunismo libertario, el futuro de anarquía. Lo conmemoraremos en Florencia, en Via Volta 13, donde vivió en su juventud.

Nº 346 – mayo 2017


NOTAS:
 (1) Gustav Noske (1868-1946). Tras haber formado parte del movimiento sindical, se inscribe en el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) y en 1906 es elegido diputado para el Parlamento. Después de la revolución democrática-socialista de noviembre de 1918, con la que termina la Primera Guerra Mundial, Noske se convierte en ministro de Defensa del gobierno socialdemócrata y no se contiene a la hora de alabar la acción de los grupos paramilitares ultranacionalistas (en particular los Freikorps) para frenar la difusión de las tendencias revolucionarias y consejistas de la República de Weimar. Noske será el responsable directo de la sangrienta represión de los sucesos espartaquistas de enero de 1919 y del salvaje asesinato de Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht, Gustav Landauer y tantos otros.
 (2) Véase el artículo de Berneri, «El sovietismo en la Revolución alemana», publicado en Tiempos Nuevos de Barcelona, septiembre de 1934.
 (3) En 1929, Berneri atravesó la frontera entre Francia y Bélgica con la intención de ir a Bruselas, a la Sociedad de Naciones, y atentar contra Alfredo Rocco, ministro fascista, impulsor del famoso código que lleva su nombre, todavía en vigor. En realidad, apenas pasada la frontera fue detenido por la traición de un infiltrado llamado Menapace.
 (4) Se puede leer el editorial completo en castellano en el libro Guerra de clases en España, 1936-1937 (Barcelona 1977) junto a una amplia selección de escritos de Berneri.
 (5) Inglaterra ocupa Palestina en 1917 e impone su protectorado. Con la Declaración de Balfour, ministro británico de Asuntos Exteriores, Inglaterra comienza a apoyar y a financiar la colonización sionista, que se venía produciendo desde los años ochenta del siglo XIX. Emigración espontánea y pacífica de millares de judíos desesperados que huían de los pogromos de Rusia y Polonia, y se transforma, gracias al imperialismo británico, en una tragedia que todavía hoy está lejos de finalizar.